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Por Juanjo Baquedano

El pasado mes de abril vio la luz el segundo trabajo de Silvia Pérez Cruz, primero en firmar en conjunto con Raül Fernández, que ya fuera el productor de su primer álbum en 2012. Si en aquel “11 de Novembre” ya dejó entrever que estábamos ante una cantante de las que hay pocas en la actualidad: encarando el futuro con los pies bien asentados en la tradición, siendo capaz de desenvolverse con soltura en diversos terrenos de la música popular, en “Granada” nos es revelada una artista de una dimensión aún mayor. Y para hacer justicia deberíamos decir que el culpable en gran medida de esta nueva Silvia Pérez Cruz es Raül Fernández con ese paso que ha dado al salir de la sombra y plantarse a su lado, con todas las de la ley.  Él es el catalizador necesario para la reacción del compuesto, por la arquitectura de las guitarras que escoltan con maestría cada una de las canciones, confiriendo delicadeza, intensidad y crudeza. Una producción mínima, desnuda, donde el diálogo entre voz y guitarra llega a conmover. Dos bailarines perfectamente coordinados, dos pequeños luceros alineados en la inmensidad de la noche. En el caso que nos ocupa la suma de 1+1 da muchísimo más de 2.

“Granada”, más allá de un cancionero especialmente elegido, es una carta de navegación para surcar los océanos. Un manifiesto, una declaración de intenciones. Cada tema escogido, cada cantante referenciado, representa un punto cardinal de la música popular. Estamos ante un elogio de las raíces catalanas y españolas de la artista a la par que una forma de una manera de tender puentes con América latina y todas esas músicas viajeras según su diccionario particular. Porque el mérito es ese, adaptar ese cancionero a su estilo, imponerle tu sello personal. No es “Granada” un mero disco de versiones, sino una redefinición de las mismas. Ya desde la portada (no puedo evitar acordarme de Lole y Manuel) al libreto que acompaña el disco vemos en ellos una reverencia a los clásicos, desde sus palabras de agradecimiento a Morente y Pepe Habichuela por enseñarles a despegar. Encontraremos en un nuevo cuerpo a Lluis Llach y María del Mar Bonet, a Edith Piaf y Cohen, Violeta Parra y Fito Páez, Morente y Albert Pla. Incluso piezas clásicas de Schumann y Pau Casals. Este disco tiene la capacidad de convertirse en uno de esos puertos de mar donde van a parar mil influencias y de las que zarpan otras tantas. Un trabajo que evoca viajes de ida y vuelta, esperanzas y anhelos que vendrán en barco.

Y a esa capacidad evocadora de este trabajo quiero dedicarle este mes unos minutos. Nada mejor que complementar ese espíritu viajero del trabajo de los catalanes que traer canciones que comparten ese perfume a mar, esa impronta portuaria.

En esta lista encontraremos al Caetano Veloso que rindió homenaje a la música en castellano en “Fina Estampa”. Tendremos a Martirio adaptando al argentino César Isella y a Susana Baca cantar por Chabuca Granda. Pequeños grandes locos del rock catalán como Sisa o Adrià Puntí junto al primer Serrat. Grandes valores del flamenco actual como Miguel Poveda (interpretando a Alberti con aire de tango) o Mayte Martín de la mano del catalán más universal, Tete Montoliu, en ese disco imprescindible que fue “Free Boleros”. Otras grandes intérpretes femeninas como Lotte Lenya (interpretando a Kurt Weill), Lole y Karen Dalton. Y no perderemos de vista la lusofonía pues traemos a la inmensa María João o a ese buscador del silencio y la tensión que es Arto Lindsay, además de jóvenes renovadores del fado, como los lisboetas Deolinda, o de la música brasileña (que sueña con África), como el bahiano Tiganá Santana.

Todos los caminos llevan a Granada.