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Por Juanjo Baquedano

Pronto se cumplirán 25 años de la aparición del segundo álbum de los norteamericanos Beastie Boys. Un disco que fue vital para el devenir de los de Brooklyn. Unos meses cruciales de trabajo con los Dust Brothers que desembocaron en aquel julio del 89 en un trabajo en los que nuestros tres raperos judíos favoritos se jugaron su futuro en un triple salto mortal, creando un disco que, a pesar de ser considerado casi un fracaso en el momento de su lanzamiento, el tiempo no ha hecho más que confirmar como una de sus obras cumbres.

1984- 1987: Todo había ido demasiado rápido.

Nuestros tres protagonistas: Adam Yauch (M.C.A.), Adam Horovitz (King-Ad-Rock, o  Ad-Rock, a secas) y Mike Diamond (Mike D.) habían pasado en escasos tres años de formar una banda amateur de Hardcore (junto a la Luscious Jackson Kate Schellenbach) a ser una de las referencias mundiales del Rap. Su fichaje en 1984 por el sello Def Jam Recordings, regentado por Rick Rubin, les iba a catapultar a la fama y el éxito, convirtiéndoles en estrellas del género y haciendo masivo el éxito del incipiente género del Rap entre los jóvenes de raza blanca y ganándose el respeto de los negros. Resulta que los blancos también la sabían meter.

Sin apenas material grabado tras su reconversión del Hardcore al naciente Rap (y el abandono de Kate) fueron enrolados por Madonna como teloneros para su gira de “Like a Virgin”. Eso fue en la primavera de 1985. Los tres mocosos de Brooklyn supieron aprovechar su oportunidad sembrando de descaro y macarrismo allá por donde pasaron. Más tarde ese año, llegaría el que sería su primer single, “She’s on it”, en el que nos dejaban claro cuáles eran sus preocupaciones juveniles: Chicas calientes, cerveza fría y mucha fiesta.

Y llegó 1986 y con él su disco de estreno: “License to Ill”. A lomos de la MTV entraron en las casas de todo un ejército de chavales que veían en ellos el sueño americano de todo adolescente: Tres jóvenes blancos rapeando sobre la fiesta sin límite montados sobre unos ritmos monolíticos, scratchs secos y unos riffs de guitarra usurpados al Hard Rock. El cocktail perfecto.

En poco más de un año habían logrado vender más de cuatro millones de discos y colocar “License to Ill” como el primer disco de Rap que llega a número 1 del Billboard. La gira fue legendaria, casi 130 conciertos por territorio norteamericano además de veintitantos conciertos más allá de sus mares. Una gira que les situó en primera línea mundial, pero que también les colocó en el disparadero, con numerosas críticas a su misoginia, su ordinariez, su propuesta vacía de contenido. Les catalogaban además, de ser meros títeres de Rick Rubin, con el que comenzaban a tener alguna que otra diferencia importante por los crecientes Royalties. Se habían convertido en una gallina de los huevos de oro de tres cabezas a la que Rubin pretendía seguir exprimiendo. Finalizando el año 87 y, a pesar de unas ya más que conocidas malas relaciones, el barbudo Rick anunció a bombo y platillo que los tres jóvenes se meterían nada más acabar dicho tour a grabar el que sería su segundo álbum. Ese anuncio infundado, que solo buscaba comprometerles públicamente, fue la espita que hizo saltar su relación contractual por los aires, produciéndose entonces un cruce de demandas en el juzgado. Nuestros chicos por los royalties que reclamaban y Rubin por incumplimiento de contrato. Una historia como tantas en este alocado mundo del Rock: Unos jóvenes que han surfeado la ola y se asoman al abismo de su propio hype enfrentados al manager que quiere seguir comandando su futuro.  Eso nos sitúa en octubre de 1987. Momento de crisis y de ruptura.

1988: El exilio californiano. Los cimientos de Paul´s Boutique.

Para escapar del agobio de la prensa e intentar enfriar las ideas mientras sus abogados llegaban a algún término buscan llenar su tiempo con otras actividades artísticas: Mike D y M.C.A. se enrolan en diferentes bandas musicales mientras Ad Rock prueba suerte en el mundo del cine. En febrero de 1988 oficializan su ruptura con Def Jam y anuncian públicamente su contrato con Capitol Records, sello cuyos cuarteles generales están en Los Angeles. California les espera.

En esta época entrarán en escena unos tipos imprescindibles  para la gestación de Paul’s Boutique y por ende en el futuro de la carrera de los Beastie Boys:  Matt Dike y la dupla Mike Simpson- John King (los reputados productores The Dust Brothers). También aparece Mario Caldato Jr, que se convertiría desde entonces en su mano derecha. Casi por derecho el quinto Beastie, si tenemos en cuenta a los dos DJs con que trabajaron: DJ Hurricane y Mix Master Mike.

A través del sello, Matt Dike (originalmente miembro de los Dust Brothers) les hace llegar una demo con varias pistas de música en las que los Dust Brothers están trabajando. Los de BrookIyn enloquecen y cruzan el país para reunirse con ellos. Esa demo les resulta reveladora, trae un sonido nuevo, una nueva pócima, una droga aún más dura. Sin duda los Dust Brothers saben sacar partido al sampler. No se limitaban a usar un riff de guitarra o un loop de batería, disponían sonidos a su antojo en una batidora sónica de nuevo cuño. Mike D y M.C.A. hacen de avanzadilla y se instalan temporalmente en LA a la espera de que Ad-Rock se incorpore. Se les nota entusiasmados después de unos meses llenos de incertidumbre.

La conexión con los Dust Brothers es inmediata. Musicalmente son una bocanada de aire fresco para nuestros chicos, su modo de entender el Hip Hop va mucho más allá del género. No se dedicaban como el 90% restante de los DJs a seguir usurpando beats a James Brown. En el baúl de los Dust Brothers cabía de todo: Rock, Psicodelia, Pop, Electro, Funk y Soul. Eran locos científicos de laboratorio al servicio de unos pacientes que se pusieron inmediatamente en sus manos.

Pero no hemos de pensar que la vida de los Beasties en California no se redujo a vivir de fiesta en fiesta mientras les hacen el trabajo sucio. Sí, había fiestas -no olvidemos que contaban con poco más de veinte años y se podría decir que ya eran ricos- pero para ellos la música lo era todo y estaban totalmente comprometidos con el proyecto. Por ello alquilaron un chalet donde centralizar ocio y trabajo, al que llamaron con su particular sentido del humor “The G-Spot”( El Punto G). Esa base secreta en las colinas de Hollywood era un hervidero de gente e ideas durante aquellos meses de 1988 y 1989. Las ideas salían en cualquier parte, en medio de una barbacoa, dando una vuelta en coche o escuchando en una vieja canción de la radio. Se cuenta que M.C.A. se recorrió durante semanas todas las tiendas de discos de segunda mano de LA buscando la banda sonora de una vieja película de los 70 de Brian de Palma con Robert de Niro para saber si cierta música incidental que sonaba en una escena estaba editada y poder samplearla.

Julio de 1989: La publicación del álbum

Los Beastie Boys habían trabajado duro con los Dust Brothers al comando para ofrecer ahora al mundo un puñado de canciones nuevas. Los medios norteamericanos estaban expectantes, todo el mundo quería conocer el nuevo material de esos chicos que habían agitado el panorama musical hace escasamente 3 años.

Capitol Records lo puso todo de su parte, al fin y al cabo no tenían un caballo ganador, sino tres. Se montó una fiesta por todo lo alto para ofrecer al mundo sus nuevas canciones. Los Beastie Boys iban a comerse aquel 1989. Pero poco a poco el recibimiento del público no fue el esperado, las ventas no estaban siendo las deseadas por la compañía. El primer single, “Hey Ladies” apenas llegó al número 36 en las listas. Las intenciones iniciales de apoyar la promoción del disco con un tour por el país se fueron desvaneciendo por las escasas ventas que echaron para atrás a los ejecutivos del sello, con lo que se cerró el año 89 con apenas 5 conciertos y medio millón de copias, escaso botín a los ojos de Capitol Records.
 
¿Qué habría fallado? Eran los mismos chicos con sus rimas ágiles, con una propuesta musical quizás diferente, pero igual de efervescente. Paradójicamente quizás fuera ese el problema. Se adelantaron a su tiempo, o tal vez se apartaron de la corriente general que ya apuntaba hacia el Gangsta Rap.

Las entrañas de Paul’s Boutique. El legado.

¿Entonces por qué hemos de considerar Paul’s Boutique como un trabajo tan determinante? Porque el salto evolutivo que supuso este álbum fue descomunal. Un pequeño paso para tres hombres, pero un gran paso para el Hip Hop. Fue la elevación del sampler a la máxima expresión conocida en su época. No había música que no tuviera hueco en ese melting pot, todo era susceptible de ser remezclado. Hoy en día sigue sonando igual de fresco y vibrante.

En Paul’s Boutique encontraremos pues una puerta a un mundo nuevo, un disco con múltiples capas de sonido. Cada canción incluye tal riqueza de samplers, que hace de su escucha casi un viaje iniciático y merece ser destripado para conocer su real dimensión:

Tras el redoble inicial de “Shake Your Rump”  aparece Sly And The Family Stone cruzado con Sugarhill Gang y una serie de elementos del Jazz más Groove de los 70. Para “Johnny Ryall” usan elementos totalmente alejados del Hip- Hop como Paul McCartney o Pink Floyd o ese one hit wonder de Jean Wright, “Mr Big Stuff”. En otro de los puntales del disco, “Egg Man”, cohabitan el “Superfly” de Curtis Mayfield con el “Dance to the Music” de Sly Stone, trazas de Chuck D y hasta la música de la escena de la bañera de Psicosis a cargo de Bernard Hermann. En “High Plains Drifter” encontramos uno de los cortes más License to Ill del disco: caja de ritmo seca, pulso grave. Para armar la canción tiran de bandas tan aparentemente alejadas como Eagles o The Band. A mitad de “The Sound of Science” aparece uno de los fragmentos más celebrados del disco: la inclusión de la versión reprise del “Sgt. Peppers” de los Beatles. Para el apoteosis festivo de “Hey Ladies” usurpan “Machine Gun” de The Commodores (haciéndolo ya eternamente suyo) y los timbales y cencerros del “Come Let Me Love You” de Jeanette Day. En la única incursión clara en el Hard Rock, “Looking Down The Barrel Of A Gun”, crean un muro de sonido sobre la batería de la canción “Last bongo in Belgium” del combo Jazz Rock The Incredible Bongo Band. Utilizan también fragmentos del “Time” de Pink Floyd  y el “Mississippi Queen” de Mountain. En esta canción además, escucharemos a Ad Rock y M.C.A. tocando guitarra y bajo, hecho que no sucedía desde sus años en el hardcore más puro. En “Car Thief” encontraremos a los Jackson Five cruzados con Donovan y en “What Comes Around” aparecerán de nuevo Led Zeppelin y Alice Cooper.“Shadrach” es otro de los cortes más inspirados y recordados del disco, una gloriosa explosión funk. Aquí Sly Stone y James Brown conviven con perlas olvidadas del funk como Ballin’ Jack, Trouble Funk  o Rose Royce y ramalazos de rock a cargo de AC/DC o Black Oak Arkansas, cuya batería se convierte en el andamio del tema. La despedida del disco, “B-Boy Bouillabaise”, es casi como remontar el Nilo en busca de las Minas del Rey Salomón. En sus 12 minutos encontraremos concentrado el espíritu bastardo y vampírico de Paul’s Boutique: Johnny Cash, The Isley Brothers, Jimi Hendrix, The Crusaders, Led Zeppelin, Sweet, Chic, Malcolm Mclaren o Kool and the Gang. Todo cabía en la Boutique de Paul.


Paul’s Boutique
no cayó en saco roto. Podemos recoger sus influencias en multitud de artistas de los años venideros: Del “Odelay” de Beck (también producido por los Dust Brothers) a la manera desprejuiciada de entender la electrónica y el Hip Hop de gente como Chemical Brothers, Fatboy Slim o DJ Shadow. Incluso podríamos aventurarnos a decir que gran cantidad de sonidos aquí reivindicados provenientes de oscuras bandas de funk fueron la antesala del movimiento revivalista del Acid Jazz de mediados de los 90.

En 1992 llegaría el tercer trabajo de los Beastie Boys, Check Your Head, en el que además de seguir usando el estudio como un laboratorio de pruebas, recuperaron los instrumentos orgánicos que habían semienterrado en 1984 (Mike D a la batería, MCA al bajo y Ad Rock a la guitarra), para seguir ampliando su universo musical y aumentar su leyenda. Una leyenda que no hubiera sido nunca posible sin la publicación aquel ya lejano año 1989 de este prodigioso Paul’s Boutique.