domingo, 6 de octubre de 2013

Crítica: El Mejor Padre del Mundo

Por Paco Latorre



El cacareo ininterrumpido que de un tiempo a esta parte han provocado las películas de Bobcat Goldwaith, sobre todo tras God bless America, hacen de la curiosidad del cinéfilo o cinéfago o viceversa (no hiramos sensibilidades) necesidad. Enfrentándome a  El mejor padre del mundo como desvirgue ante su obra me quito varios prejuicios de encima con tan sólo un cuarto de hora de metraje: el toque indie no es tan acusado como para molestar, no cae en la comedia burra porque sí y -voilà- la historia va a ir más allá de un mero ejercicio constructivo para la sucesión de gags.

Centrémonos en ese último punto: La historia de El mejor padre del mundo (de la que no voy a revelar nada porque no me gusta hacerlo y porque perdería el factor sorpresa de la peli) es, simple y llanamente, de las mejores y más sorprendentes vistas en los últimos años. A partir de este tamiz, el guión de Bobcat Goldwaith lleva al espectador  por dónde quiere,  del llanto a la risa, de la crueldad a la agonía y remontando cuando parecía rebozarse en la miseria hasta la catarsis y el vitalismo. Porque, como me pasó a mí, hay veces donde ustedes no sabrán si reír o llorar, o se encontrarán interrumpiendo su carcajada para fustigarse al darse cuenta de qué se están riendo.


A Goldwaith (curiosidad: era el histriónico Zed de la saga Loca academia de policía) le funciona a la maravilla la estética del ridículo tan propia de la caterva indie tipo Alexander Payne, pero con la diferencia de que más allá de guardar una prudencial distancia en el retrato de los desgraciados made in U.S.A. , él muestra empatía por sus personajes. Sí, los retrata como perdedores, ineptos, desgraciados, se sumerge en el tópico del reverso del sueño americano; pero hay algo más, hay un cariño por su criatura (pienso en la escena que el propio Bobcat se reserva como intérprete en su peli) que si acaso acrecenta más el efecto del escarnio al que son sometidos. Conjugar ternura, simpatía y burla es muy difícil; cosa que la película hace con maestría.

Negrísima comedia de una inteligencia sutil en su contexto y estructura, El mejor padre del mundo es una película indispensable para aquellos exploradores de lo extremo (aunque sea el humor) y aficionados ocasionales a la sociopatía; con unos actores en estado de gracia (jamás pensé que diría eso de Robin Williams) y una valentía en la dirección capaz de navegar por fronteras muy difíciles de bordear sin caer en lo ridículo, el dramón, la comedia bufa o la ya cansina provocación destroyer propia de Todd Solondz y coetáneos. No se la pierdan.


Nota: 8


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