martes, 21 de enero de 2014

Crítica: El Delirante Mundo de los Feebles

Por Ivanckaroo Banzai



...mahna mahna, tutuuuu tururuuuu....

De todos es conocido en mayor o menor medida "The Muppet Show", un veterano programa de la televisión americana que llegaba a España en otro de sus formatos, implementado dentro de Barrio Sésamo; los Teleñecos de toda la vida: marionetas de animales como la rana Gustavo, monstruítos como Gonzo y personas como Don Música. Bien, pues en el original americano cada capítulo se ofrecía como si de un espectáculo de variedades se tratara: entrevista al artista invitado, números musicales, vicisitudes de los Muppets tras bambalinas...
Peter Jackson acogió esta idea con los brazos abiertos, la pasó por la barbacoa de Mal Gusto y engendró a su parodia,Los Feebles.


El show de los Feebles se presenta similar al de los Muppets pero quitándole todo el aire desenfadado e inyectándole lo peor de lo peor que uno pueda saber, imaginar u haber oído del mundo del espectáculo y todo lo que lo rodea. Cada personaje encarna una de esas miserias: el productor con negocios turbios que se zumba a la secretaria, el gerente que lleva los trapicheos del anterior, las viejas glorias en decadencia por edad o drogas... incluso, en una de sus escenas más grimosas, se nos presenta a una mosca paparazzi enmerdándose de una manera bastante desagradable para descubrir la enfermedad venérea de la gran estrella del show, un conejo adicto al sexo.
Apenas se libran de la mugre la pareja de protagonistas y un par de personajes más que encarnan valores como la fidelidad o el trabajo, ven el mundo con inocencia e ilusión, se lavan los dientes 5 veces al días,etc.

Peter Jackson consigue que el feísmo interior de los personajes se traslade al exterior, tanto en su aspecto como en las porquerías que se les ve hacer o se les hace padecer. Sin llegar a los niveles de su primera película, y pese a tratarse de muñecos, las situaciones escabrosas y repugnantillas pueden llegar a ser mucho más desagradables que las de Mal Gusto, por el simple hecho de que muchas de ellas nos resultan perfectamente plausibles y horrendas. Para que me entiendan; ver marcianos que comen gente, para luego vomitarla y... volver a comerla, da mucho asco; pero ver a una actriz secuestrada y drogada para hacer una porno en el sótano del teatro... da otro tipo de mal rollo, y del serio.
Con el mismo guión, de haberla rodado con actores en vez de con muñecos el resultado habría sido tan perturbador que ni las partes cómicas habrían hecho maldita gracia; por otro lado, de haber suavizado el guión, se habría quedado la cosa en una especie de docudrama bufo. Es algo que supo ver Jackson, y es de agradecer.


La película es una sucesión de sub-tramas de los personajes que acaban desembocando en un clímax final tan esperpéntico como necesario. Todo tiene un aire más elaborado que en Mal Gusto, aunque sigue siendo una cinta aún más inclasificable que la anterior; ¿es parodia, comedia negra, sátira social, drama, musical, gore...?

Curioso experimento digno de ser visto al menos una vez en la vida. ¡Ah! El número musical del zorro director de la obra... ¡pordiospordios!


Nota: 5,5


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