jueves, 29 de noviembre de 2012

Crítica: Mad Max, salvajes de la autopista

Por Ivanckaroo Banzai




Mad Max. Salvajes de autopista

Puestos a comentar trilogías que vuelven a la palestra con sendos remakes, como hemos hecho con Evil Dead, ¿qué menos que comentar otra trilogía que guarda no pocas similitudes estructurales con las películas de SuperAsh y que además va a estar de moda por sus futuras y tardías secuelas? ¿Dará Tom Hardy el pego como Max? ¿Estará aún más buena Charlize Theron ataviada a lo Tina Turner en la Cúpula del Trueno? Servidor opina que “oh, yeah, baby”.

Si recuerdan el periodo que va del 75 al 85 sabrán que fue una época digamos oscura: hartazgo de la guerra fría, suicidio del movimiento hippy, crisis del petróleo, miedo a que todo reviente, inseguridad ciudadana, auge de la cocaína entre los ricos y la heroína entre los pobres, paro, gafotas de pasta, patillacas, Eskorbuto, barrios chungos… Un caldo de cultivo perfecto para películas de justicieros como las de Charles Bronson o videojuegos como Double Dragon. O como Mad Max, al menos en su primera entrega.




En una Australia del futuro, distópica y demacrada a más no poder, un Guardia Civil de por allí con apellido ridículo, Max Rockatansky (Mel Gibson) se las tiene que ver con una banda de motoristas que se dedican a robar los tapacubos de los coches que circulan por su territorio.  Tras varios encontronazos los malos dan razones de sobra al bueno de Max para que se le hinchen las narices y busque su merecida venganza.

De nuevo estamos ante un claro ejemplo de película de bajo presupuesto más que de serie b; rodada con 350.000 mortadelos de la época e intentando que quede lo mejor posible. Siendo tan simple en su argumento y puesta en escena como el mecanismo de un yoyó es meritorio que recaudara la friolera de 100 millones de los de entonces, y además es una producción australiana. No hay duda de que el género de acción con héroe ejerciendo de mano izquierda de dios estaba de moda, pero no es ese el puntal ofensivo de la película. Ni siquiera lo es Mel Gibson en su primer papel protagonista, verdísimo, aunque ya empezaba a señalar que iba a ser un tipo con carisma. El secreto está en la masa, y esa masa la maneja con maestría su director.

George Miller debutaba con esta Mad Max y es sorprendente su capacidad para enlazar secuencias de persecución o simplemente de Max dando rulos por las carreteras comarcales de Australia, sin decir ni pío, durante gran parte del metraje sin que resulte somnoliento. Todo a base de una excelente elección de planos, un montaje sorprendentemente dinámico para lo poquito que la película nos cuenta y un aprovechamiento soberbio de las localizaciones y los extras.




Nunca un paraje abierto con hierba hasta donde alcanza la vista se había visto más desolado y claustrofóbico como en Mad Max. El mundo aquí es infinito en su extensión y los personajes parecen condenados a dar vueltas a un circuito que según va avanzando la película se ve cada vez más y más pequeño.

Las escenas de castañazos de los motoristas, en cámara lenta y sin CGI son dignos de una película tailandesa de nuestros días. Es increíble ver a gente de verdad, no muñecos ni CGI, rodando por los suelos con una moto chocando contra su cabeza.
Si hay algo que se le puede reprochar a este primer Mad Max es no haber envejecido especialmente bien, más que nada porque es una película tan de género que no tiene nada que ofrecer salvo lo que se ve; y eso es algo que ya hemos visto mil veces. Vamos, que falta más trabajo de guión. Por suerte y al igual que Raimi con su primer Evil Dead, George Miller supo ver lo bueno y lo malo de esta primera Mad Max y llevó a cabo su excelente secuela.


Nota:6

2 comentarios:

  1. no mamen ahora en 2013 es una peli de culto, de verdad, no como spider man wakala

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    1. Bueno, por aquí hay distintos colaboradores, y no todos van a pensar igual. A veces no está de más ver comentarios no tan buenos o críticas sobre cosas que nos molen. no?? :P

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