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Por Paco Latorre

Hacer una reseña sobre La matanza de Texas es al mismo tiempo el trabajo más díficil y más sencillo para cualquier aficionado al cine de terror; trabajo  que durante mis buenos años de dar tumbos escribiendo más mal que bien por blogs y webs sobre el género jamás me había caído entre manos y que ahora, con el fallecimiento de Gunnar Hansen, se me requiere.

Todos la hemos visto y todos la hemos gozado pasándolas bien canutas durante su visionado, y es que casi cuarenta años después de su estreno la película de Tobe Hooper sigue en la cima a la hora de crear mal rollo y de, aún con  un grafismo sucio jamás igualado, ejemplificar como nadie el poder de la sugerencia en el espectador -y es que a todos nos ha pasado el recordarla tras el primer y primitivo visionario como un manantial de sangre cuando  es todo lo contrario-.

Brutal, atávica en su concepción del horror como cuerpo y nervio; huelga decir que es imposible entender el género en su contemporaneidad sin ella, desde haber creado una escuela -eso que llaman american gothic- hasta haber influenciado como sólo tres o cuatro películas en los últimos cincuenta años lo han conseguido hacer en el género. La matanza de Texas pone al hombre como sujeto y objeto del horror propio, atroz en la imaginación pero real en lo posibilista: aquí los monstruos no vienen del espacio exterior ni del más allá. Podrá haber muerto Gunnar Hansen, pero ella no envejece ni queriendo.

Nota: 10