miércoles, 27 de marzo de 2013

Cuatro Curas Conmovedores


Por Juanjo Baquedano


De entre las películas que cimentan nuestra personalidad; de las historias contadas en el cine que nos devoran, nos reconfortan, nos magullan y nos dejan huella; de entre los cientos de personajes que nos han calado hondo guardo especial predilección por algunos servidores del dios en el que no creo. Por su profundo sentido de justicia. Por el amor que muestran por el prójimo y por su actitud íntegra: Quijotes que llevan su ejemplo hasta el final, soldados rasos que no dudarán en permanecer al lado del débil, que denunciarán los abusos cometidos, incluso cuando los comete la organización a la que pertenecen o llegando a poner en peligro sus vidas.
 Quiero destacar algunos personajes que vistieron el hábito en la pantalla a los que pongo una velita en mi altar cinematográfico cuando nadie me ve…



Karl Malden como el Padre Barrie en La Ley del Silencio (On the Waterfront, Elia Kazan, 1954)




Cuando Terry Malloy (Brando) es testigo de un asesinato a cargo de la mafia sindical que controla los muelles siente que sus días han acabado. Denunciar no parece una opción, ya que aunque la situación de indefensión en los muelles es insoportable, ello implicaría ponerse en su contra a la todopoderosa mafia  y correr el mismo destino que corrieron los que intentaron oponerse a esa injusticia antes que él.

En ese punto de la trama se cruza con Malloy el Padre Barrie (K. Malden). Un clérigo que lleva ya tiempo combatiendo las pésimas condiciones de trabajo en los muelles y denunciando las prácticas intimidatorias y asesinas de los que controlan el sindicato de estibadores. El compromiso social del Padre Barrie le hace estar de parte de los trabajadores, simple carnaza, y no cesará en su empeño de alentarles a la unión y a la denuncia de las condiciones laborales con que se ven obligados a vivir.



Aldo Fabrizi como el Padre Pietro Pellegrini en Roma, ciudad abierta (Roma, cittá aperta, Roberto Rosellini, 1945)




Roma durante la II Guerra Mundial ocupada por los nazis. Son los últimos años de la guerra, la gente vive en condiciones lamentables. A las penurias propias de la contienda se unen el férreo control que ejercen los alemanes. El racionamiento hace tiempo que no llega y la gente ha tejido una invisible red solidaria para repartirse lo poco que circula, para protegerse del invasor alemán. Pero quien más sufre son los que además se resisten a la ocupación: Partisanos, comunistas, democristianos. Las autoridades nazis apagan cualquier revuelta, cualquier intento de de rebelión y aniquilan a los rebeldes.

En ese contexto se mueve el Padre Pietro (Fabrizi) dando cobijo a desertores alemanes, a miembros de la resistencia, sean de la ideología política que sean. Pronto se verá guardando el paradero de Manfredi, uno de los líderes de la resistencia, pieza codiciada por el Mayor alemán que controla el distrito. Su lealtad hacia él pronto hará peligrar su propia vida y será confinado en los calabozos, impelido a delatar a Manfredi y resto de miembros de la resistencia. Gloriosa y emocionante es la escena en la que el Padre Pietro responde al capellán colaboracionista justo antes de afrontar su fatídico destino. Todo un manifiesto vital.



Montgomery Cliff como el Padre Logan en Yo Confieso (I confess, Alfred Hitchcock, 1953)




De nuevo una cinta Hitchcockiana sobre el falso culpable: Un hombre confiesa al Padre Logan (M.Cliff) que acaba de asesinar a un hombre sabiendo que su deber como párroco es guardar silencio. La trama se complica cuando el propio Logan, por curiosos azares, se convierte en el principal sospechos.

Logan guardará silencio, aún sabiendo que eso significa encubrir a un asesino. No le delatará por mucho que signifique que ahora el foco está sobre él . Y seguirá callando aún cuando sea juzgado como único sospechoso del crimen.



Matthieu Kassovitz como el Padre Fontana en Amen (Costa- Gavras, 2001)




Hitler ha decidido dar paso a la llamada “solución final” y con ella el exterminio total de los judíos. El Coronel Nazi Kurt Gerstein, de origen cristiano y conocedor de dichas prácticas, siente grandes remordimientos  por ello e intentará alertar a la Iglesia. Llegará hasta la nunciatura de Berlín donde nadie parece interesarse por su cuestión. Nadie salvo un joven jesuita: el Padre Fontana.

El Padre Fontana removerá Roma con Santiago para hacer llegar esta revelación a las más altas esferas. Pero en la iglesia a la que él pertenece nadie se muestra interesado en escucharle y mucho menos en creerle. Altos intereses parecen impedir una condena firme de las prácticas del Nazismo por parte del papa Pio XII y su curia. Fontana, desprovisto ya de toda esperanza en los directores de su iglesia, pero armado de su fe y sus valores, no dudará en elegir el bando al que pertenece.


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