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Por Paco Latorre



Para enamorados de  la casualidad decir que pude -por fin, tras ansia por el hype– ver La bruja minutos después de que Radiohead lanzarán su nueva canción que responde al título de… Burn the witch. Puede decirse que, azar mediante,  tal asociación era señal de que me iba a pasar lo habitual cuando me generan altas expectativas. Imagínense.

La bruja es portadora de buenas y malas noticias. Las buenas son que deja la firme impresión de que su director puede hacer cosas importantes en el futuro, porque siendo su ópera prima hay las suficientes señales para guiñar un ojo: sabe crear atmósferas, no hay recurso al bocinazo y se preocupa en contar una historia. Sumemos que la película es visualmente intachable e interpretada a pecho palomo y tenemos la carta de virtudes.

Pero el problema está en una indefinición -o indiefinicicón, y perdonen ustedes el sobo- que hace que La bruja sea aceite en agua. Me resultó imposible una mínima empatía por los personajes en una historia -o, mejor dicho, en el tratamiento de la dicha- que nos sabemos de carrerilla. Hay una sobredosis de parloteo en busca de una carga dramática que sólo el material terrorífico conjuga. . Demasiada teología y hasta teleología para invertir en bruto en cuatro magníficos momentos, porque es cuando se quita el corsé cuando La bruja convence; pero es la molicie de una historia que más allá del exotismo folklórico se estira como un chicle-excusa para hacer lo que en un principio debía ser: el tren de la bruja, un akelarre, una fiesta pagana para el aficionado. Esas pretensiones y tics, impostados o no, son lo que convierten a La bruja en un maravilloso videoclip para Wolves in the throne room o Xasthur y en una decente y moderadamente aburrida película de terror.

Puntuación: 6