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FULCI LIVES!

Por Gerard Casau

Como aquellos grupos que ven engrosar su grupo de fans tras separarse, la consideración del cine de Lucio Fulci ha mejorado exponencialmente desde su muerte en 1996. Un cambio de actitud que nos lleva desde las suspicacias que provocó el homenaje que le dedicó en 1995 el Festival de Cine Fantástico de Sitges hasta el cartel de sold out que el concierto Frizzi 2 Fulci (donde Fabio Frizzi repasó sus bandas sonoras para el director) colgó en la londinense London Chapel el pasado Halloween. Por desgracia, y a diferencia de los Pixies o Slint, Lucio Fulci no puede volver de entre los muertos para saborear las mieles del éxito tardío. Quizás por ese motivo, sus seguidores han adoptado el entusiasta lema Fulci Lives! para manifestar el escalofrío que todavía provocan sus mejores películas.

Pero… ¿Qué tiene la filmografía de Fulci para resultar tan atractiva? A diferencia de Dario Argento, la trayectoria del cineasta romano nunca tuvo una voluntad autoral explícita, formándose como un profesional todoterreno igualmente capaz de facturar comedia y spaguetti western, hasta especializarse en el fantástico en el tramo final de su carrera. Fue entonces cuando su mirada encontró, finalmente, un fértil terreno sobre el que sembrar bombas de irracionalidad. Bajo la apariencia de productos mercenarios y charcuteros, los filmes de Fulci aprovechan la precariedad de su presupuesto argumental para sabotear la verosimilitud de lo narrado y abocarse a la locura, con la (mal)sana intención de dañar el ojo del espectador. Por eso en sus películas la violencia alcanza un barroquismo demente, estirando los planos más allá de lo recomendable para regodearse en la herida purulenta, el pezón seccionado y el estallido del globo ocular. El cuerpo humano se convierte en un campo de batalla que acuchillar y trocear con un ensañamiento parejo a la voluntad del director por exhibir el absurdo del relato. Todas las puertas se abren a una concepción del terror que, al no estar constreñida por la lógica, se apodera de las imágenes con una autoridad pavorosa. Resulta vano tratar de escapar al horror que nos rodea, parece indicarnos Fulci; y algo parecido podría decirse de su cine, una trampa a la que entramos esperando una lúdica ración de sustos y hemoglobina, y que termina atrapándonos una y otra vez en su tosco miserabilismo.

Os dejamos con una selección de nuestras Fulci-películas preferidas, todas ellas elegidas por un buen número de grandes amigos y compañeros de distintas webs conocidas -o que deberíais conocer-.
Disfrutad… o no.

BEATRICE CENCI (Italia, 1969)
Seleccionada por Javier Ludeña (Revista Fantastique)

Estupro es el apelativo legal dado a la violencia sexual ejercida contra menores de edad. Si a ello sumas violación, incesto, tortura y parricidio, obtienes una buena colección de horrores, y eso que ésta no es una película de terror.  Beatrice Cenci es un sórdido drama de época basado en un personaje histórico, con el que Lucio Fulci deja sentadas las bases de su posterior inclinación e inconmensurable talento para abordar lo escabroso. Confirma así mismo, para los cinéfilos decididos a bucear en su filmografía temprana, que lo del gore le vino por época, pero que el Maestro de Roma no lo necesitaba para inocular en el espectador auténtica e inequívoca incomodidad. Se podría pensar que la atmósfera de Beatrice Cenci anticipa la que será marca estilística habitual del giallo de los 70, pero en realidad más que con el giallo, los hallazgos de este film son una premonición de Fulci mismo, de sus climas, su onirismo y su sadismo psicologista. A pesar de todos los problemas que le acarreó con la censura debido a su anticlericalismo, y a que durante años fue una obra muy difícil de ver, ésta era la película de la que su director se sintió siempre más orgulloso, la más personal.

UNA LAGARTIJA CON PIEL DE MUJER (Una lucertola con la pelle di donna, Italia, 1971)
Seleccionada por Daniel García (FilmBunker)

En su segundo y sin duda más ambicioso giallo, Lucio Fulci usa los estertores del Swinging London como telón de fondo para contar la historia de Carol, una mujer de clase alta obsesionada por las extrañas imágenes de orgías hippies que pueblan sus sueños. Un asesinato ocurrido durante una de estas bacanales da pie a una rocambolesca trama de suspense llena de falsas pistas y giros narrativos inesperados, adornada por sueños recurrentes y elementos psicodélicos. La originalidad de Una lagartija con piel de mujer con respecto a otros giallos radica en que las obligatorias dosis de sexo y violencia se nos muestran a través de las sesiones de psicoanálisis de la protagonista y las visiones lisérgicas de algunos personajes, por lo que nunca sabemos si han ocurrido realmente o son imaginaciones. Fulci no sólo fuerza la máquina con la intricada narración, sino que además realiza un vertiginoso ejercicio de estilo en el que se sirve de perturbadoras imágenes oníricas y elaboradísimas escenas de tensión para poner a prueba los nervios del espectador.

ANGUSTIA DE SILENCIO (Non si sevizia un paperino, Italia, 1972)
Seleccionada por Gerard Casau (NumeroCero, RockDeluxe)

Durante un tiempo, Angustia de silencio pareció ocupar una posición de dark horse en la filmografía de Lucio Fulci. Emparedada entre sus gialli y la bacanal gore de sus futuras incursiones en el fantástico, este thriller rural corría el riesgo de quedar eclipsado por las delicias de Nueva York bajo el terror de los zombi o Aquella casa al lado del cementerio. Afortunadamente, los connoiseurs de la obra fulciana se encargaron de señalarlo como uno de sus títulos más sólidos, poseedor de un clima abrasador (se trata de una obra fundamentalmente diurna, solar), y que desde el primer minuto hace evidente su intención de tratar con la idea de la corrupción de los inocentes (con una desnudísima Barbara Bouchet seduciendo burlonamente a un niño). Tomando como escenario un pueblo del sur de Italia, Fulci arroja acido sobre la mentalidad opresiva y conservadora de sus habitantes, desplegando una furiosa e inesperada violencia que tiene su cumbre en el asesinato de Florinda Bolkan, desdichada falsa culpable cuya piel es arrancada con cadenas (un evidente anticipo del prologo de El más allá) mientras en la radio suena una canción de Ornella Vanoni. Su hermosa voz y la música de Riz Ortolani serán los únicos remansos bucólicos que eleven el pesimismo que exudan las imágenes de la película.

NUEVA YORK BAJO EL TERROR DE LOS ZOMBIES (Zombi 2, Italia, 1979)
Seleccionada por Iván Fanlo

Un barco velero va a la deriva por la bahía de Nueva York, muy cerca ya del puente de Brooklyn, mientras una patrulla de la policía se aproxima al bote para ver que puede suceder.  Este comienzo, junto con un maravilloso final de película, son las dos única razones por las que el impactante título del film de Lucio Fulci tiene algo de sentido. Así que no os esperéis una horda de zombies comiendo tripas por la gran manzana, la acción se desarrollará en una isla tropical (como buena peli italiana que es). Avisados estáis.
Lucio Fulci gestó esta explotation a rebufo del Amanecer de los muertos de Romero, en la que -más o menos y a su modo- nos intenta contar el origen de estos zombies romeriles, que en este caso serán obra y gracia del vudú. Todo esto le sirve de excusa al director italiano para mostrarnos un catálogo de escenas clave en la historia del cine gore (como esa confrontación, bajo el agua, tiburón vs. zombie o la escenita en primer plano de la astilla y el ojo -¡Ouch!-) intercaladas dentro de un ritmo lento, enfermizo y putrefacto, como la propia isla, la cual va muriendo poco a poco ante los ojos del espectador.
Como primera toma de contacto con el cine de Fulci, Nueva York bajo el terror de los zombies es una sabia elección, además de representar un punto y seguido en su carrera, ya que su trayectoria giraría hacia films más oníricos y personales.

MIEDO EN LA CIUDAD DE LOS MUERTOS VIVIENTES (Paura nella città dei morti viventi, Italia, 1980)
Seleccionada por David Álvarez (@djanguez)

Miedo en la ciudad de los muertos vivientes marca un punto de inflexión en la filmografía de Lucio Fulci. Sus películas anteriores habían sido más o menos académicas, respetando las normas del cine narrativo convencional, pero a partir de esta cinta (primera parte de la trilogía sobre Las Puertas del Infierno) el tema se va de madre: no hay una causalidad en la historia, se suceden los cortes bruscos en pleno clímax de las escenas de acción que dan paso a otras escenas completamente triviales, la historia adolece de un ritmo irregular que viene y va, los personajes son absurdos y extremadamente planos, hay relaciones inconexas entre ellos… Y a pesar de todo ello Miedo en la ciudad de los muertos vivientes funciona. De una manera muy particular, Fulci se olvida intencionadamente de la trama y se centra en la puesta en escena. Maneja varios ingredientes. Esa fragilidad narrativa de la que hablamos hace que el director romano consiga crear atmósferas enrarecidas, en las que el espectador no sabe muy bien dónde agarrarse. Todo es extrañamente malrrollero: los actores, las luces, las sombras, el ambiente vaporoso de ese pueblo lovecraftiano… Hasta los efectos de sonido, que parecen sacados de un cd de Halloween comprado en los chinos, funcionan. Hablando de sonido: caben destacar las melodías sintéticas compuestas por Fabio Frizzi sobre una base electrónica (tan del gusto en aquella época), que parecen pronosticar el fin del mundo a manos de los muertos vivientes. La presencia de éstos da rienda suelta a la desenfrenada afición de Fulci por el gore más salvaje, excesivo incluso para su época (impresionante la chica vomitando sus intestinos, el asesinato del pajero Bob con una taladradora atravesándole el cráneo…). Pero, sobre todo, el ingrediente estrella es la maestría a la hora de crear tensión que muchos quisieran y que Fulci maneja con precisión de cirujano (la escena en la que el periodista salva a la médium enterrada debería mostrarse en todas las escuelas de cine). El resultado final es inquietante, donde por supuesto, lo más extraño de todo se reserva para el final: ese último plano con los protagonistas aterrados viendo al niño aproximarse hacia ellos. ¿El niño se ha convertido en un zombie? ¿Tienen miedo de tener que hacerse cargo de él, ahora que se ha quedado sin familia?
“¿Y a quién le importa?”, debió de pensar Fulci.

AQUELLA CASA AL LADO DEL CEMENTERIO (Quella villa accanto al cimitero, 1981)
Seleccionada por Paco Latorre

La extinta cadena de videoclubs Blockbuster tenía como regla no dejar alquilar películas cuya calificación fuese no recomendada para menores de 18 años a-evidentemente-  los menores de edad. En su momento pensé que esto se debía a un celo excesivo o a una política de empresa maoísta, pero rumores posteriores acerca de una supuesta pertenencia de la cadena al Opus Dei o similar ejército bautismal daban más sentido a la práctica. Viene esto a que en la época en la que comenzó  mi idilio con Lucio Fulci el Blockbuster de Antic Regne de València poseía una copia en vhs vetusta y antiestética de El más allá a la que tuve acceso vía un amigo -esta vez sí- mayor de edad. De ahí a contactar mediante terceros con un pernicioso sujeto (saludos, Oscarín) que poseía una envidiable colección de terror y gore fueron los pasos requeridos en una época donde internet estaba en pañales y la arqueología era meridiana en el entusiasmo.
En fin, no nos pongamos nostálgicos -porque lo hago-, más que nada porque al cine de Fulci la nostalgia le hace flaco favor. Es con Aquella casa al lado del cementerio donde uno cayó rendido sin bandera blanca a ese maremágnum de genio -del de verdad- y estupor ridículo (Freudstein se llamaba el doctor/zombi/psicópata de la peli, ¡con un par Lucio!) propio de un cine tan juguetón y terrorífico en bruto y a lo bruto. Favorito del fandom y la testosterona por ser un exagerao, a Fulci se le niegan muchas veces la lentejas porque los que sabe de cine -o de técnica cinematográfica, que no sé si es lo mismo- dicen que es malo con avaricia. Pero aquellos que mirábamos debajo de la cama primero, nos regocijábamos con las tripas más tarde, y hemos acabado pillándole el gusto a eso tan peligroso y difícil de la sugestión sabemos que Aquella casa al lado del cementerio es pesadilla fina. Por no hablar de la de veces que han fusilado al tipo de la carátula en otras de similares menesteres.

EL MÁS ALLÁ (L’aldilà, Italia, 1981)
Seleccionada por Álex García (FilmBunker)

Según arranca El más allá con ese flashback monocromático (¡amarillo!) de masa enfurecida con antorchas, me deprimo. ¿Estoy preparado para el tedio? Paciencia, me digo. Algún motivo habrá para que L’Aldilà sea una obra de culto. Al son de un piano siniestro y repetitivo hasta la ¿pretendida? crispación, las escenas se suceden como malas excusas para el exhibicionismo gore de pote y burbuja, alcanzando en ese sentido momentos memorables (todo un festival de ojos abandonando sus cuencas) pero sin rumbo definido más allá del hilo central: una mujer abre accidentalmente una puerta al más allá por la que se colará toda una legión de no-muertos. Uno se pregunta, según avanza la trama, si el producto final es una ensoñación metafísica sublime, o el resultado de un montaje torpe y desmadejado de un metraje sin sentido. El carrusel surrealista del film alcanza momentos insólitos, como la escena de las tarántulas comiéndose la cara de un pobre diablo en una sucesión de macros que se acercan peligrosamente al porno-gore más estrambótico. Y claro, tampoco falta la proverbial manada de zombis, que era lo que se esperaba de Fulci y lo que se estilaba en la época. El final de la película quizá sea lo mejor; una dramática e inopinada entrada en el purgatorio, un paisaje desolador y la entrega de las almas de los protagonistas a la oscuridad sin fin del más allá; una ominosa apoteosis invertida, con voz en off de ultratumba incluida. Al final, resulta que todo esto merecía mucho la pena.

EL DESTRIPADOR DE NUEVA YORK (Lo squartatore di New York, Italia, 1982)
Seleccionada por Oscar Sueiro (El Pájaro Burlón)

Atendiendo a una petición coral de mis amigos de Cine y otras drogas, recibo el encargo de escribir sobre alguna de las películas de Lucio Fulci, y cómo fui de los primeros en reaccionar, pude escoger mi favorita. Aunque por mi carácter fanático del género lo más normal hubiera sido escoger El más allá o Aquella casa al lado del cementerio, El destripador de Nueva York me parece la más completa, y no es cosa de un recuerdo enturbiado por el tiempo, porque como hace doce años que la vi, este domingo hice un ciclo monográfico y volví a ver las tres, y de propina, Miedo en la ciudad de los muertos vivientes. Para esta noble labor, desempolvé mis viejos vhs, afortunadamente versión uncut –concretamente este film sufrió considerablemente la tijera censora- y con el formato 2:35:1 sin mutilar.
Con esta puesta al día considero más justo reafirmar The New York ripper como su mejor obra –siempre teniendo en cuenta que sólo he visto 8 (las oficialmente mejores) de sus 56 películas. Más allá de la subjetividad, gracias a mi profesión (operador de cámara con pinitos en la dirección de fotografía, técnico y profesor de narrativa cinematográfica), me atrevo a afirmar que es la que mejor rodada está. Juega con las claves del Giallo con una maestría superior a lo habitual, y como ejemplo, el ataque dentro de la ensoñación que sufre la protagonista en la sala de cine; el icónico uso del plano subjetivo está elevado a su máxima expresión, y unos cortes de navaja realmente certeros y dolientes. Fulci acostumbraba a jugar con el dominio de la profundidad de campo, pero nunca había movido la cámara con esa destreza y soltura.
La truculencia en las secuencias de asesinato rodadas por el director romano ya era marca de la casa, pero en esta ocasión, gracias quizás a su director de fotografía, Luigi Kuveiller –que también fotografió Rojo oscuro, de Dario Argento-, están dotadas de cierta elegancia. Pero que esto no lleve a confusión, el ambiente es sórdido y sexualmente un tanto retorcido, acorde con el relato, con la persecución de un psicokiller que hace llamadas de teléfono desafiantes ¡con la voz del Pato Donald! WTF! (al final se da una explicación, pero no deja de ser bastante penoso el detalle).
Anécdotas aparte, este largometraje funciona muy bien, y si tuviera que mejorar algo, sería solamente la banda sonora, anti-climática la mayor parte del tiempo y metida a hachazos. Aun con eso, uno de los mejores Giallos de la historia, con el permiso de Mario Bava y Dario Argento.

MANHATTAN BABY (Italia, 1982)
Seleccionada por Toni Junyent (La Paz Mundial)

Me suelen gustar los finales de las películas de Fulci porque a menudo son abruptos y desesperanzadores. Y el de Manhattan Baby, el filme que el cineasta italiano rodó inmediatamente después de terminar El destripador de Nueva York, no disimula su tesis: el Mal es endémico y estamos condenados a seguir topándonos con él (¿él o ello?). El Mal, aquí, está simbolizado por un ojo, y los planos de ojos cegados ante lo atroz, lo incomprensible, ante los resplandores, son uno de los motivos recurrentes de una película que Fulci, dicen, rodó de mala gana tras romper con su productor, Fabrizio de Angelis. La maldición egipcia que articula la trama no importa mucho; el director de Angustia de silencio se sirve de ella para enhebrar una sucesión de escenas sobrenaturales que oscilan entre lo inquietante y lo absurdo. Además de la persistencia del Mal, hay otra cosa innegable respecto a Manhattan Baby: la desaparición del periodista chistoso es antológica.

AENIGMA (Italia, 1987)
Seleccionada por Javier Valencia (El Pájaro Burlón)

La etapa final de la carrera de Lucio Fulci no suele estar muy bien considerada ni tan solo entre los seguidores más acérrimos del fantástico, y lo cierto es que pareció haber perdido parte del brío que había logrado mantener a lo largo de su carrera (con altibajos, eso si) hasta mediados de los 80. Aenigma llega tarde (tanto si se la considera una explotación de Carrie, como de Patrick, como de Suspiria, que lo es de las tres indisimuladamente) y mal (rodada con un presupuesto bajísimo en Yugoslavia con desconocidos interpretes locales), y como obra no se la puede justificar de ninguna manera. Pero si dispone de escenas concretas que logran sacarla de la mediocridad en la que habita aunque sea muy puntualmente, ya sea en los alucinados momentos en los que el alma de Kathy -la pobre Carrie White de la historia-, que ha quedado en coma por culpa de una broma pesada de sus compañeras de internado flota por encima de la ciudad en busca de un cuerpo que ocupar (será el de Eva Gordon, la chica nueva protagonista real de la historia), ya sea en los momentos en los que Kathy/Eva lleva a cargo su venganza, incluyendo un momento que debería pasar a la historia del cine de terror de explotación por méritos propios: asfixia de una estudiante por medio de caracoles (tal cual lo leen).

BOLA EXTRA:

PAURA: LUCIO FULCIO REMEMBERED VOL. 1 (Mike Baronas, Kit Gavin, USA, 2008)
Seleccionada por Paco Latorre

Regalo sorpresa por parte de un buen amigo, el documental Lucio Fulci remembered vol. 1 (amenazan con un segundo) es cera que arde para completistas y poca cosa para aproximados. Si uno quiere empaparse de quién era Lucio Fulci, debe ver sus películas (como con todos los directores, vaya) y ver cómo se las gastaba el romano; pero para aquellos que caímos irredentos ante sus películas el documental ofrece una buena serie de anécdotas sobre alguien al que muy posiblemente se la traía bien fresca que le llamasen genio o misógino según el caso. De factura bastante limitada en la forma y quizás con demasiada paja, Lucio Fulci remebered vol. 1 sí es un material cuanto menos curioso para aquellos que hemos llevado una pegatina que rezaba Fulci Lives!! en la carpeta… y que deseamos volver a comprársela.

Gracias a todos los viejos amigos -y los nuevos- que han colaborado para que esta entrada sea posible: David Álvarez, Gerard Casau, Álex García, Dani García, Toni Junyent, Paco Latorre, Javier Ludeña, Oscar Sueiro, Javier Valencia; os queremos.