miércoles, 19 de febrero de 2014

Crítica: Robocop 2

Por Ivanckaroo Banzai



El brazo oxidado de la ley

Como suele suceder con las secuelas, la segunda parte de la trilogía del antidisturbios metálico no empezó con buen pie. Verhoeven estaba enfrascado en Desafío Total, Peter Weller descontento con el guión y el traje, Nancy Allen pasando de todo, el guión de Frank Miller rebotado y reescrito... Tanto mal rollo acabó en manos del ya difunto Irvin Kershner, a quien todos amamos por ser el director de El Imperio Contraataca, que viene a ser tener el 80% de mérito de lo que es todo lo que rodea Star Wars. Y al menos, la pelicula quedó resultona.


En un Detroit más insalubre todavía, hay una nueva droga que está idiotizando aún más si cabe a la población local: el nuke. Esta droga está manufacturada por un gurú demagogo y sus lugartenientes: una jamelga con horrible peinado ochentero y un mocoso abofeteable.
Por otro lado, la corporación de las tinieblas, la O.C.P., intenta buscar a través de una científica loca y calientabraguetas, un recambio más dócil y menos humano a Robocop para que limpie la ciudad de chusma y poder realizar el proyecto de Nuevo Detroit que ya vimos en la primera parte. Ambas subtramas confluyen y se monta la de Dios es Cristo.

Kershner tuvo el acierto de mantener las dos grandes bazas de su predecesora, la violencia y el sarcasmo. Por desgracia repetir un guiso tan fuerte no es para todos los estómagos y el intento de llevarlo más allá lleva a la cinta a hacer la violencia más cruda y la sátira más absurda sin que aporte nada. El viejo truco de poner más distorsión en las guitarras para aparentar que se es más malote y más radical que en el anterior disco rara vez funciona. Aquí no lo logró, pero el buen hacer de Irvin Kershner consigue, al menos, hacer digerible las partes más excesivas y tontas de un guión de Frank Miller que fue retocado por ser considerado imposible de rodar.


Generalmente una de las grandes ventajas de las secuelas es no tener que presenciar el origen del superhéroe, cómo la araña muerde a Peter Parker o matan a la familia de Frank Castle. Aquí sin embargo es más bien una desventaja; el descubrimiento de Robocop de quién fue antes de ser un cyborg y los pasos hasta volver a ser Murphy y aceptar su nueva situación quedan aquí relegados a una escena con su viuda que el montaje se encarga de despachar a la velocidad del rayo. En esta entrega, Robocop involuciona, es más máquina de matar y menos persona; la prueba es que para darle cierto tono humano recurren al pequeño Timmy muriendo en sus brazos con el no me dejes morir sólo, ojalá hubieras sido mi papá de turno. Ridículo.
Algunos personajes incluso cambian de registro con su predecesora, como el presidente de la O.C.P. o la viuda de Murphy, suponemos que... porque sí. En cuanto al villano, tan importante o más que el héroe en toda cinta de acción que se precie, no le llega a la altura del betún a Clarence Boddicker ni a Dick Jones. Eso sí, que se llame Cain queda muy chulo.

Tan regularera como su bagaje en taquilla, consiguió beneficios de sobras en el mercado de vídeo doméstico como para engendrar una tercera entrega de la que con buen tino se descabalgó Peter Weller.


Nota: 5,5


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