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Por Daniel Calavera


En el programa de cine que presento lo dije alto y claro: la razón por la que nos gusta Tarantino es muy sencilla, Tarantino nos encanta porque es como nosotros. Lo repito ahora para dar luz a la primera versión de la crítica, y cuando digo “nosotros” hablo, no del gran público, si no de los que nos emocionamos con la banda sonora de Morricone (magnífico tema principal, con ecos al que compuso para Los intocables) y los títulos de crédito. Unos títulos de crédito que se autoreferencian a sí mismos como siempre hace el cineasta al homenajear  las películas con las que él creció y haciendo de lo “cool” algo propio e identificable. Ese aire “cool” nos zambulle en el universo del director en todos sus films, un universo que ha pasado a ser casi una comunidad creando algo que va más allá del cine y del negocio: al igual que la cámara que sigue a los actores de Woody Allen en largas escenas, lo “cool” del “Universo Tarantino” forma parte ya de la cultura general cinéfila y popular.                                                                                           

Hablando del género, el western es sólo un vehículo, el contexto en el que se mueven y son presentados los personajes. Los 8 odiosos (que no Los odiosos ocho) es la película más tramposa, exquisita y mejor realizada y escrita de Tarantino… pero no la mejor. Ahora bien, esta primera versión de la crítica podría poner mal al director por una razón muy concreta que es la siguiente: Tarantino siempre ha tenido éxito porque piensa en SU público y en el público en general. Sus películas son altamente disfrutables por todos y en especial su Django desencadenado, un spaguetti western de aventuras con héroes y villanos, lo que el público quiere pero con las dosis necesarias para que sus fans recen “El genio lo ha vuelto a conseguir”. Así que, estos odiosos de Tarantino serán altamente disfrutables para unos, pero serán odiados por otros y no como el cineasta pretende. Quizás el único fallo sea ese, que la haya estrenado después de su Django, pues se ha marcado su ejercicio de estilo (algo que todos los grandes hacen) después de su film más disfrutable para todo tipo de público. Lo que el director ha hecho es hacernos un regalo en forma de obra teatral (la puesta en escena, los diálogos y situaciones) bruto, brillante, emocionante. Pero sobretodo para los que, como él haciéndola, hemos gozado viendo una mezcla de La cosa, Asesinato en el Orient Express y Hasta que llegó su hora.

En la segunda versión de la crítica vamos a imaginar que no hemos visto nada del director, que esta es su primera película. Nos encontramos ante una auténtica delicia visual y clásica, y con clásica me refiero a su desorrollo desde la primera hasta la última escena porque esa es su intención, incluso en sus momentos más salvajes, que los tiene. Se trata de un film oscuro y desvergonzado que se sabe de guión bien atado que parte de una idea sencillísima con la que engañar al espectador más inexperto y encandilar al más cinéfilo no solo con sus innumerables guiños sino también con la dilatación de las situaciones: la sinopsis podría hacerse en una línea pero Tarantino se preocupa de que cada palabra esté escrita en mayúscula y ocupando 1/4 de folio, porque esta obra teatral de misterio en las nevadas tierras de Wyoming pulida y reciclada por los 50 y 70 (Ojo, sin atisbo de los alegres 60) lo merece y así lo atestigua desde su diseño de producción hasta su cuidadísima fotografía. John Carpenter, Sergio Leone, Agatha Christie y Alfred Hitchcock se han tomado unos cuantos cafés en las fantasías de Quentin y este ha sido el resultado.

Dejando a un lado las dos críticas y hablando de los actores, están todos inmensos. Michael Madsen vuelve a hacer lo que mejor hace: de Michael Madsen. Tim Roth tiene sus momentos pero no destaca porque sabe que aquí lo importante es el conjunto y que cada personaje, como todos los del director, tiene su característica inolviable (Bruce Dern y su sofá) y los demás están a la altura, como Kurt Rusell que… ¡da igual lo que haga, es Kurt Rusell!. Merecen mención especial por supuesto Jennifer Jason Leigh, el rescate en este film y el centro de todo el odio del guión que goza de las dos escenas más “Tarantinianas” seguramente. El descubrimiento de Walton Goggins que tan mal nos cayó en Django desencadenado (lo cual, por supuesto, nos encantó). Y Samuel L. Jackson… en fin, sin palabras. Bueno si, dos palabras que las voy a soltar aún a riesgo de parecer maleducado: la puta hostia.

¿Mi consejo? Si sois de la primera crítica andáos con ojo, puede o encantaros o desencantaros y pensar que el director ha caído en una mera autoreferencia sin teneros en cuenta (¡Qué cara!, ¿verdad?). Si sois de la segunda, disfrutad de una joya de un cineasta mayúsculo que se ama tanto a sí mismo como ama el cine y su intención con estos geniales odiosos es contagiarnos de ambas cosas. Y ahora, me tomaré un café…

Nota: 8