domingo, 24 de agosto de 2014

Crítica: Hausu

Por Paco Latorre



UNA CASA EN LAS AFUERAS (PERO EN LAS DE VERDAD)


La perentoria del cine de terror funciona como las revoluciones científicas, a ráfagas y saltando alegremente de paradigma a paradigma. Puede constatarse que las tres modas que han acunado el género en los últimos años ya han dado sus últimos coletazos y todas, de un modo u otro, dejan pelín de poso. Así, el sobrevalorado gore extremo francés ha acabado siendo cantera de Hollywood y -gracias a a Dios- el torture porn ha dejado de dar la matraca. En realidad ninguna de estas dos corrientes era en sí nada nuevo, como tampoco lo era el j-horror pero nos ganaba por desconocimiento y exotismo. De tal modo, antes de acabar hasta las narices de niñas de pelo lacio, fantasmas que sólo unos pocos pueden ver y retorcidas óperas de lo macabro (y de ver, con objetividad, tres o cuatro grandes películas desde que The ring abriera la lata) los japoneses llevaban años yendo a lo suyo con su demonología y su folklore lleno de leyendas fantásticas hasta que la globalización -o la más literal moda- nos enseñó por estos lares cómo se las gastaban en esas ínsulas.


Un japonés, para mí, es un misterio inescrutable. Visto mucho de su cine, leída una pizca de su literatura y conocidos en persona muy pocos en mi vida (aunque hace una década jugué un Japón – Europa en un prado escocés al que le habían puesto dos porterías, pero ahí sólo descubrí que si un japonés es raro un alemán lo es más a no ser que haya un balón por medio, con lo que se convierte en un maníaco) subrayas que la interculturalidad integradora no funcionaría en muchos casos: perros y gatos, agua y aceite, murcianos y seres humanos; hay dualidades tan acuciadas que mantienen el equilibrio natural aunque parezca paradójico. La cultura japonesa nos es tan extraña como para un japonés la española (excepto para el torero japonés que dicen que va por ahí capote en ristre), pero quizás las obsesiones metafísicas no anden tan lejos las unas de las otras. Fantasmas tenemos todos, aunque cada uno a su manera. El cine de terror japonés tiene una fascinación endémica con las mujeres y la sexualidad; sea esta invertida, subvertida, explícita, sugerida o camionera; tiene demonios hasta para el sushi y navega desde la austeridad narrativa hasta la digestión de las constantes audiovisuales más recurrentes y hasta autoparódica: un hartazgo de pop, una explosión de vitalismo epiléptico y una ingenuidad infantil que mejor no preguntarse mucho que lleva detrás.


Hausu es un tratado de las variables sincopadas del género a la japonesa: casa encantada; colegialas que responden al nombre de Kung Fu, Sweet o Fanta (!); mujer malvada y fantasma, gato malvado y fantasma; y una historia poco más que reducida a cuento infantil o a pretexto para la forma. Aquí ya tenemos algunas de las soluciones estéticas que veinte años después (estamos en 1977, señoras y señores) someterían cines y dvd´s pero con el añadido de un tratamiento estilístico y narrativo que más que surrealista es puro dadaísmo cinematográfico. Hay escenas de una comicidad blanca y estúpida sin parangón que saltan a horrores de absenta en cuestión de segundos, hay gags propios de Humor amarillo que se transforman en pura vanguardia visual -de la de verdad- merced a unos trucajes y efectos visuales que siguen impresionando pese a tener casi treinta años a sus espaldas. Hausu es un regurgitar constante de la tradición fantástica del cine japonés en un viaje alucinante que desafía la paciencia y la amplitud de miras del espectador: si uno aguanta el ritmo matador en su parsimonia, la carencia de argumento más allá de la excusa, las interpretaciones histéricas en su candidez y la distancia cultural se verá recompensado por una media hora final absolutamente impresionante donde el colorismo pop más desenfrenado, lo sordidez y el ejercicio de la pura libertad cinematográfica  confabulan contra nuestras meninges. ¿Es una buena película? Es una película como no hay otra, una de esas que los aventureros y aventureras de la pantalla no deberían obviar por nada del mundo.


Nota: 9

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