jueves, 11 de julio de 2013

La Escena de la Semana: Asalto a la Comisaría del Distrito 13

QUIERO MI VANILLA TWIST (Assault on Precinct 13, John Carpenter, USA, 1976)
Por Toi Brownstone



Ahora que los colaboradores de Cine y Otras Drogas nos encontramos en plena fiebre Carpenter, no podía faltar dedicarle alguna escena de la semana. En realidad es muy complicado elegir una sola, puesto que el maestro nos ha dado numerosísimos momentos de placer, pero al final me he decantado por una, que en su momento me dejó completamente boquiabierta.

Después de ese experimento llamado Dark Star, el director finalmente se embarcó en un proyecto cuyos resultados, si bien no fueron exitosos a nivel comercial, le facilitaron el camino a otros mucho más populares y memorables.

Los fans del director consideramos Asalto a la Comisaría del Distrito 13 una obra maestra hecha con 4 duros, que además incluye un montón de aspectos recurrentes en su filmografía, como por ejemplo los asedios y los espacios restringidos y claustrofóbicos, la oscuridad, y cierto toque sobrenatural, sin embargo durante todos estos años ha pasado completamente desapercibida por alguna extraña razón. Quizás la ausencia de caras conocidas tenga algo que ver, o quizás una escena políticamente incorrecta, fuera la causante. ESTA ESCENA.

Para entender un poco el asunto os tengo que poner en antecedentes. Los jefes de las pandillas de Los Angeles han hecho un pacto, un cholo, que consiste simplemente en enfrentarse tanto a las fuerzas de la ley como a civiles y sembrar el pánico y el caos. El ambiente está muy caldeado y no hay ningún límite a la hora de hacer el mal.

Lawson y la repipi de su hija se pierden por un barrio cualquiera de la ciudad. En una época en la que no existían ni los dispositivos GPS ni los teléfonos móviles, finalmente el padre decide llamar a su novia desde una cabina, para conseguir unas indicaciones con las que poder orientarse y llegar a su destino.  Mientras Lawson intenta averiguar dónde demonios están, aparece la clásica furgoneta de helados, irresistible para cualquier niño. Kathy por su puesto no es ninguna excepción. Quiere su vanilla twist a toda costa ajena a todo lo que está sucediendo.

El vendedor de helados intenta no servirle puesto que se ha cruzado un par de veces con unos tíos con pintas amenazadoras, pero como parece que han seguido su camino y ante la insistencia de la niña termina por servirle. Cometerá dos errores mortales: perder de vista a los pandilleros y servir el helado equivocado.


Quién podría imaginarse que alguien se iba a cargar a una niña con semejante sangre fría? Os lo podíais esperar? Admitidlo, NI EN BROMA. Como mucho un secuestro, pero un tiro en el pecho? La cara de la niña incapaz de reaccionar antes de caer fulminada, ese manchurrón de sangre en su vestidito amarillo junto con el he helado que no deja de sujetar, forman parte de una estampa difícil de olvidar.

Los niños son prácticamente intocables en el cine, pero Carpenter, como podéis ver, se pasó esta ley por donde quiso, y convirtió esta escena en la causa principal para uno de los asedios más increíbles y asfixiantes de la historia.

Ya habéis aprendido la lección. No comprar helados en calles abandonadas de Los Angeles a las 6:41PM.


2 comentarios:

  1. ¿Y las musiquitas carpertinas qué? ¿eh? Tela marinera.

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  2. Me compré esta película de zombis sin zombis en DVD hace unos meses por recomendación del Señor Fanlo. Me gusta mucho toda esta primera parte en la que Carpenter conduce con exquisita parsimonia a los protagonistas de la película, hacia lugar en el que todos sabemos que van a terminar desde el minuto cinco de película, esta escena especialmente. Esa parsimonia que a mi tanto me gusta también puede ser uno de los motivos de que la película no mueva hordas de seguidoras.

    Las musiquillas carpenterianas muy bien, a esta película le puse un punto más en filmaffinity por la música.

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