viernes, 29 de marzo de 2013

Crítica: Noche en la Ciudad

Por Marta Miranda





El influjo que el cine negro clásico causa a sus acólitos es potente. Yo me hice adicta al género hace años. Como muchos jóvenes empecé a interesarme realmente por el CINE en la adolescencia. Por supuesto había disfrutado de niña de algunas producciones del Hollywood clásico. Sobre todo cine histórico y alguna comedia screwball (¡alabada sea Arsénico por compasión (1944) de de Frank Capra!), pero no fue hasta (bastantes) años después que empecé a devorar películas de la era dorada del cine.Al principio de manera más o menos  concienzuda, asistiendo a los ciclos de la filmoteca, apoyándome en libros de ensayo y enciclopedias pero poco a poco y a medida que iba conociendo a los directores y actrices hollywoodienses tomé conciencia de la imposibilidad de mi delirio.
Una vida no es suficiente para visionar todas y cada unas de esas grandes películas y asumiendo que no vería muchos de esos grandiosos filmes, me propuse gozar del cine clásico en toda su magnificencia, pero sin obsesiones. Agradeciendo las recomendaciones de clientes en la tienda, amigos, compañeros y familiares me he ido introduciendo poco a poco en este mundo, un mundo fascinante repleto de guiones estremecedores, directores titánicos e intérpretes fascinantes, un refugio al margen del cine mediocre que asola los festivales cinematográficos y las salas de cine de medio mundo...

Así pues regocijándome en las lagunas que como cinéfila aún sigo teniendo (¡gracias a Dios!) me autoimpuse hace tiempo ir adquiriendo poco a poco las películas de cine negro con las que me topara. Independientemente de si se tratan de grandes producciones de la época o exploitation de serie B, cineastas míticos o directores de segunda, o contaran con repartos estelares o aspirantes mediocres todos son filmes dignos. Dignos de ser admirados en todo su esplendor (cuando revisionamos grandes clásicos) o dignos de al menos ser rescatados del olvido (cuando hablamos de producciones menos conocidas).

Hay muchas pequeñas joyas escondidas que merecen ser salvadas de la amnesia colectiva. Noche en la ciudad (1950) de Jules Dassin es una de ellas. Sin tratarse de una película totalmente desconocida para los cinéfilos es cierto que en cualquier lista o top de cine negro no la encontraremos en las primeras posiciones. Posiblemente sí nos toparíamos con Rififí o Topkapi del mismo Dassin.




Formalmente la película es muy potente. El trabajo realizado por Max Greene es excelente. Abundan los planos generales (nocturnos, como no podía ser de otra manera) de la ciudad, Londres. El ambiente es totalmente opresivo: edificios derruidos, oscuros muelles y estrechas callejuelas donde habitan seres (literalmente) deformes capaces de traicionar a su mejor amigo por un chelín.
En esas angustiosas y turbias calles donde no existe ley alguna habita también la bonita Mary Bristol (Gene Tieney). Una joven  rodeada de oscuridad cuya mayor ilusión es tener una vida honrada junto a Harry Fabian (Richard Widmark). Sin embargo Harry tiene otros planes. Quiere llegar a ser algo en la vida y para ello será capaz de timar y traicionar a todos (pareja, amigos, jefe) para dejar de ser un perdedor.

De hecho la película se articula alrededor de las traiciones tejidas entre los personajes: traición padre-hijo, traición mujer-marido, traición empleado-patrón… sin desvelar nada acerca de la trama finalizo el post apostillando el hecho de que los temas principales de Noche en la ciudad (a saber: traición, ausencia de justicia y venganza) no son fortuitos ya que el filme fue el primero que Jules Dassin se vio forzado a rodar exiliado en Europa tras la caza de brujas.

Un crudo relato en clave realista de los bajos fondos londinenses.

No hay comentarios:

Publicar un comentario