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Por Paco Latorre

Trampa para turistas ha acabado convirtiéndose en un título de culto -sea lo que sea eso- merced a su naturaleza de popurrí bien sazonado: desde las inevitables referencias a Los crímenes del museo de cera, pasando por La matanza de Texas hasta Las colinas tienen ojos e incluso a Psicosis , la película del más tarde charlesbandesco David Schmoeller es un tratado de terror a la gótico americano casi más por cronología que por tratamiento

Unos jóvenes cachocarnes se pierden en un paraje despoblado y acaban en la casa/museo de un lugareño que se  dedica a reparar, coleccionar y mostrar artísticamente maniquíes. Sólo con el argumento han tenido excusa películas como la contemporánea (y sorprendentemente decente) La casa de cera  de Jaume Collet-Serra (con ese villano que parecía Phil Anselmo) y hasta es fácil imaginar que William Lustig la tuvo en cuenta por su carga fetichista en la turbia  Maniac (grado acentuado más todavía en su arriesgado pero buen remake). Cierta carga paranormal es lo que aún concede a Trampa para turistas una personalidad acusada, sin olvidar el psicópata bordado por Chuck Connors. Vamos a olvidarnos de un festival de sangre porque la película, buena hija de su padre tiempo conjuga las virtudes de la sugestión por encima de la truculencia física y un manejo del suspense más que digno.

Servidor; cuyo único contacto con el gótico americano y lo redneck se reduce a un tipet texano que un amigo invitó a Valencia -no sé cómo ni por qué- ya que se dedicaba a comprar y reparar Vespas, Montesas y Bultacos que luego vendía a pastón en Austin; alucina con el componente de dinamita para el inconsciente que el cine tiene en el imaginario popular: no hay manera de desligar el paisaje rural norteamericano a los axiomas estéticos que el cine de terror ha apuntalado desde la ficción, desde esa ambigüedad oscilante entre la amabilidad extrema de sus habitantes y la sordidez del aislamiento hasta el más reduccionista diseño paisajístico. A favor de lo redneck decir que el texano aquel era un encanto de persona que acabó curtido a birras con nosotros hablándonos de su amor por 7 seconds y  de cómo Billy Milano pinchaba todos los viernes en un pub al que acudía cerca de su casa (!), llevándose un contenedor lleno de motos españolas y feliz como unas castañuelas. Pero interrogado sobre los tópicos sobre las pelis de la América profunda se reía y decía que cuidado con tomárnoslas demasiado en serio, porque ese era el primer paso para acabar despedazado en una granja de cerdos. De  ahí que Trampa para turistas sea un disfrute liviano en su genuinamente terrorífico quorum, ecuación del miedo que nunca fallaba y producto de unos tiempos que no hace falta que vuelvan porque la temporalidad del cine siempre sigue ahí en su maleabilidad.

De las de mantita, caldo, luces fuera y a pasarlo teta teniendo miedo.