lunes, 30 de noviembre de 2015

Crítica: Star Wars - Episodio I: La Amenaza Fantasma

Por Ivánckaroo Banzai



"¡¿Midicloqué?! ¡¿Mandelocuálo?!"


Si a algún que otro fan de Star Wars le llegan a decir allá por el 98 que se iban a quedar en el cine dormidos, literalmente, viendo la escena más trepidante de la primera película sobre Darth Vader... no lo hubieran creído. Y sin embargo sucedió.
Para resumir este Episodio 1 de La Guerra de las Galaxias, nada mejor que recordar la anécdota de cómo Terence Stamp, preguntando a George Lucas dónde estaba Natalie Portman para ensayar una escena, obtuvo un "ahí está, ensaya" señalando un papel pegado a la pared. Increíble lo de este divo de las artes, encantado de conocerse a si mismo y destrozar su propia obra con reediciones, remasterizaciones, escenas extra que nadie pedía, nuevos efectos que no pegan ni con cola, y un largo etcétera. Eso sí, hay que agradecerle haber tenido dos momentos de inspiración en su vida, en los cuales sableó sin misericordia a Akira Kurosawa, y películas de aventuras de los años 40 para darnos a Darth Vader e Indiana Jones, dejándolos en manos más competentes que las suyas (Spielberg, Kashdan, Keshner).


Al tema...
Sinopsis: Decepcionante precuela de la saga galáctica en la que pasan un montón de cosas que no interesan a nadie y otras que ya sabíamos de la anterior trilogía. ¡Bravo!
En cuanto a lo primero, asistimos a espectáculos de narrativa tales como burocracia Jedi o diplomacia intergaláctica; aparte de brillantes alardes de guión entre los que destacan una larga escena midiendo la Fuerza con un aparato como el que llevaba Vegeta en Dragon Ball para medir el ki, o robots que dicen "¡ay!" cuando los rompen.

Créanme que se hace difícil encontrarle cosas buenas a esta catástrofe, y más aún si se la compara con sus predecesoras. El problema es precisamente ese, que hunde en el barro el recuerdo que teníamos. El mayor ejemplo de ello es la orden Jedi. Antes teníamos a un Alec Guinness hablando con sencillez de una mística y legendaria orden de caballeros que hacía el bien usando un extraño poder que se encontraba en toda la materia. Ahora, por el contrario, tenemos una institución cuyo consejo administrativo decide quién puede usar ese poder y quién no, intentar meter mano en el gobierno o permitir algo tan grave como la esclavitud encogiéndose de hombros sin ningún pudor.

Los héroes de esta entrega, Ewan McGregor y Liam Neeson, si bien son un acierto de casting no terminan de llevar el peso que se les supone. Si alguien quisiera ver más a Neeson repetir como maestro Jedi, puede ver Batman Begins o El Reino de los Cielos y deleitarse. Por suerte Ewan, excelente actor, iría incorporando elementos de Alec Guinness a su interpretación en los episodios 2 y 3 dotando al personaje del crecimiento que se le supone partiendo de aprendiz y llegando al sabio maestro que tanta huella dejó en los años 80.
El villano es otro gran problema ya que antes siquiera de que la película entrara en preproducción todos sabíamos que el malo malísimo es el senador Palpatine. El tal Darth Maul... ¡uf! Podría haber tenido mucho potencial; no deja de ser una figura demoníaca con un bastón láser, pero por favor, ¿sólo un par de líneas de diálogo? ¿En serio tenemos que creernos lo malo que es? Quizás hubiera sido mejor posponer su desenlace hacia la segunda entrega, o incluso haberlo sustituido ya por el personaje de Christopher Lee para tener más poso en los siguientes capítulos y haberse convertido en el "Cascoscuro" de esta trilogía.
Jake Lloyd tritura con su actuación de Darh Vader niño todo lo que imponía su yo adulto y Natalie Portman hace de botijo, eso sí, muy guapa. Pero poco más se puede esperar de un tipo al cargo que se la trae floja dirigir a los actores. Ya sólo por eso declaro mi más profunda admiración por todo el plantel.


Enlazando con el apartado técnico, nada tengo que añadir sobre el personaje digital y supuesto alivio cómico, Jar Jar Binks, que no se haya dicho ya. Yo simplemente usaré la palabra "insulto" para resumir lo que me parece. Es bien conocido el manejo que tiene George Lucas del marketing, pero es que ni tan siquiera en cuanto a diseño se salva el bichejo. ¡¿Quién querría un muñeco, camiseta o póster de ese engendro pixelado?!
Un diseño que se extrapola con acierto a los escenarios naturales en los que se desenvuelve la trama como el palacio, el lago o  los bosques de Naboo, pero que cojea sin misericordia en cuanto a los vehículos se refiere. Antes las naves espaciales parecían tener un diseño pragmático, los habitáculos eran escuetos, los interiores sencillos y todo en el mundo Star Wars parecía relativamente plausible. Pero ya no; parece ser que en los años de la República Galáctica hasta los cambios de marchas están sacados de la Feria de Arte Contemporáneo o están diseñados para ser lo menos práctico posible.
Los elementos digitales están bien hechos y destacarían en cuanto a objetos inanimados si no fuera porque son abusivos y están implementados de pena. Y sobre todo cantan demasiado los personajes mirando al vacío cuando hablan con un personaje digital; después de ver a Luke hablando con un Yoda real hace casi 35 años, tener que padecer diálogos con el Jar Jar de dibujos es para echarse a llorar. Y esos diálogos, por favor. El horror... el horror...
Entre la miasma de aburrimiento que rezuma la película, nos encontramos con la carrera de naves más aburrida de la historia del cine y una pelea final muy bien llevada por el coreógrafo de escenas de lucha que interpreta a Darh Maul. Esa escena sí es digna de la trilogía original. ¡Aún había esperanza para el episodio 2!

Nota: 2

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