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Por Álvaro Tejero

En el año 2009 pareció nacer la nueva esperanza de la ciencia ficción. District 9 golpeó con fuerza en todo el panorama cinematográfico llegando a colarse entre las candidatas a mejor película en la gala de los Oscar. Se buscaba desesperadamente alguien que mezclara ideas y espectáculo y Neill Blomkamp se convirtió en el mesías buscado de la mano de su mecenas Peter Jackson. En apenas 3 películas el director sudafricano ha pasado para muchos de maestro moderno a posible timo reciente; 3 obras en las que ha repetido estructuras y conceptos Y ahora con la sombra afilada de Alien sobre su yugular.

Es imposible negar la fuerza inicial con que golpeó a los espectadores en el cine District 9. Yo fui uno de los que cayó rendido en aquel momento. Un visionado posterior rebaja la euforia y centra el verdadero valor de la película.

Son varios los descubrimientos positivos que ha dejado la película: el primero de ellos es indudablemente Neill Blomkamp, no solo como director, también como responsable de un resurgir de la producción de obras de ciencia ficción dentro de la industria del cine. El otro es su mano derecha Sharlto Copley, que si en District 9 demuestra su talento en Elysium la reafirma ampliamente, y si tiene suerte con sus papeles puede darnos horas de buen trabajo actoral.

Mucha de la fuerza de la película recae sobre su cuestión social. Está la evidente alegoría sobre el Apartheid, principalmente por situarse en Sudáfrica aunque el director lo niegue en sus entrevistas, aunque creo que District 9 habla más en concreto sobre el problema de los refugiados, la inmigración, el miedo a lo diferente introduciendo leves críticas a los conflictos modernos dominados por la burocracia y las corporaciones privadas (no es baladí que muchos de los vehículos oficiales sean blancos como los de la ONU).

Blomkamp también consigue implicar al espectador emocionalmente a pesar de contar con un protagonista difícilmente apreciable. Un personaje, Wikus, en ocasiones despreciable que conseguirá su propia redención para encontrar el perdón de los espectadores. Aquí comienzan los problemas de Blomkamp, que si bien consigue combinar formalmente la primera parte casi-documental (la mejor de la película) con una segunda propia del cine de acción, termina la cinta con batalla final contra el malo de turno bastante convencional y que no cuadra demasiado con el tono inicial del film. Por decirlo de forma directa, se le va de las manos.

Como buen novato también tiene algunos problemas con el ritmo y con la puesta en escena de las escenas de acción además de no contar con un villano potente para sus intenciones finales. Todas estas cuestiones las solventa en Elysium, una película más adulta y centrada pero también menos emocional. Lo que no resuelve en ella es la impuesta redención de sus personajes principales, la necesidad de encontrarles una coartada para convertirlos en héroes cuando no los son en absoluto. Tanto Matt Damon como Sharlto Copley aquí son seres egoístas obligados a ponerse en la piel (literalmente) de aquello con lo que no quieren relacionarse.

Pedirle a Blomkamp que abandone sus denuncias sociales y su duelo típico del western sería pedirle que renuncie a su identidad. Yo únicamente pido que siga puliendo su trabajo y que a lo mejor contrate un guionista. Mientras, que siga ofreciendo espectáculo con emoción.

NOTA: 7,5