martes, 3 de junio de 2014

Crítica: The Raid 2 : Berandal

Por Daniel Romero



The Raid 2 : El padrino de las películas de hostias.

Clausura de la segunda edición de Nocturna, el Festival Internacional de Cine Fantástico de Madrid. Venimos de aplaudir a Dario Argento y de disfrutar de los primeros (y divertidos) minutos de Open Windows, lo próximo de Nacho Vigalondo. Tras una entrega de premios en la que triunfan las cintas La cueva y Wolf Creek 2, afloran los nervios. Quedan pocos minutos para que comience la proyección de The Raid 2, la esperada secuela de la película de acción indonesia del mismo título que sorprendió a los aficionados al género hace un par de ediciones del festival de Sitges. Yo descubrí la primera parte hace relativamente poco, pero mis amigos llevan más de un año soñando con disfrutar en pantalla grande de la segunda parte de Redada asesina, horrible título con el que se bautizó en España a la que para muchos es la mejor película de acción de los últimos años. Las expectativas están por las nubes, ya que el film viene precedido de un éxito y una fama espectacular.


Comienza la proyección. “¡Qué ganas de ver hostias como panes!”, grita en la oscuridad de la sala un espectador. Segundos después y para sorpresa de muchos, la película arranca con un largo y apabullante plano general. Toda una declaración de intenciones si tenemos en cuenta que venimos de una primera parte repleta de primeros planos rodados cámara en mano y montados a un ritmo endiablado. De momento nada de planos cortos asfixiantes en interiores. La primera imagen que nos muestra Gareth Evans, el director, es un bellísimo general de un paraje inhóspito a las afueras de Yakarta. La acción parece situarse tan sólo unas horas tras el final de la primera entrega y de momento, las peleas dejan paso a las rencillas mafiosas, las tramas policíacas y los ecos de corrupción en una ciudad que vuelve a ser el escenario en el que tiene que moverse el héroe de la función. Rama es un policía íntegro, puro e inquebrantable cuyo único motor para abandonar momentáneamente a su familia es la sed de venganza y la honradez. Es un héroe plano, en apariencia carente de arco dramático, cuyo único objetivo es hacer bien lo único que sabe hacer, pese a que ello le haga alejarse de los suyos. Pero a medida que avanza la película descubrimos que su personaje no es tan simple y llano como parece.  El rol que interpreta Iko Uwais es un reflejo de lo que Evans ha intentado con esta segunda parte: profundizar más en el universo de la película y ahondar en las raíces de la podredumbre social y política. Lo que en la primera parte no era más que una excusa argumental para mostrarnos un festival (maravilloso) de guantazos, aquí es el aceite sobre el que flota la balsa de las escenas de acción. Gareth Evans consigue preparar un cóctel perfecto entre la obra de Johnnie To y el más puro cine de artes marciales, alcanzando el equilibrio definitivo entre profundidad dramática y cine espectáculo, llegando hasta un metraje de dos horas y media que para nada se hace largo. Es como si Evans se hubiese propuesto rodar “El padrino de las películas de hostias”. Al igual que lo fue en su momento la secuela de Coppola, The Raid 2 es mucho más ambiciosa, pero no sólo en lo argumental, sino también en el desarrollo de personajes y en su estructura (el primer acto de la película es glorioso). El gran acierto de Evans es generar una progresión dramática que se va haciendo insoportable a medida que avanza el guión, que pese a estar aderezada por numerosas secuencias de acción, explota en su tramo final en una batalla por la supervivencia épica e inolvidable.


Pero que nadie se llevo a equívocos, esta decisión de Evans de presentarnos una película más compleja y que le hace evolucionar como director, no hace que el escocés se olvide de lo que realmente importa y esperamos todos: el virtuosismo de sus escenas de lucha. The Raid 2 perfecciona y se deleita aún más que su antecesora en las escenas de acción, ayudada por un mayor presupuesto e intuimos, un mayor número de semanas de rodaje. La película fue vendida a medio mundo antes incluso de su concepción, por lo que Evans ha podido contar con un mayor apoyo por parte de sus productores de cara a demostrar su potencial visual y escénico. Cada secuencia de acción es un golpe en la mesa, un disfrute para los sentidos y un subidón de adrenalina para el espectador, que como demostró la proyección en Nocturna, vitorea y se exalta ante cada plano imposible, cada pelea enrevesada y cada una de las escenas de ultraviolencia de las que está plagado el filme. La clave del éxito de la saga The Raid (hablo de saga porque ya hay una tecera parte en marcha) es el realismo con el que están rodadas las peleas. Todo es creíble, las coreografías tienen un planteamiento visual limpio, fundamentado más en los movimientos de cámara que en el montaje (el mal endémico del pésimo cine de acción). La cámara se mueve, tiene ritmo propio y cada secuencia de acción está planteada como un dibujo en el que la cámara hace un trazo y perfila a los actores. La cámara se inmiscuye y se coloca en ángulos imposibles para clarificar la escena y ejercer en el espectador la sensación de inmersión total. Un plano cenital en el momento adecuado glorifica la escena, un movimiento de grúa aislado, estilizado, convive con un movimiento circular alocado del operador y se muestra en sintonía con la espectacular música a cargo de Joseph Trapanase. También es fundamental el hecho de que los actores que protagonizan las luchas sean, en su mayoría, especialistas y coordinadores de escenas de artes marciales, por lo que el realismo y la sensación de que no hay trampa está todo el tiempo presente en la mente del espectador. Evans usa el montaje, lejos de distraer y ensuciar la acción,  con el objetivo de proyectar el suspense previo a las peleas, dilatando el tiempo y generando una expectativa previa a la explosión a la que me refería antes, siguiendo los pasos de Sam Peckimpah o Sergio Leone. La película está repleta de momentos así, como los instantes previos a la brutal lucha en el patio de la cárcel en el fango; o la fantástica secuencia de montaje en la que aparecen por primera vez los villanos del bate de beisbol, la chica de los martillos y el tipo de las cuchillas (secuencia que nos remite irremediablemente al bautizo del hijo de Michael Corleone en El Padrino II). Personajes excéntricos que aportan un componente cómico y que bien podrían aparecer en una tercera entrega de Kill Bill. Evans también se empeña en huir de la monocromática paleta que inunda la primera parte y aquí genera a través de diversas localizaciones un universo visual acorde a cada una de las escenas de acción, como si se tratase de fases diferentes en un videojuego.


Tras los créditos, el público tiene la sensación de que el equipo, los especialistas y los actores se han partido la cara, literalmente, en el set de rodaje. Todo por un objetivo, ofrecer al espectador la mejor película de acción posible. Y a tenor por las reacciones del público, parece que Gareth Evans y su equipo lo han conseguido. Todo el mundo se preguntaba a la salida del cine Palafox, “¿cómo cojones han podido rodar todo eso?”. La respuesta tiene nombre y apellidos: con mucho talento.


Nota: 9

Daniel Romero es un buen amigo y mejor cortometrajista. No os perdáis sus trabajos.

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