Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

Por Álvaro Tejero

¿Qué es Tiburón? Un mito, un icono cinematográfico, algo mucho mayor que una simple película. ¿Establece eso ya una calidad superior? En absoluto, los mitos están por encima de sus cualidades. ¿Es la mejor película de Steven Spielberg? Para el que escribe está claro que no. ¿Ha marcado el futuro camino del cine y ha logrado un impacto enorme fuera de su disciplina? Rotundamente sí.

Es difícil contar algo nuevo respecto a un clásico del siglo XX, por lo que lo único que creo que tiene cierto sentido es hablar de las sensaciones personales. Spielberg es mi director favorito y Tiburón uno de mis primeros acercamientos a su carrera y una de las cintas que más he revisitado. Sin embargo, nunca fue ni será de mis favoritas. En el cine de Spielberg la emoción es uno de sus elementos claves y aquí no logra romper la barrera entre la pantalla y el espectador. En términos digamos más objetivos, tampoco creo que sea de sus mejores trabajos.

Antes de entrar a valorarla hay que recordar el impacto que causó Tiburón en el mundo del cine y fuera de él. Inventó o consolidó las bases (ese debate queda para otro momento) del blockbuster, volteó definitivamente la manera de producir películas y de entender el negocio por parte de los estudios, creó por sí misma un género cinematográfico con un sinfín de secuelas directas o indirectas que fueron obviando sus virtudes y reforzando sus carencias y lo quieran admitir o no, su director (junto a Lucas y alguno más) permitió a los directores tomar el control durante un tiempo. Fuera de la industria, creó un temor universal a la altura de la ducha de Psicosis de Alfred Hitchcock y provocó la persecución de los tiburones en todos los océanos. La balanza entre los aspectos positivos y negativos de la película se decanta claramente hacia el primer lado al valorar que gracias a Tiburón hemos podido disfrutar del arte de Steven Spielberg todos estos años. Y eso, para mí, no admite discusión.

La comparación con Psicosis no es gratuita. Al igual que Tiburón para Spielberg, Psicosis es la más icónica de la trayectoria de Hitchcock; y en ambos casos, no son sus mejores películas. Pero mientras Psicosis sí me parece una película cien por cien Hitchcock, Tiburón no es una cinta de Spielberg al completo. Claro que hay elementos comunes de su cine, pero está demasiado encorsetado en la estructura de la película, entorpecido por el propio escualo del título y sin los colaboradores habituales de sus obras posteriores que entienden a la perfección sus intenciones . Eso no impide para que el montaje de Verna Fields sea media película. Pero no es un montaje Spielberg, Tiburón es una película que al igual que a su protagonista se le ven los mecanismos.

Lo curioso es que este artículo, este aniversario, ese cambio en la historia debería haberse producido tres años antes, en 1972, con El diablo sobre ruedas. Una película bastante similar a Tiburón, pero superior en suspense, emoción, lucha primitiva por la supervivencia, enemigo mitológico y trabajo del propio Spielberg. Claro que en este caso había un guión de Richard Matheson.

Tiburón, de nuevo como Psicosis, es una película partida en dos, y al igual que la anterior es mejor en su primera parte. A Spielberg le interesa más ese pueblo costero y sus habitantes, ese padre de una familia de clase media, la relación con sus hijos, el terror en lo cotidiano. Aquí consigue la gran parte de los mejores momentos del metraje: la escena inicial al compás de la música de John Williams, la primera aparición del sheriff Brody y su familia, la paranoia de Brody en la playa, la estampida en la playa, los gestos silenciosos entre Brody y su hijo pequeño…en todos ellos se esbozan planos característicos de Spielberg, intereses temáticos propios y se vive puro suspense. No es casualidad que el tiburón no aparezca claramente en ningún plano. Siempre es más potente el terror invisible y misterioso.

La película se parte y nos adentramos en una especie de Moby Dick sin la suficiente carga psicológica, un tanto rutinaria en su desarrollo y que no ofrece un clímax a la altura de lo vivido. Los momentos de tensión entre los tres personajes (Richard Dreyfuss, Robert Shaw y Roy Scheider perfectos en sus actuaciones), tan distintos entre sí, nos son birlados constantemente por el guión a pesar de los atisbos de lucha de clases entre Dreyfuss y Shaw y el trauma infantil de Scheider al agua que nunca termina de explotar. Los personajes se definen a través de discursos y no de las acciones, lo que les resta potencia a pesar de dejarnos ese momento en el camerino con los tres borrachos (no olvidar que fruto del propio Shaw y de la improvisación de los actores).

La necesidad de mostrar al tiburón provoca la escena más pobre de Tiburón (el ataque a la jaula que trae de rebote dejar de lado inexplicablemente a Dreyfuss de la lucha final) en la que ni el montaje de Fields puede hacer milagros. Ni el villano ni el héroe están a la altura emocional del duelo propuesto.
Todos estas pegas a Tiburón no impiden que sea un buen entretenimiento, que siga teniendo un ritmo envidiable, que podamos volver a verla sin problemas y que Spielberg demostrará a la taquilla y por consiguiente a los productores que se podía confiar en él. Simplemente no es una obra maestra y para contar las de Steven Spielberg necesito mis dos manos.

Sigamos disfrutando del mito.

NOTA: 8.5