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Por Ivanckaroo Banzai

Anarchy in Kingston Falls

30 años han pasado ya del estreno de una película nacida 30 años más atrás, en los dorados 50, donde el miedo a lo nuclear y a lo rojo eran el pan de cada día. Son incontables la cantidad de películas de horror que surgieron de los rescoldos radiactivos sobre monstruos y criaturas mutadas dispuestos a destruir la humanidad; así mismo y de forma más directa, disfrutamos o sufrimos de los muchos subproductos de clase B sobre alienígenas o virus que quieren acabar con el estilo de vida americano, homogeneizando al ser humano en una colmena sin individualidades; ya saben, miedo al sóviet. Un tipo de cine al que Gremlins homenajea abiertamente, sin olvidar que se rodó nada menos que en el ecuador de la era Reagan, la era de los barrios chungos y el miedo a la inseguridad ciudadana por excelencia. Mientras que en U.S.A. tenían Class of 1.984 y sus secuelas, las cintas de Charles Bronson, Double Dragon, Final Fight, etc. aquí teníamos al encargado de los recreativos intentando echar a los quinquilleros robapagas de turno.

Hoyt Axton es un inventor de estupideces que incomprensiblemente no vive en la indigencia e incluso se permite regalar a su hijo por Navidad una criatura muy mona, la única de su especie, como mascota. Hay tres normas para cuidar del bicho que todos conocemos: Que no le de la luz, no darle de comer después de medianoche (aunque no dicen hasta qué hora, ni si se le pueda dar de comer en Canarias, que es una hora menos) y que no se moje (suponemos que bebe leche en polvo). Más delicado que la Gioconda.
Como el hijo es tan inútil como el padre, no tarda nada en echarle agua, el mostruíto se pone a dar a luz por la espalda y le salen unos hijos bastante cabroncetes a los que hincha a pollo frito de madrugada, que se lo pasan pipa destrozando la propiedad pública y privada, asustando viejas, montándola en bares… con un líder que lleva cresta (muy sutil todo). Una plaga de libertinaje que inunda las calles del pacífico pueblo tradicional americano.

Gremlins es una excelente propuesta de entretenimiento; siendo cierto que fue calificada para todos los públicos no deja de ser una comedia de terror con sus muertes y su gore, lo que provocó que se creara una nueva clasificación por edades ese mismo año para mayores de 13 primaveras. Teniendo en cuenta cómo son las asociaciones de padres y otros amantes del despotismo actual, hoy en día no permitirían verla a nadie menor de 34 años. Yo la vi en el cine teniendo unos 6 o 7 y les aseguro que ni sufro de terrores nocturnos, ni me ha dado por matar a nadie; la disfruté como el enano que era. Pero… ¿qué les voy a decir que no sepan ya? Todo el mundo la ha visto tantas veces que hasta ha perdido la cuenta.

Entrando en lo formal tenemos al trío Dante-Spielberg-Columbus dirigiendo, poniendo la pasta y escribiendo el libreto respectivamente con sus estilos habituales: mimo, oficio y ganas de hacer dinero. Una modesta producción de serie B con mucha imaginación, mucho morro y todos los clichés del género tan exitosa que engendró una entretenida secuela de la que también hablaremos en esta misma web. Los protagonistas principales, Zach Galligan y Phoebe Cates son basicamente one-hit wonders a los que se podría clasificar como los Luke y Leia de la serie B, aunque se conservan increiblemente bien y  por supuesto muchísimo mejor que los hijos de Darth Vader. También aparece por ahí el cachondo de Corey Feldman, que lleva en decadencia perpetua desde que pisó su primer plató.

Nota: 7