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Por Ivanckaroo Banzai

 
¿A quién vas a llamar? ¡A La Masa!

Extrañísimo remake en forma de secuela el que llevó a cabo Ivan Reitman del exitazo que supuso el primer Cazafantasmas. A la espera de ver en qué resulta la resurrección de la franquicia cambiando de sexo a sus protagonistas, bien podemos echar un vistazo a esta segunda parte de la original, menos exitosa y, para qué engañarnos, agridulce en varios términos aunque acabe en un estallido de final feliz de alivio.

Los cazafantasmas que todos conocemos hace años que salvaron el mundo, y ahora se las ven y se las desean para malvivir amenizando fiestas infantiles, escribiendo libros tipo “Me abdujeron los aliens” y similares. Asimismo, nos encontramos con que Bill Murray no sólo no está con Sigourney Weaver sino que además ella ha tenido un hijo con otro fulano. Y aquí me tengo que detener un momento en el resumen de la película porque en estos detalles reside su mayor problema: ¿quién quiere ver eso?

¿Se imaginan que El Imperio contraataca comenzara con Han Solo explicando que Chewbacca ya no es amigo suyo y nunca va a volver por que discutieron sobre fútbol? ¿O que Superman 2 empezara con una escena en un funeral ante la tumba de Lois Lane y Perry White se acercara a Clark Kent para decirle “oye, siento lo del coma etílico de Lois, ya sé que la conseguiste sacar de esa secta y tal pero…”? Mal. Muy mal. Entiendo que uno de los pasos del héroe es caer para tener una catarsis y volver a levantarse con fuerzas renovadas como vimos en The Dark Knight Rises, pero no veo porqué es necesario en una comedia afear a los personajes de esa manera ya desde buen comienzo. Ya sé que esa ruptura entre los personajes de Weaver y Murray se da en el mundo real, pero juraría que esto es Cazafantasmas y no Amar en tiempos revueltos. No necesito pasarme todo el metraje pensando “mala pécora, has dejado a Bill Murray” cada vez que aparece un personaje con el que debería empatizar, por mucho que al final se reconcilien. Y aunque no resulte nada creíble que, en un país como Estados Unidos en el que 45 años después aún se idolatra a los primeros hombres que pisaron la Luna, la gente se haya olvidado de los tipos que apenas cinco años antes salvaran el mundo, no es baladí mencionar que la escena de “¿Cazafantasmas, eso qué es? ¡Queremos a La Masa!” haya sido premonitorio de lo que años más tarde vendría, una sociedad que olvida, emponzoña o duda de los méritos de sus héroes. Se hace desagradable empezar así una película con ese componente de nostalgia; ya sólo faltaba incluir un diálogo sobre el personaje de Rick Moranis muriendo de sobredosis.

Pero sigamos con el argumento. Sigourney Weaver ya no toca el chelo y curra en el Museo de Arte de Manhatan (esta mujer vale para todo) restaurando el retrato de Vigo, un tirano moldavo al que podemos imaginar alegremente con acento gallego. El cuadro está embrujado e hipnotiza al majete de Peter MacNicol para que secuestre al hijo de la Weaver y poseer así el infantil cuerpo para reencarnarse y dominar el mundo. A partir de ahí los Cazafantasmas vuelven a la acción para descubrir el origen del poder espectral y hacer lo que mejor saben hacer, que es evitar el Apocalipo  entre chascarrillos. Todo el metraje tiene un pequeño tufo de desgana a la hora de hacer las cosas, desde las actuaciones hasta los efectos especiales; aun así, la coda final es lo suficientemente delirante y alegremente ochentera como para deja un regusto decente pese a lo poco amable que resulta todo lo anterior.

Poco se puede decir de una secuela que es un calco de la original pero con el peaje de la falta de frescura. No hay nada especialmente malo en ella, pero tampoco hay nada nuevo y desde luego no tiene nada que mejore a su predecesora. Aún así, cual numantino ante los romanos me niego a caer en esa nueva corriente de origen forero que reniega de películas como Cazafantasmas, Goonies, Indiana Jones, La historia interminable, etc de los años 80 tachándolas de aburridas, malas o directamente “famosas por que hubo algunos que las vieron de crío”. No, no y no.

Nota: 5