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Por Paco Latorre

Desde la adolescencia uno debe aprender a curarse de ciertas cosas: esperar un futuro libre y digno (ambas cosas jamás van unidas), creer que hacerse mayor otorga cierta sabiduría y -sobre todo- confiar en las expectativas. Este último tercio ha menguado sueños húmedos del cinéfilo desde tiempos antediluvianos, y más en géneros de platea y militancia como el fantástico. No aprendemos, y The world´s end es otra muesca recalcitrante en subrayar que  tener expectativas es sinónimo de llevarse, en mayor o menor medida, un chasco.

La tercera parte de la trilogía del Cornetto (tras la ya icónica Shaun of the dead y la mejor y más redonda  Arma fatal) es una decepción del grupo de en menor medida. El trío Edgar Wright/Simon Pegg/Nick Frost es tan competente como siempre (de hecho, visualmente, Wright se luce como no ha hecho antes), pero da la impresión de que The world´s end ha sido hecha deprisa y corriendo. Desde la inconsistencia de un guión que fluctúa demasiado a las bravas desde las historias personales de los protagonistas al despiporre festero de forma muy acelerada (la extensa introducción de los personajes hace que el desarrollo y desenlace vayan a burro barra) hasta la formalidad -por momentos virtuosa- de una factura a la que le falta el toque que hacía de sus anteriores obras películas ineludibles para entender el género en el presente. No me entendáis mal; las referencias pop siguen ahí (y si Tarantino tiene gusto para el acompañamiento musical, Edgar Wright mola más todavía Teenage Fanclub mediante), el conocimiento del terreno que se pisa es innegable (desde El pueblo de los malditos hasta Almas de metal) y el cariño por los personajes es instantáneo, pero la propia impersonalidad de la amenaza villana (autómatas extraterrestres esta vez) parece que absorba por momentos a la película.

Sin llegar a caer en el sopor en ningún momento, sí que es palmario que en una película de entretenimiento uno mire el reloj un par de veces, y que además la parte que más funcione sea la dramática. Son las diatribas del personaje de Pegg y su dialéctica con el encarnado por Nick Frost las que llegan al corazoncito del espectador, incluido ese poco sutil metafóricamente pero resultón en su mecagoentodoloquesemenea discurso del clímax. Y es que lo que no podemos perdonar es que una película de la que se puede extraer una buena dosis de peterpanismo bien entendido adolezca precisamente de lo que pregona: momentos y material para rejuvenecer en la butaca más allá de tres cuatro situaciones muy brillantes, fagocitados en un formalismo de cadena de montaje, competente y digna, pero plana. Las expectativas, como he dicho,son malas consejeras.

Nota: 6’5