lunes, 22 de febrero de 2016

Andrzej Zulawski, El Amor es un Veneno

Por Paco Latorre



Que nos deje un cineasta de la personalidad de Andrzej Zulawski es ya no mala noticia sólo por no poder disfrutar más de su obra sino por un modo de entender el cine acusadísimo y personal, ese cine de autor europeo de los setenta, cine del que Zulawski representó también tanto su afectada esencia como la para algunos risible contrapartida poseur.

Pura estética arrebatada -en la autobiografía de otro furioso como es Klaus Kinski, Zulawski es de los pocos que no recibe palos aunque el  alemán dice que Lo importante es amar le importa un pimiento-, el cine de Zulawski es tan profundo como ridículo en sus pretensiones de trascendencia (lo dicho: cine europeo de los setenta), pero tiene la valentía y el arrojo de la pura carnalidad y de escupirle en la frente a la audiencia: Zulawski no es un pedante esteta apasionado al que parece importar bien poco la reacción del público frente a su obra más allá de la necesidad, eso sí, de que exista esa reacción; y que cuanto más vibre en el estómago, mejor. Me resulta difícil imaginar a un Gaspar Noé, por ejemplo, sin la herencia del cine de Zulawski.

Si un tema ha recorrido  la filmografía del polaco ha sido el amor y la pasión destructiva  -las más- y redentora -las menos-. Entiende Zulawski que el amor es puro exceso, y su cámara noquea en su nombre. La quintaesencia de su cine es, desde su título,  Lo importante es amar ; trágica, durísima pero conmovedora historia de amor a tres que aunque a ratos llega a ser ridícula en el buen sentido supone una bella elegía a la esperanza depositada en el amor. Cruda, pero al mismo tiempo recargada, la película por sí misma bien merece el esfuerzo de atreverse a cruzar las líneas que el cineasta propone.


Es La posesión para los amantes del cine fantástico su obra más representativa, y no me extraña. Un cruce alucinado entre La semilla del diablo, El exorcista, la serie b más gomosa y el maravilloso toque arty propio del melodrama canónico; todo aderezado con unos puntos de surrealismo-se imagina uno a David Lynch poniéndose muy burro con ella- y una Isabelle Adjani que nunca ha estado más lechosa y más guapa. Inolvidable la escena del metro por definir bien semejante desbarre personalísimo: cómo parece doler el gestar y parir según qué cosas, según que cine.

Si ustedes preguntan, mi favorita es La fidelidad. No sólo porque salga Sophie Marceau en toda su gloria sexual -Zulawski y ella fueron pareja sus buenos años; así también soy yo existencialista, no te jode- sino porque bordea cada una de sus obsesiones desde una óptica más gamberra de los normal  y estudia la pareja, el desamor y el engaño desde una cosmovisión burguesa con la que uno casi disfruta más que sufre por sus personajes. Tan pretenciosa como para atreverse a sacar un tiroteo con ametralladoras a cámara lenta porque ella lo vale, La fidelidad es una delicia de dos horas para degustadores de lo afrancesado y de los yonquis de trascendencia, o simplemente para aquellos que con cierta distancia y mucha sorna quieran cine valiente.

Poeta porque así lo quería y paso de llevarle la contraria, Andrzej Zulawski nos deja una ausencia difícil de cubrir en el panorama cinematográfico habitual en el que la sangre no bulle en las venas y las películas no palpitan cabalgando en la desmesura. Le queremos y le echaremos de menos, qué duda cabe.


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