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Por Iván Fanlo

Es curioso el caso de muchos directores que en plena madurez, cuando ya tienen todo ganado y no necesitan demostrar nada a nadie, nos regalan alguna de las carreras más interesantes de la actualidad. El primer nombre que me viene a la cabeza es de Steven Spielberg, el gran rey midas de los años 80. Mientras muchos ven una leve bajada de calidad o compromiso en sus últimas obras, yo veo clase y autoría. La posibilidad de hacer lo que a uno le plazca y la falta de presión de una carrera ya consolidada, nos ha traído grandes obras, por mucho que haya quien no lo ha querido ver.

Esta misma sensación es la que me llevé al terminar The wolf of Wall Street y repasar los últimos 10 años de Martin Scorsese tras las cámaras. El italo-americano ha coqueteado con géneros como el documental (No direction home, Public Speaking, George Harrison: Living in the Material World), el terror (Shutter Island), el thriller (Infiltrados) o el cine infantil (La invención de Hugo) de manera modélica. Ahora nos llega su nuevo film y, contra todo pronóstico, es una comedia. Y ya no es que sea una de las mejores películas del año -si, me arriesgo a decirlo a mediados de Enero- si no que demuestra un brío tras la cámara como nadie en el presente cinematográfico.

El lobo de Wall Street es ante todo una comedia. Una comedia muy alocada e irreverente que muchas veces parece estar hecha con trazo gordo. Pero no nos engañemos, detrás de cada palabra malsonante, de cada kilo de cocaína, de cada pastilla que ingieren o de cada fiesta que vemos en pantalla, tenemos una de las mayores alegorías sobre el poder del dinero (o del poder en general) y sobre su capacidad de atracción (y de destrucción). Y es que en los 179 minutos que dura la película – de los que, por cierto, no sobra ninguno- Scorsese nos tira sin paracaídas dentro del soñado american way of life, nos deja beber de él  (lo saboreamos y lo disfrutamos) para luego vomitarlo sobre nosotros mismos.

Pero Scorsese no está solo. Para este descenso a los infiernos que nos presenta el director, se ha rodeado de los mejores compañeros de viaje. Como copiloto tenemos a Terence Winter, el laureado guionista televisivo conocido por Los Soprano o Boardwalk Empire. Junto con Thelma Schoonmaker, la montadora de Scorsese de toda la vida, hacen la triada perfecta para que el filme funcione a las mil maravillas. Un prodigio de ritmo cinematográfico que trasciende a la larga duración de la cinta y que en ningún momento se nos hará pesada.

Pero la cosa no acaba ahí, sino que se completa con un reparto de lujo, encabezado por un Leonardo DiCaprio en estado de gracia y que se desenvuelve en la comedia como pez en el agua (incluso en el aspecto más físico, como demuestra la desternillante escena de los lemmons, que ni Jim Carrey hubiera hecho mejor). DiCaprio es capaz de llevar todo el peso de la película desde el principio hasta el final, aunque es ayudado mediante unas réplicas más que geniales: desde un increíble Jonah Hill como compañero de desventuras, y con muchas de las mejores frases; la exuberante Margot Robbie, que te deja prendado desde su primera aparición;  Kyle Chandler, haciendo un gran trabajo como némesis de Jordan Belfort; el siempre afable Rob Reiner, esta vez delante de las cámaras con un pequeño papelito; un decente Jean Dujardin, aunque tampoco es de lo mejor del film; y un gran elenco de secundarios televisivos que lo hace de maravilla y dándole mayor toque de verosimilitud que si hubieran llenado el casting de estrellas. Aunque si tuviéramos que destacar a alguien, ese sería Matthew McConaughey. En poco más de cinco minutos en pantalla es capaz de comerse a quien sea. Bravo por él.

Por supuesto, todo esto está aderezado por una gran fotografía, obra del mejicano Rodrigo Prieto (habitual en los films de González Iñárritu), la buena música de Howard Shore o una gran selección de canciones (que van desde Plastic Bertrand a Devo, pasando por Cypress Hill o Ian Dury, por citar algún ejemplo).

Aunque El lobo de Wall Street sea una historia pasada, pocos films se nos ocurren que hablen de una manera tan rotunda y sin concesiones de la sociedad, nuestra relación con el dinero y del presente económico, ya no sólo estadounidense sino mundial. Y es que ese arrebatador plano final no es más que un espejo en el que todos y cada uno de nosotros estamos reflejados.

Nota: 8,5