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Por Daniel García


En la historia de la traducción de títulos de películas extranjeras para el mercado español hay una larguísima lista de ejemplos que destacan por su absoluta indiferencia hacia el título original en concreto y la inteligencia del público en general. En el caso de Cruce de Caminos, los “traductores” de la distribuidora optaron por ignorar el peculiar título original, The place beyond the pines, para buscar una opción más sencilla que el público español pudiera recordar con facilidad. Curiosamente, el más que obvio y poco ingenioso Cruce de caminos se ajusta a la perfección a la película de Derek Cianfrance: parece como si la distribuidora hubiera castigado la pretenciosidad de la película otorgándola el título más simplón posible, en un acto involuntario de justicia poética. Y es que estamos hablando de una película tan mala que hasta su propio título (el original) se refiere a una escena que no tiene ningún sentido dentro de la historia, una más en la amalgama de escenas risibles que constituyen las casi dos horas y media de tostón insufrible que se ha marcado el señor Cianfrance. No recuerdo qué director dijo aquello de que sus películas eran como sus hijos, pero si este fuera el caso, The place beyond the pines es un retoño con graves deficiencias genéticas que debería haber sido abortado en la primera semana de gestación. Sorprende bastante que la misma persona que escribió y dirigió Blue Valentine, una dramática exploración de una pareja en crisis que a pesar de sus evidentes síntomas de cine alternativo estadounidense (la música de Grizzly Bear, el vestuario de Ryan Gosling, el esquema escena-de-susurros-seguida-por-escena-de-gritos), conseguía emocionar metiéndonos en el feo meollo de una relación abocada al fracaso. Queda bastante claro tras ver Cruce de caminos que la sensibilidad indie que funcionaba tan bien en su anterior película no tiene razón de ser en un dramón de policías y ladrones que pretende abarcar tantos temas como años en la vida de sus protagonistas.

La película empieza con un motero de feria ambulante (a falta de otra definición para su trabajo) que se reencuentra con una ex amante en una visita al pueblo donde se conocieron. Ella le informa de que cuando estuvieron juntos la dejó embarazada y ahora tiene un hijo suyo, para más tarde decirle que no quiere que tenga ninguna relación con él (muy lógico, ¿verdad?). Luke, que así se llama el motero, decide sin pensárselo demasiado quedarse en el pueblo para formar parte de la vida del niño y abastecer a su familia, a pesar de que acaba de enterarse de su existencia. Por desgracia, Luke es un tipo con bastantes pocas luces cuyo trabajo le obliga a viajar por todo el país, así que no le va a resultar fácil echar raíces en un nuevo lugar y conseguir dinero para criar a su hijo. Finalmente y como haría cualquier hombre que quiere recuperar la confianza de la mujer a la que quiere, se vuelve un criminal y comienza a robar bancos junto a su nuevo socio, un mecánico de aspecto asqueroso que vive en medio del bosque. Para ello, pinta su moto de negro y planea inteligentes golpes que consisten en entrar en el banco gritando y apuntando a todo el mundo con una pistola hasta que le llenan la bolsa de deportes con unos cuantos fajos de billetes. En poco tiempo alcanza bastante notoriedad como el peligroso atracador motero de Nueva York y es buscado por toda la policía del estado, lo que no le impide irse de picnic a cara descubierta con su ex amante y su bebé, conduciendo la misma moto negra que usa en los atracos (!!!). Más tarde entra en escena Avery, un agente de policía un poco alelado que acabará cruzándose en el camino de Luke con consecuencias bastante desagradables para ambos. A partir de este encuentro, la película toma un rumbo más ambicioso y entra en una espiral de acontecimientos en apariencia fortuitos, pero que en la cabeza de Derek Cianfrance están intrínsecamente unidos para finalmente confluir en ese “cruce de caminos”. Entre las variadas y superficiales historias paralelas se nos presenta una trama de corrupción policial, las vicisitudes de un matrimonio insatisfecho, el ascenso meteórico de una ambiciosa carrera política y el antagonismo entre dos adolescentes, uno rapero y otro grunge. La mayoría están contadas deprisa y corriendo, algunas se dejan inconclusas y todas están supeditadas a un final que pretende ser épico y revelador pero que resulta vacío, forzado y del que solo se puede sacar un par de conclusiones más que trilladas. Una, que todos los actos tienen sus consecuencias; otra, más hortera y que da un poco de vergüenza ajena en una película que pretende ser seria, tendría que ver con la inevitabilidad del destino. O algo así.

Al igual que ocurre con películas de historias entrelazadas como Crash o Babel, en Cruce de caminos parece que las casualidades y los encuentros aleatorios entre personajes han de tener algún tipo de resonancia mística o consecuencia dramática de algún tipo, como si se cerrara un círculo y se alcanzara una especie de equilibrio cósmico que afectara las vidas de los personajes. La idea resulta ridícula de por sí, más aún cuando el guión se centra en forzar esos encuentros y casualidades como el fin último de la película y los personajes son meros peones que se mueven de un lado a otro esperando una resolución (que tarda bastante en llegar porque las películas de este palo son larguísimas).

Termino metiéndome con Ryan Gosling, un actor que prometía mucho hace bastante poco pero que en sus últimas películas se dedica exclusivamente a lucir palmito y poner cada vez más cara de tonto (aunque en Drive le funcione, todo hay que decirlo). Su actuación en Cruce de caminos es una oda a la inexpresividad que consigue superar el hieratismo del mismísimo Charles Bronson. Por no funcionar, no funciona ni el vestuario de su personaje, elegido con una falta de acierto asombrosa: se supone que Luke es un “white trash” de la vida, pero pegaría más en una pasarela de Galliano que en un taller de reparaciones.

Aconsejo evitar este desastroso intento de epopeya policíaca indie y recuperar la otra Cruce de caminos, la de 1986, esa en la que Ralph Macchio y Steve Vai se marcaban un duelo de solos de guitarra al final. Eso sí que era épico.

Nota: 3,5