lunes, 14 de marzo de 2016

Crítica: Remenber

Por Álvaro Tejero



Una vez acabados los Oscars, y con ellos la temporada de premios, suelen llegar a los cines una serie de grandes películas que por diversas razones se han quedado fuera de ellos. Tan solo una semana después tenemos en España Remenber, de Atom Egoyan. El director de origen armenio fue durante los  años 90 del pasado siglo uno de los cineastas más queridos por los festivales y la crítica especializada. Durante los últimos diez, haga lo que haga, es denostado por la misma crítica de forma automática con los mismos argumentos para cada película. Ni tanto ni tan poco. "Remember" es su mejor obra de sus últimos años y sin duda, una de las películas más potentes del último lustro. Así lo ha visto también algún crítico.

Remember está protagonizada por Zev/Christopher Plummer, merecedor de cualquier premio concedido este año, un anciano de 90 años superviviente de Auschwitz que padece demencia senil y que tras la muerte de su mujer emprende la misión de acabar con el nazi responsable de la muerte de su familia (se cree que algunos nazis se refugiaron en Estados Unidos adoptando la identidad de prisioneros de los campos de exterminio) con la ayuda de un compañero de asilo que padeció lo misma desgracia y que le guía desde la residencia al estar en silla de ruedas. Una historia de venganza protagonizada por un hombre que cada vez que despierta no recuerda su situación.


En una comparación fácil, el Memento de la tercera edad. Guy Pearce necesita sus tatuajes y Plummer la carta que lleva consigo (aunque su tatuaje de Auschwitz también sea clave), ambos deben fiarse casi siempre de terceros pero mientras Pearce se guía a sí mismo a Plummer le guían; diferencia importante que cristaliza en lo que busca cada película y sus resultados y objetivos finales, todo ello mucho más logrado aquí. Egoyan también suele dirigir sus propios guiones, pero aquí ha optado por llevar a la pantalla la historia de un guionista novel; y si bien es de una estructura más sencilla que los propios da como resultado una obra más emocional y posiblemente más efectiva, con un único pero brutal giro. Sigue hablando de la memoria, el autoengaño, la Historia, la muerte y sus grandes ejemplos en la historia, del concepto de justicia, del lado más oculto del ser humano con una sensación de normalidad.

Egoyan sigue basando gran parte de su fuerza en la construcción de atmósferas y en una tensión constante a base de elementos mínimos. Es ejemplar como revive el terror de los campos de concentración a través del sonido y algunos planos simbólicos, la manera en que la cámara transmite la continua desorientación del protagonista con continuas rectificaciones  y el poder de los primeros planos de esos actores cerca de su propio final (Martin Landau, Bruno Ganz, Jürgen Prochnow, Plummer); todo ello para rebatir la continua acusación de puesta en escena telefílmica. Consigue aquí una hora y media terrorífica culminada en un devastador clímax, que golpea al espectador y se instalará en su memoria con escenas tan impactantes como la del policía estatal nazi que tiene una perra llamada Eva o los distintos encuentros con los posibles culpable del crimen que quiere vengar el protagonista.

NOTA: 10

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