jueves, 13 de septiembre de 2012

Crítica: Dredd

 Por Ivanckaroo Banzai






Yo soy la justisia


Cuando todo estaba perdido... Cuando lo único que se espera del cine de acción es divertidas patochadas tipo Crank... Cuando parece que sólo hay cabida en la serie B para cócteles de cosas que supuestamente molan como Bunraku... Llega Dredd, y nos grita que aún hay esperanza.

Reboot de la tan entrañable como olvidable peli de los 90, llega en los últimos días de verano esta adaptación del cómic distópico creado por John Wagner y Carlos Ezquerra. Dredd (Karl Urban) es un juez, que en el mundo postapocalíptico que nos presenta el filme viene a ser una mezcla entre fiscal de distrito y SWAT, aquejado de un leve problema de mala leche que tiene que tutelar a la novata Anderson (Olivia Thirlby) en su primer día de trabajo. Tras una redada rutinaria en un colosal bloque de apartamentos se ven atrapados por la banda de Ma-Ma (Lena Heady), una narcotraficante con muy malas pulgas responsable de la droga de moda, el slo-mo. A partir de aquí, sangre y plomo.

Ante ciertas premisas iniciales uno acude a ver Dredd con cierto escepticismo. Por un lado se plantea una buddy movie con la terrible perspectiva de que el veterano enseñe a la novata a hacer pipí sóla y ésta enseñe a Dredd el significado de la Navidad. Por fortuna el guión de Alex Garland sobrevuela los tópicos y da al personaje de ella un desarrollo sólido y coherente, y el superjuez acaba empatizando con su compañera dentro de sus parámetros de que lo que es justo, es justo, sin recurrir a enamoramientos u otros subterfugios.

Otro aspecto de la cinta con la que el espectador curtido se hace cruces al comenzar la proyección es con el slo-mo, la droga de la película, que provoca al que la toma percibir la realidad al 1% de su velocidad normal (algo que ya vimos en el anime Serial Experiments Lain). Esto en manos de directores como, por ejemplo, Michael Bay o Len Wiseman sería un festival de cámara lenta con los actores disparando en tiempo-bala y cayendo al suelo en poses molonas. El director de Dredd, Pete Travis, por fortuna no es uno de esos. Hay escenas con cámara superlenta, pero quedan reducidas a las ocasiones en que un personaje consume esa droga; están suficientemente distanciadas entre sí para que no saturen y llegan a resultar realmente bellas visualmente incluso en las escenas más violentas y siniestras. Casi dan ganas de probar el slo-mo y todo.

El guión es sencillo y efectivo, los personajes están bien definidos y el héroe es héroe y punto. Ya saben, sin necesidad de tener unos remordimientos que lo corroen y eso lo marca de por vida preguntándose tras cada tiroteo por el sentido de la vida; eso sólo puede funcionar (y no siempre) si el héroe en cuestión es El Castigador. Este Dredd es un Serpiente Plisken, un John MacClane, algo que hacía mucho que no veíamos. Si algo se le puede “reprochar” al libreto es no dejar un par de grandes frases sentenciosas para el recuerdo.

La dirección es todo lo sólida que puede ser teniendo en cuenta que dos tercios del metraje están rodados en pasillos. La película es oscura sin necesidad de achinar los ojos para ver qué sucede y la violencia afín a estas producciones es la justa y necesaria.

En cuanto a los actores, Karl Urban no se quita el casco en toda la película y se ve reducido a hacer gestos con la boca como si estuviera oliendo algo en avanzado estado de descomposición, pero el personaje siendo sinceros no pide ni necesita más.
Olivia Thirlby pasa la prueba del algodón sobradamente y Lena Heady, que se encuentra en el top de su carrera con Juego de Tronos, vuelve a hacer aquí de Cersei Lannister pero sin incesto. Bien, aunque el papel de Pablo Escobar del futuro daba juego para algo más.

Grata sorpresa este Dredd. Salí de la sala echando de menos los buenos tiempos de John Carpenter, pero confiando en que este tipo de películas, aun con cuentagotas, sigan llegando a las salas.


Nota: 6,5

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