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Por Juanjo Baquedano

¿Cuántas veces habremos soñado con ser testigo del nacimiento de una banda o la grabación de un disco de nuestros amores? Estar en aquel bar de Manchester justo en el momento en que Tony Wilson y Joy Division sellaron su contrato en aquella servilleta de papel. O quizás permanecer en un rincón de los Estudios de la Stax en Memphis y ver desfilar por ellos a Otis Redding y Wilson Pickett mientras Steve Cropper afinaba su guitarra presto para otra maratoniana jornada de grabación. Yo he de reconocer que lo he hecho en numerosas ocasiones. Las historias de esos músicos de Rock, por simples y mortales que sean, se me antojan como las de los héroes de los relatos antiguos. Héroes que cambiaron nuestras vidas.

A la gestación de uno de esos grupos, The Cramps, quiero dedicarle unas líneas en esta ocasión. Paradigma de grupo de culto, la historia de los Cramps tendría ingredientes suficientes para convertirse en un estupendo biopic: El relato de cómo unos inadaptados se conocieron (historia de amor que solo la muerte pudo romper incluida) y crearon un artefacto sonoro que bebía de las fuentes primigenias del rock and roll y lo regurgitaron para las nuevas generaciones.

La historia de The Cramps se remonta a mediados de los 70, con los sueños de una pareja de treintañeros de montar un grupo de Rock, pero para contar como todo esto sucedió, hemos de retroceder unos cuantos años atrás y buscar a nuestros dos protagonistas principales en la soledad de sus dormitorios, separados por miles de kilómetros,  escuchando Rock And Roll y quizás viendo algún show televisivo de ciencia ficción.

Habitación de Erick Lee Purkhiser. Akron, Ohio. En algún momento de los primeros años 60. Interior, noche.

Erick (Lux interior) escucha el show radiofónico del DJ local Pete Myers, “Mad Daddy”, en el que suenan sin descanso Rock and Roll, Doo Wop y Rhythm and Blues. No es mal estudiante, pero no muestra inquietudes académicas suficientes que puedan evitar que en un futuro acabe trabajando en alguna fábrica de la zona, como su padre y la mayoría de la población local. Su cabeza de adolescente está más preocupada por los filmes de serie b, los comics de la DC y el rock and roll. En esos años de instituto merodea por las calles haciendo barrabasadas con un grupo de amigos que se hacen llamar The Aristocrats, mientras su única meta en la vida por aquel entonces es pasarlo bien y escuchar a The Trashmen. A mediados de esa década, y presuntamente queriendo evitar ser reclutado para Vietnam, cruza el país y se instala en Sacramento, California. Allí sigue viendo la vida pasar sin excesivas pretensiones, enlazando trabajo tras trabajo, llegando a tener un hijo con una relación fugaz y siendo testigo de cómo se acercaba a esos lares el movimiento hippie, un estilo de vida desahogado que acogió sin excesiva dificultad.

Casa de los Wallace. Sacramento, California. En algún momento de mediados de los 60. Interior, día.

Kristy Marlana Wallace (Poison Ivy) nació y creció en una familia de clase trabajadora, pero acomodada, dado el cargo de su padre en una central nuclear. Siendo la menor de tres hermanos, era la reina de la casa. Entre sus aficiones estaba, por ejemplo, hacer todo tipo de perrerías a las muñecas Barbie y provocar pequeños incendios en el garage. Cosas de la edad, lo normal.

A pesar de contar escasamente con 12 años ya prestaba atención a toda esa música que venía del Reino Unido. The Yardbirds, The Kinks eran algunos de sus favoritos. Le encantaba como esos chicos de largos flequillos reivindicaban toda esa música negra del rhythm and blues y el rock and roll. Comenzó a obsesionarse con coleccionar esos discos del primer Rock (la música de su niñez, al fin y al cabo) y era una ferviente admiradora de los grandes guitarristas de Surf Link Wray y Duane Eddy. Kristy era popular en clase, pero no por ser la reina de las animadoras, sino por ser, digamos, rarica. Una pequeña oveja negra para la conservadora sociedad de la época. Más de una y dos veces fue expulsada de clase por fumar en los pasillos y andar con ropa “inapropiada”. Por aquel entonces comenzó a tocar la guitarra con todos aquellos discos que coleccionaba y a empaparse de todo tipo de películas de terror y serie b. Eso acabó convirtiéndola en una de esas jóvenes solitarias y de carácter, que, dada su natural curiosidad, pronto le hizo experimentar con las drogas que corrían por doquier durante esos años. En alguna ocasión reconoció que durante los finales 60 esta todo el día puesta de LSD, llegando a abrazar el budismo Zen durante un tiempo, tan propio de esos años proclives a los misticismos orientales. Lo que Kristy no sabía durante esos años de experimentación y dejarse llevar contando apenas con 17 años, es que en esa misma ciudad también vagaba desde hace un tiempo, un joven que había venido del este y cuyo encuentro acabaría cambiando sus vidas y redimensionando la música del futuro más inmediato.

Lux y Ivy, Ivy y Lux

Nuestros dos héroes acabararían conociéndose una noche de 1972. La leyenda dice que Kristy hacía auto-stop  y que Erick la recogió. Esa misma leyenda continúa diciendo que el flechazo fue inmediato. Bastaron unas miradas y un cruce de palabras para darse cuenta de que eran almas gemelas. El destino acababa de juntarles y no tardarían en irse a vivir juntos. La pareja compartía la obsesión por los viejos discos de rock and roll, que coleccionaba de manera obsesiva, a la par que cada vez se mostraba más hermética respecto a las nuevas corrientes musicales de aquellos años. No les interesaba el rock progresivo que sonaba en las radios, salvo alguna cosa del Glam, como T- Rex o The New York Dolls. Su refugio fueron los sonidos de los 50. En aquellos primeros años comenzaron a jugar con sus identidades, les parecía gracioso pasarse a llamar Raven Beauty o Vip Vip hasta llegar al definitivo sobrenombre de Lux Interior (en el caso de él) o Poison Ivy Rorschach (en el caso de ella). Malvivían vendiendo baratijas de segunda mano, alguna de dudosa procedencia, en mercadillos y cogiendo (y dejando) trabajos temporales. Preferían la noche y andar de aquí para allá. Un par de años después de esa mala vida, y tras haber “llamado la atención” de la policía por su poco edificante modo de ganarse el jornal, decidieron poner rumbo a Ohio, tierra natal de Erick.

Fue en esos meses en Cleveland, capital de Ohio, donde comenzaron a fantasear con la idea de formar una banda de Rock, pero nunca dieron el paso de atreverse. ¿Dónde pretendían ir estos dos con sus fantasías musicales, en un entorno de rock tan virtuosista como los 70, si apenas ella sabía afinar una guitarra? De nuevo la leyenda viene a decirnos que fue tras acudir a un concierto que Marc Bolan dio en Cleveland, cuando decidieron que sí, que ellos también podían hacerlo. Pero para ello, y a pesar de ser unos iletrados en el asunto, deberían salir de allí, poniendo rumbo al único lugar donde podían lograrlo: El Nueva York de The New York Dolls y el CBGB.

Nueva York, 1975

El aterrizaje de Lux e Ivy en NYC fue en el otoño de 1975. Pronto descubrieron que la vida en la gran ciudad no era fácil para dos tipos como ellos, que salvo una colección de discos, habían llegado con una mano delante y otra detrás. Se instalaron en un pequeño apartamento del Upper East, en la calle 73 y, a pesar de su precaria situación económica y laboral, descubrieron que aunque sus amados New York Dolls se habían disuelto unos meses antes, había una naciente escena de grupos más que interesantes que estaban insuflando unos aires que eran contrapunto a los años de sinfonismo precedentes. Television, Ramones, Suicide, Blondie o los Talking Heads eran una camada a seguir de cerca noche tras noche, ya fuera en CBGB o en el 82 Club.

Allí en medio de todo, cuales quijotes queriendo vencer a los molinos de la gran manzana, sin apenas conocimientos musicales, tan solo la determinación y el descaro por montera, estaban ellos. Estaban a años luz, pero estaban determinados a montar una banda de rock. Al menos ya tenían un nombre. Un nombre cuya inspiración le llegó a Ivy un día escuchando un disco de sus queridos Kinks, una palabra en jerga que evocaba a algo crudo y directo, algo que sonara a incómodo y juvenil llegó a su cabeza: The Cramps.

Ni de coña toco el bajo (o del porqué del característico sonido fuzz de los Cramps)

En la mañana del 19 febrero del 76 en la que Lux andaba rebuscando discos en una pequeña tienda cercana a su apartamento, el simpático propietario de la tienda viendo que Lux tenía aire de roquero moderno, quiso entablar una charla a propósito del concierto que Queen acababan de dar en la ciudad, de quienes el dueño decía ser un ferviente admirador. Lux le contestó que lamentablemente no tenía demasiado dinero para conciertos. A lo que el propietario le contestó que, en el caso de que estuviera interesado en trabajar allí, él necesitaba un chico. Lux aceptó y allí que se presentó al día siguiente para comenzar en lo que parecería ser un trabajo más a abandonar en las próximas semanas.

Ese día 20 Lux se presentó a trabajar por primera vez en la tienda y allí encontró a otro empleado, encargado de ventas, que habría de ser su compañero de trabajo. Un tipo de melena , mejillas huesudas, permanentes gafas de sol y unas cicatrices de viruela que le conferían un aire que asustaría a los viejos y que respondía por el nombre de Brian, Brian Gregory.

La conexión de Lux con Brian fue tal, que tras su primer día de trabajo juntos resolvieron ir a tomar unas copas. Lux ardía en deseos de presentarle aquel tipo a su novia, cuya fiesta de cumpleaños iba a ser esa misma noche. Brian podría ser su invitado especial, le dijo. Casualmente ese 20 de febrero también era el cumpleaños de Brian, con lo que parecía como si una extraña conexión del azar estuviera haciendo un trabajo que se les escapaba a los tres. Huelga decir que Ivy también quedó prendada de Brian esa noche de cumpleaños cósmica. Brian Gregory venía de Detroit y era un loco de sus paisanos los Stooges, a quienes decía haber visto casi 500 veces. Antes de llegar a Nueva York había trabajado en multitud de fábricas de su ciudad natal y había deambulado de un lado para otro hasta dar con sus huesos aquí. A pesar de que su única experiencia con la música era la de tocar el órgano en su infancia, también deseaba estar en una banda de Rock, cuanto más sucia mejor. No pasaron más que unos días de aquel encuentro cuando ya nuestra pareja le estaban invitando a unirse a la banda que estaban montando: Acababa de aparecer en escena el que habría de ser el tercer Cramp. 

El problema vino cuando al día siguiente de aquel ofrecimiento, el bueno de Brian apareció con una guitarra de segunda mano presto a aprender a tocar. Ivy y Lux intentaron explicarle que el grupo ya tenía una guitarra (sería Ivy, que era la única que al menos tenía unos mínimos conocimientos)y  si acaso él podría tocar el bajo, a lo que Brian se negó en redondo. Por nada del mundo se metía en una banda para tocar el bajo, les espetó. Debió ser tan convincente (cualquiera era el chulo que le decía que no a Brian) que decidieron claudicar y dejar que se convirtiera en guitarra rítmica. Así, sea por casualidad o por chulería, nació el característico sonido sucio de The Cramps.

Primeros ensayos, primeros conciertos, primeras grabaciones fallidas

Una vez que Ivy enseñó a Brian un par de acordes rudimentarios comenzaron a ensayar cada noche en un sótano cercano a la tienda de discos. No hacía mucho tiempo que la hermana de Brian, Pam, había venido a la ciudad y se había convertido en la batería del grupo. Comenzaron destrozando (no puede llamarse de otra manera) algunos temas de garaje y psicodelia de los 60 de bandas menores como Kasenetz-Katz Super Circus o The Red Crayola. Los postulados Rockabilly aún habrían de abrirse camino definitivamente en su repertorio y sonido. Eran una banda en pañales. En esos meses con Pam a la batería comenzaron a aparecer alguna de sus primeras creaciones, como “TV Set” (parcialmente inspirada en el “TV Eye” de The Stooges) o “I was a teenage werewolf”. Pero pronto la hermana de Brian pronto se desencantó y volvió a su ciudad natal, siendo sustituida por una vieja amiga de Lux, Miriam Linna. Miriam había venido a NY a intentar ganarse la vida como periodista, pero siempre había sentido el gusanillo de la música. Batería amateur y fan de The Velvet Underground y The Barbarians, no tardó en aprenderse las partes de Pam.

La banda comenzó a sonar algo más compacta con Linna a la batería. Así mismo fue en esos meses en el que fueron orientando su sonido, ya sin vuelta atrás, hacia el Rock más primitivo. Las tiendas de ropa segunda mano de Brooklyn en las que rebuscaban ropajes de aire 50s terminaron de conferir esa estética particular y algo alejada de la del resto de las bandas del lugar.

Apenas un año después de la llegada de nuestra pareja a la gran ciudad, el 1 de noviembre de 1976, parecían haber culminado su sueño. Tenían una banda de Rock e iban a debutar en el CBGB abriendo la noche para otra banda con cierta influencia Rockabilly: Suicide.

Podemos decir que esa noche no fue ni de lejos el mejor concierto de la banda, numerosos problemas de sonido y afinación, debido a lo inexpertos que eran, pero a los oídos de la audiencia curtida a los sonidos del punk, su propuesta de aire añejo debió sonar suficientemente violenta y excitante, no así para el propietario del CBGB, que les calificó de chiste malo.

Lux y el resto de los chicos siempre se defendían de las críticas a esas primeras actuaciones diciendo que ellos no es que tocasen así por malos músicos, sino que querían sonar así. Cuál sería su “calidad musical” para que a los fans de los Ramones, para los que abrieron en numerosas ocasiones en esos tiempos, dijeran que no tenían nivel suficiente y que todas sus canciones sonaban igual. Fueron días de conciertos casi semanales donde, a pesar de esas malas recepciones, fueron creando una pequeña legión de seguidores

En el verano siguiente, el de 1977, fue cuando se enfrentaron por primera vez al estudio. De la mano de Richard Robinson, productor de The Flaming Groovies, grabaron 5 temas: “Love Me”, “What´s Behind The Mask”, “TV Set”, “Teenage Werewolf” y “Sunglasses afterdark”. Nunca estuvieron satisfechos de esas grabaciones, culpando a Robinson de no saber captar su espíritu. Ese mismo verano debutaron como cabeza de cartel en el CBGB consiguiendo su primer “sold out”, pero justo unos días después, Linna decidió dejarles en la estacada.

Y llegó Nick Knox, el hombre de negro

Tras la abrupta salida de Miriam, todos pensaron en Nick Knox, un batería con experiencia en alguna que otra banda de garage y psicodelia (The Electric Eels) a quien habían conocido en una fiesta en Nueva York algún tiempo atrás. A estas alturas de la película ya empezamos a conocer el carácter predispuesto a las casualidades y las primeras impresiones de nuestros chicos, así que el hecho de que Nick fuera de Cleveland como Lux, y que este fuese el único de aquella fiesta que se atreviera a hablar con Ivy, y pasar su filtro, les hizo saber que era el tipo idóneo para enrolar en la banda. Hombre de pocas palabras, Nick. Taciturno, lacónico y de carácter huidizo, tenía una máxima: “Hazme una pregunta y te contestaré una mentira”. Daba el perfil, tenía que ser él. Con su entrada se iba a cerrar el círculo.

Alex Chilton, su Sam Phillips particular

Con Knox a la batería, The Cramps comenzaron a dar un paso adelante definitivo, el de la profesionalización: por fin sonaban como una banda. Tanto es así que hubo quien dijo que habían perdido el punch rabioso de los primeros días. Su incorporación les insufló ánimos redoblados, eran ya unos tipos conocidos en todo el underground neoyorquino, la gente corría a ver a esa banda que anunciaba sus shows con reclamos del tipo “Rockabilly Voodoo” o palabras de nuevo cuño tales como “Pshychobilly”. Esa onda expansiva llegó un día al que sería el elemento catalizador necesario de canalizar esa energía, Alex Chilton, que tras su fracasada aventura con Big Star, se había vuelto a instalar en NY, intentando reencauzar su carrera al calor de la naciente nueva ola.

La impresión de Chilton en uno de esos shows fue directa e inmediata, parecía estar viendo todo su potencial como banda, tanto a nivel musical, como estético. Por medio de un amigo en común, les pidió una cita. Una reunión crucial que tendría lugar a finales de aquel verano del 77.

Nuestros chicos no sabían quién era Chilton, desconocían aquel éxito en los 60 con The Box Tops o su trilogía de discos de Pop luminoso con Big Star unos años atrás, pero cuando este, natural de Memphis, les comenzó a hablar de sus conexiones con tal o cual estudio de la ciudad, vieron como la persona que mejor habría de entenderles era él. Su sueño, en tan solo dos años, se estaba haciendo realidad: Iban a grabar en Memphis. Su estancia en la ciudad sureña fue productiva y enriquecedora. Como unos niños que han ingerido demasiado algodón de azúcar en el parque de atracciones, nuestros protagonistas paladearon su estancia en la meca del rock: actuaron en directo, hicieron de anda de soporte para una vieja gloria de la Sun Records, Jim Dickingson, tuvieron algún que otro encontronazo con la mentalidad tradicional sureña e incluso llegaron a conocer al mismísimo Sam Phillips, dueño del sello Sun Records. Alex alquiló los estudios Ardent donde grabarían cinco canciones que conformarían sus dos primeros singles. En aquellas grabaciones vieron la luz “Human Fly” y sus particulares versiones de “Domino”, “The Way I Walk”, “Surfin’ Bird” y “Lonesome Town”. Al final de ese año lleno de contratiempos y encuentros decisivos, Lux y Ivy se encaminaron con Alex a Londres para mezclar dichas canciones, que verían la luz al año siguiente en forma  de dos singles (unificados luego en 1979 para conformar su EP de debut, Gravest Hits). Por fin podían decir orgullosos que The Cramps eran la más excitante banda de rock and roll y que tenían un material que enseñar al mundo.  Aún había de pasar un tiempo antes de su debut en largo y de la misteriosa salida de Brian Gregory del grupo, pero eso ya será otra historia…

Lista spotify El universo creador del sonido Cramps