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Por Ivanckaroo Banzai

… y además comen pescado crudo

En una época feliz e inocente donde en términos infantiles lo más pícaro era ver a Goku palparle las bragas a Bulma porque no sabía lo que era una chica, donde los preadolescentes exclamaban “¡haaaala, chavaaaal!” viendo al caballero de bronce del dragón suicidarse del modo más cafre posible para hacerle un rasguño al malo de turno o donde el colmo de la animación realista era ver a Óliver y Benji romper las leyes físicas del espacio y el tiempo, el estreno de Akira en canal plus supuso la pérdida de la virginidad de toda una generación. No digo que aquellos que vieron Akira en aquel entonces alcanzaran la iluminación espiritual, ni que se convirtieran en adultos con mirada de los mil kilómetros, pero desde luego el impacto fue tremendo.
Unos dibujos animados en los que unos pandilleros asaltan a una chica, hay muertes masivas sanguinolentas, violencia explícita, golpe de estado y escenas de auténtica pesadilla no eran concebibles; no podía ser; los dibujos eran para niños, incluso los más bestias. Akira nos abrió los ojos. Por suerte llegó a estas latitudes antes que Urotsukidoji, que nos habría frito los sesos definitivamente.

En un futuro postapocalíptico (que ya hemos pasado a día de hoy sobradamente) la reconstruída Tokyo es una urbe infecta, fiel reflejo de una humanidad en decadencia. Una banda de canis autóctonos se enzarza en una pelea sobre motos con los chungos de otro barrio y uno de los personajes, Tetsuo, acaba accidentado por culpa de una especie de niño anciano que se encuentra en medio de la calle. Aparece el ejército, se llevan a Benjamin Button y a Tetsuo, con el que harán una serie de experimentos para dar un salto evolutivo a una humanidad enfrascada en una voraz carrera por la autodestrucción. Tetsuo, aparte de mal estudiante y pandillero, es yonqui, cobardica, envidioso y más tonto que pichote. Por supuesto los científicos de turno no usan aquello del perfil psicólogico e incluso se pasan claramente el sentido común por donde cubren los calzoncillos y convierten (a propósito) a nuestro macarra favorito en un sociópata sádico con superpoderes. Uno puede imaginárselos en la facultad investigando la capacidad de los chimpancés para diferenciar formas geométricas dándoles granadas de mano y cartuchos de dinamita. Es sorprendente cómo el mundo del cine insiste en convertir a gente con estudios en peligrosos e insistentes idiotas; Prometheus o Deep Blue Sea son otros ejemplos.

Dirigida en 1.988 por el autor del manga en que se basa, Akira fue toda una revolución tanto a nivel de repercusión fuera de tierras niponas como en su producción. Costó un auténtico dineral, las voces se grabaron antes de que se hicieran las animaciones y se usó una paleta tan amplia que tuvieron que inventar colores nuevos. Pero si en algo destaca la película es en su nula capacidad de síntesis.
El manga es una colosal obra cyberpunk con mucha acción, muchos personajes, muchas cosas que pasan y sobre todo mucha metafísica y trascendentalismo. La película condensa apenas la mitad de la obra y aún así no llega. Desde luego es complicado que se entiendan ciertas cosas si ya en el manga resultaban confusas: hay páginas y páginas de personajes intentando que los demás entiendan conceptos muy abstractos sobre el poder de la mente, la energía, la evolución, la ciencia o el espíritu santo; y más páginas a su vez de estos segundos personajes explicando a terceros a base de metáforas ininteligibles lo que creen que han entendido del primero. Un caos. La película pasa por encima de todo eso en apenas una escena con una desgana sorprendente. Imagínense que en párvulos les hubieran explicado la ley de la gravedad con “un neutrino se cae sobre un protón y como el protón pesa más que el neutrino.. ¡Bum! ¡Magia!”. Así no hay quien se aclare y da la sensación de que el guión duda entre si quiere que el espectador vea cierta verosimilitud en el mundo de Akira o que por el contrario lo acepte como un mundo fantástico tipo Tierra Media. Con decirles que el final del manga se lo inspiró una charla con Jodorowski, pueden hacerse una idea del batuburrillo.

A pesar de ser muy exigente con el espectador en ciertos tramos, no deja de ser una película de ciencia-ficción que se disfruta tanto en su factura técnica visual como en su banda sonora, extraña y desasosegante a rabiar.
Otomo en la dirección no falla a la hora de plasmar su propia obra, aunque escribiendo el guión es probable que más de una vez acabara de madrugada a cabezazos con la máquina de escribir, intentando concentrar 50 páginas del manga sobre la espiritualidad catalítica de la materia en apenas dos frases.
Los personajes están construidos de una manera realista con sus celos, miedos, manías, dudas… tienen personalidades bien diferenciadas sin llegar ni de lejos al estereotipo salvo en el caso de los personajes centrales, Kaneda y Tetsuo, que parece que en cualquier momento se vayan a ir a un motel para decidir entre las sábanas quién es el activo y quién es el pasivo de lo empeñados que están en ser el que manda sobre el otro.

Obligatoria de ver aunque solo sea para entender su influencia en la ciencia ficción contemporánea y la expansión de la cultura japonesa por el mundo.

Nota: 8