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Truco o Trato: Screamin’ Jay Hawkins Golpea Tu Puerta.

Por Juanjo Baquedano

Si tuviéramos que pensar en una figura de la historia del Rock que personificara la festividad pagana de Halloween no podría ser otra más que la de Screamin’ Jay Hawkins entrando en escena con una bomba de humo, enfundado en su traje de vampiro, agitando ostensiblemente en su mano izquierda un bastón con una calavera y cantando sobre alguna maldición.

Screamin’ Jay Hawkins es un artista a reivindicar. Un personaje vital en los años de arranque del Rock, que fue capaz de elevar el Blues y el Rock and Roll a otra dimensión, quizás demasiado transgresora para la conservadora sociedad norteamericana de mitad de los años 50, pero que fue clave ya que sirvió de inspiración para multitud de músicos que vendrían después. Un universo que aunaba Blues y Rock and Roll, el cabaret, el vudú y la santería afrocaribeña y unas gotas de canción francesa.

Quizás nunca gozó del éxito masivo de coetáneos como Chuck Berry, Little Richard o Sam Cooke, pero la aportación de Screamin’ Jay Hawkins, como las de Leadbelly, Howlin’ Wolf o Bo Diddley, fueron importantísimas para la creación de la subcultura underground que hace que esa ya vieja música popular que es el Rock and Roll siga siendo juvenil y rompedora. Con el transcurrir de las décadas de los 60 y los 70 pasó a una tercera fila, pero su semilla estaba ya diseminada en artistas y bandas como The Animals, Captain Beefheart, Alice Cooper, Arthur Brown, Tom Waits, The Cramps, Nick Cave o The Fuzztones.  Tuvieron que llegar los años 80 para que, de la mano del cine, la figura de Hawkins recuperase la importancia y el lugar que merecía.

Screaming J. Hawkins nació de manera casual en Cleveland, Ohio en 1929. Y decimos casual ya que su madre, en un avanzado estado de gestación abandonó Washington DC (ciudad en la que residía) en dirección a la capital de Ohio, donde fue a dar a luz al pequeño Jalacy para abandonarle allí poco después.  A la edad de 18 meses fue adoptado por una familia de indios, con la que creció. Pronto en su infancia desarrolló su gusto por la música, aprendiendo a tocar saxofón y piano. Screamin’ jay Hawkins siempre fue un barítono frustrado. A los 14 años miente en su edad para alistarse voluntario en la Armada estadounidense marchando hacia la campaña del Pacífico, donde comenzó a pensar en la música como forma de vida, viendo que no se le daba mal ser el entertainer de las tropas. En esa época de militar desarrolló otra faceta peculiar, el boxeo. Tras abandonar el ejercito comenzó a pelear de manera más o menos seria, convirtiéndose en campeón de los pesos medios de Alaska en 1949. No sería hasta 1951 que tomó parte en el negocio de la música, ingresando en la banda de Tiny Grimes.

En esos primero años 50 comenzó a grabar sus primeras canciones y tuvo la suerte de toparse con un personaje central en Ohio, y clave en la historia de la música, que no fue otro que el DJ Alan Freed (el hombre que le puso el nombre al Rock and Roll). Freed había escuchado las primeras maquetas de “I put a spell on you” y le animó a la grabación de nuevo material. También fue clave a la hora de proponerle que explorase esa imagen de lo macabro y lo grotesco que dejaba entrever en sus espectáculos. Fue en esos años cuando J Hawkins se sacó de la manga a su acompañante Henry, la calavera incrustada en un bastón que esgrimía en sus espectáculos. La personalidad de Screamin’ J Hawkins comenzaba a tomar cuerpo.

Fue en el año 1956, el gran año de Elvis, el año en que Hawkins publica At home with Screamin’ Jay Hawkins, su primer larga duración donde apareció su mayor éxito,  I Put a Spell On You, que se convirtió en un hit inmediato. Se cuenta que en la toma definitiva de esa canción tanto él como el resto de la banda estaban totalmente borrachos, cosa que no sería descartable. En esas grabaciones se dejaba vislumbrar ese peculiar estilo interpretativo de Hawkins que utilizaría en su carrera: Sus gritos, sus espasmos, sus chisporroteos y espumarajos varios. Un disco repleto de Rock and Roll y Rhythm and Blues pantanoso, pero también melodías más cercanas al cabaret y el Music Hall como I Love Paris o Temptation, además de otra de sus grandes canciones de amores rotos y corazones solitarios como Hong Kong donde da rienda suelta a ese cantante excesivo.

Podemos intuir que la mayoría del público de la época se sentiría reacio a la música de un tipo feo como Hawkins disfrazado de Dracula, calavera en mano y con voz de barítono desquiciado cantando sobre maldiciones amorosas y hechizos, santería y vudú, pero para cierto genero de músicos que comenzaban su carrera a los dos lados del charco su estética y su música fue inspiradora. Aunque no logró durante esos primeros 60 (ni el resto de su carrera, todo sea dicho) repetir el éxito de I put a Spell on You, hasta la edición de su segundo álbum en 1965 tuvo un puñado de singles importantes como Frenzy, Alligator wine, Armpit Nr 6 o I Hear Voices.

Al final de la década de los 60 la música iba ya por otro lado, la generación inglesa de The Animals o The Yardbirds que tanto le reivindicaran ya han superado su época blues y han dado paso a sonidos más avanzados (véase a Eric Burdon con The New Animals o War, a Clapton con Cream, a Jeff Beck o a los recién aparecidos Led Zeppelin), con lo que la propuesta de Hawkins parece caer en saco roto, pero no debemos desdeñar la influencia que se ve de su música en gente como Captain Beefheart o incluso Frank Zappa con sus Mother of Invention. El histrionismo de estos o la forma en que regurjitaron el Blues y el Rock puede tener origen en la música de Hawkins.

En 1969 publica What That Is!, un disco que se abre a lo grande con dos piezas impresionantes como What That Is! y Feast of the Mau Mau o la grotesca Constipation Blues. En su disco de 1970 Because is your mind amplía su sonido hacia el Soul, destacando canciones como Our love’s not for three o Move me, sin dejar de lado el Blues marca de la casa ni las baladas donde se impone su poderosa voz como Goodnight, my love.

Inició la década de los 70 con un disco de grabaciones del pasado que tenía el nombre de Portrait of a man and his woman. En él destacan canciones como su versión dél clásico It’s only make Believe, Ashes y su brutal reinterpretación de I put a spell on you en clave Funk. Durante esos años 70 no tuvo ni éxitos reseñables ni aportó grandes canciones a su repertorio, pero queremos destacar algunas joyas como Africa Gone Funky, en la que practica una especie de Afro Beat, y algunos patinazos (pero que nos dan la dimensión de su personalidad) como su versión del standard popularizado por Frank Sinatra Ebb Tide. Durante esos años vivió largas temporadas en Francia, donde era venerado.

En los 80 giró con frecuencia y se aprovechó del revival Rocker y Garage de aquellos años, llegando a abrir toda una gira en 1986 para un joven Nick Cave (que se postró a sus pies nada más verle) o teniendo como banda de acompañamiento a los neoyorquinos The Fuzztones en su disco en directo del año 1984. Fue en los 90 donde volvió a grabar algunos álbumes de interés, como Black music for White people, I shake my stick at youSomethin’ funny goin’ on donde además de reinterpretar sus propias canciones y standards del Rock se atreve con canciones de uno de sus herederos, Tom Waits, enfundándose en canciones que le venían como un guante como Whistling past the graveyard, Ice Cream Man o Heart Attack and Vine.

En el año 2000 falleció en Francia víctima de un aneurisma, dejando un puñado de canciones impresionantes y habiéndose convertido en todo un icono del lado más oscuro, salvaje y grotesco del Rock and Roll. Sirvan estas palabras suyas para acabar de redondear su personalidad:  Nací negro, desnudo y feo. Y no importa cuánto acumule aquí, es un viaje corto. Me iré de este mundo negro desnudo y feo. Así que disfruto la vida. Siempre se le quedó clavada la espinita de grabar todo un disco de ópera, labor en la que parece que estaba enfrascado cuando le sobrevino la muerte.

BREVE INCURSIÓN EN EL CINE
Su primera aparición en el cine fue en el biopic sobre Alan Freed de 1978. Tras él, tuvo un par de cameos más hasta que Jim Jarmusch, gran melómano, le da un pequeño papel en su película Extraños en el Paraiso. También aparece en la película Joey de 1986, pero fue como recepcionista de hotel en 1989 en Mistery Train, de nuevo con Jim Jarmusch, donde tuvo su papel más relevante. Poco antes de morir volvió a ponerse a las ordenes de directores de cine. Lo hizo en 1997 con Alex de la Iglesia, para su papel de Adolfo en Perdita Durango y con Cedric Klapisch en Peut-etre en 1999.