martes, 12 de enero de 2016

Crítica: Feliz Navidad, Mr. Lawrence

Por Isaac Moreira



Feliz navidad Mr. Bowie
Tras el reciente fallecimiento de David Bowie, uno no puede evitar meterse de lleno, de nuevo, en las magníficas obras que nos ha dejado en sus más de 40 años de carrera artística y volverse a sorprender y emocionar. Supuso un antes y un después en la música. Supo evolucionar y adaptarse a las nuevas corrientes y estilos musicales, siempre con gran honestidad y dignidad. Pero hoy no vamos a hablar de su música.  

Bowie tenía un especial sentido del espectáculo y de la teatralidad. Su capacidad para crear un nuevo personaje en cada época musical de su carrera es legendaria. Sin embargo, es posible, que mucha gente no conozca la faceta actoral de Bowie. Trabajó en varias películas ya desde los años 70. Algunas pasaron desapercibidas, otras, pocas, son obras de culto (El ansia, Basquiat, El hombre que cayó a la tierra…) y alguna, como Dentro del laberinto, un pequeño clásico. Pero, para un servidor, hay una película especial por la que siempre le recordaré: Feliz navidad Mr. Lawrence.

El director Nagisa Oshima crea en ella un excepcional retrato del choque cultural japonés y occidental, enmarcado en un campo de prisioneros nipón de soldados aliados en la II Guerra Mundial. Un film sobre amistad, honor, rebeldía, respeto entre dos culturas diferentes y homosexualidad. Una película que occidentales y asiáticos interpretarán de forma distinta teniendo en cuenta las diferentes convenciones sociales que existen en ambas sociedades (mayores en 1983, cuando se rodó la película, que hoy).


Lawrence (Tom Conti) es un oficial británico que vivió durante varios años en Japón antes de que estallara la II Guerra Mundial, ahora prisionero de los japoneses. Por su conocimiento y amor a esa cultura es respetado por sus captores y se ve en la difícil tarea de suavizar el choque cultural entre el resto de prisiones y sus guardianes. Además, el capitán Yonoi (el también excelente músico Ryuichi Sakamoto), responsable de la prisión, sigue el código de honor de los antiguos samuráis. El frágil juego de equilibrio en el que se encuentra Lawrence entre prisioneros y japoneses se ve perturbado cuando llega Celliers (David Bowie), cuyo temperamento rebelde e imprevisible cautiva a Yonoi. También Takeshí Kitano hace un notable papel como segundo al mando de la prisión.

Las interpretaciones son brillantes, en especial la de Tom Conti. Es difícil reflejar la dualidad de encontrarse en medio de dos mundos, comprender a las dos facciones, pero no terminar de encajar en ninguna, ya que para unos será un traidor y para otros solo un prisionero. La relación entre los personajes de Bowie y Sakamoto dejará expectante hasta el impactante desenlace. (SPOILER: la escena de los dos besos sirve como extraña catarsis a la relación entre Yonoi y Celliers, dejando a la libre interpretación del espectador lo que esto significa para ambos personajes).
  
Por último hay que destacar la banda sonora compuesta por el propio Ryuichi Sakamoto. En concreto la pieza Forbidden colours. Sakamoto le pidió a Bowie que pusiera voz a la versión cantada pero “El duque blanco” declinó la invitación para poder estar centrado en la actuación. Una pena para todos los seguidores de ambos artistas. Sin embargo, tomó su lugar David Sylvian, cantante de Japan por aquel entonces, con el que ya había colaborando. Sylvian hizo un trabajo magnífico. Desde entonces han seguido colaborando y firmaron juntos otra muy recomendable composición para Babel, de González Iñarritu.

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