miércoles, 26 de febrero de 2014

Crítica: Her

Por Daniel García



La última película de Spike Jonze, un drama romántico ambientado en un futuro cercano, cuenta el extraño romance entre Theodore Twombly (interpretado por Joaquin Phoenix), un hombre agobiado por su inminente divorcio que pasa los días refugiado en la soledad de su apartamento, y el nuevo y revolucionario sistema operativo que acaba de adquirir, de nombre Samantha (a quien presta la voz Scarlett Johansson).

Con esta premisa, Her podría invitar a la reflexión sobre el papel de las relaciones humanas y la necesidad de comunicación en una sociedad prácticamente dominada por los ordenadores. Pero aunque trate estos temas directamente, la película nunca va mucho más allá de contar la historia clásica de una relación abocada al fracaso en la que pueden adivinarse todas las etapas antes de que ocurran: la rutina, las peleas, los celos, la ruptura, la reconciliación. La única originalidad reside en el hecho de que Samantha no es un ser humano, pero hasta la repercusión que esto tendrá en la pareja es predecible: la revelación final es que un ordenador nunca podrá sustituir la complejidad emocional y el calor de un ser humano, una conclusión tan obvia, trillada y aburrida que casi da vergüenza ponerla por escrito.


Quizá lo previsible del desenlace no debería impedirnos disfrutar de Her, pero el guión de Spike Jonze recurre a tantos lugares comunes que solo con ver el arranque ya tenemos la película entera bien masticadita. Sobre todo en el momento en el que conocemos a Amy (Amy Adams), una amiga de Theodore, y a su marido. Se trata de una escena tan torpe que parece sacada de The Big Bang Theory, una situación predecible con personajes estereotipados que nos advierte de los clichés que vienen a continuación.

Más adelante en la película hay, sin embargo, momentos emocionantes que hacen recobrar un poco la esperanza (al fin y al cabo se trata de Spike Jonze, ¿no?), como las escenas en las que Theodore sale a explorar el mundo real para que Samantha pueda experimentarlo. La idea de que la relación crezca a través de la percepción de la realidad, ella viviéndola por primera vez y él aprendiendo a disfrutarla de nuevo, es lo único que consigue aportar una dimensión nueva a una historia de amor demasiado clásica. Es una pena que esta parte de la película también incluya momentos ridículos, como cuando Theodore aparece correteando y dando saltitos por una estación de metro cual hijo de Ned Flanders con una sobredosis de azúcar, o la conversación sobre el ano en el sobaco que se le ocurre a Samantha. Esto se puede achacar al complejo de Peter Pan del director y quizá a que una parte de él está preocupado por demostrarnos constantemente que es un rarito. (Tranquilo, Spike, ya sabemos que eres un raro, no te preocupes. Ven aquí, anda, shhh… shhh… ¿Qué haces con ese cubo de rubik? ¿Dices que en realidad es un perro y quieres animarlo con stop-motion? Claro, claro, adelante...)


Her es visualmente impecable, tanto como un anuncio de una compañía de telefonía móvil que se ha gastado un buen mordisco del presupuesto anual en publicidad. El futuro que vemos en las películas de ciencia ficción suele ser una especulación que sirve de comentario sobre el presente; el que se nos presenta en Her, sin embargo, nos revela un diseño de producción más preocupado por los tonos pastel y los toques retro, los pantalones de tallo alto y las cortinas de colores, que por intentar transmitir alguna idea concreta sobre ese futuro. Quizá esta estética cálida, bonita e insulsa quiera expresar el aburrimiento y conformismo de una sociedad que ya lo tiene todo hecho. Sin embargo, no se ve la más mínima crítica a ese conformismo. De hecho, Spike Jonze se regodea en planos de Joaquin Phoenix sonriendo constantemente, sentado en el banco de un parque o mirando anonadado edificios a través de la ventana de una habitación inundada de luz. No se trata de un futuro utópico donde la perfección dé miedo, sino uno donde la perfección es agradable y aburrida, poblado por empleados de Google con bandolera que sonríen como idiotas todo el rato. Después de dos larguísimas horas uno se da cuenta de que, con la excepción de dos o tres escenas, Her no es más que una historia de amor mediocre y muy poco original, donde el envoltorio futurista es simple humo. Eso sí, un humo de tono fucsia y con olor a café del Starbucks.

Ah, y Joaquin Phoenix sale tocando el ukelele. Por supuesto.


Nota: 5


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