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Por Paco Latorre

La mejor oferta es una película que funciona pese a sus responsables. En mi caso, decidir verla supuso un acto de fe medida por el aburrimiento porque ni Geoffrey Rush ni Giusseppe Tornatore nunca han sido gente a la que le haya seguido la pista ni por la que profese mínima admiración, pero la idea de una película varada y cargante me ponía supongo que para poder afirmar con toda bilis que es varada y cargante.

Un maniático y algo extraño subastador, especializado en valiosas falsificaciones, está a punto de cerrar un trato con una nueva clienta, que le cita en su villa para que tase los diferentes artículos que le confiere a subasta; pero en ningún momento ella hace acto de presencia, dando vagas excusas para evitar conocer en persona al subastador hasta que, forzada por la situación, le habla de una extraña enfermedad. Argumento tebeístico cuyo fin es poner el gusano en el anzuelo, y lo consigue. Porque pese a matices ridículos aunque entrañables del guión (ese autómata) La mejor oferta sabe jugar muy bien con la máxima del thriller de raigambre hitchkoniana y psicología abruptamente moderna, sin llegar a la mecánica del maíz en la mano mostrado a la gallina para luego dejarla con hambre, tan propio de las nuevas generaciones televisivas (Lost, Prison Break, Breaking Bad), víricas en cuanto a traspasar el juego a la nueva ficción cinematográfica de suspense. Claro que para alguien tan ñoño como Tornatore, que encima parece creerse clásico, es imposible darle semejante empaque, y ahí precisamente radica la gracia de la película; en un extrañamiento progresivo de la trama merced a dirigir la atención del espectador de una manera algo sui generis teniendo entre manos semejante material.

Hasta aquí las virtudes, junto a la música de Ennio Morricone, ya que ni Geoffrey Rush -jamás entenderé el prestigio de un actor tan malo- ni un Donald Sutherland anecdótico en horas muy bajas, ni la supuesta mcguffin de turno pese a su belleza soportan el peso de una historia que deriva hacia lo que parece estar evitando todo el rato: un final chocante de artificio hollywoodiense propio de Seven o El sexto sentido. Siendo europea por ser más folletín que otra cosa y americana aun evitándolo porque los complejos son difíciles de tratar, La mejor oferta es incapaz de soltarte en las dos horas que dura quizás porque como dicen en la película hasta la más burda de las falsificaciones tiene algo de verdadero. O así.

Nota: 7