Hemos enviado la contraseña a su correo electrónico.

Por Álvaro Tejero
La última adaptación televisiva de una obra de Stephen King lanza a su protagonista en el tiempo con el objetivo de lograr la salvación general de los Estados Unidos de América impidiendo el asesinato de J.F.K y termina, tras un viaje cuesta abajo, logrando su redención a última hora gracias a la salvación particular que consigue James Franco.

Las posibilidades a la que se enfrentaba la miniserie eran múltiples y precisamente las dudas a la hora de elegir un camino ha sido su principal problema. Más si cabe con los prometedores dos primeros episodios.

11.22.63 entra de lleno en la materia. Ante las dificultades del tema y el número de episodios ya marcado decide poner las cartas sobre la mesa desde el principio y lograr la suspensión de incredulidad del espectador mediante la sencillez expositiva, la normalidad en las actuaciones y el encanto de una época (la década de los 60 del siglo pasado). Marca un objetivo con unas reglas básicas y un límite de tiempo: En un restaurante de Maine existe un portal temporal que te transporta siempre al mismo día de 1960 y que se reinicia cada vez que vuelves y que el protagonista usará para evitar el magnicidio de J.F.K y así convertir a los EE.UU en un lugar mejor. Por este proceso guiará al protagonista el siempre creíble Chris Cooper, que le explicará que el pasado siempre intenta evitar cualquier cambio en él. La serie opta por no complicarse con todo lo relacionado con los viajes en el tiempo y marca que lo que importa es detener a Lee Harvey Oswald. El problema viene con la traición interna que cometen los guionistas.
De golpe nos adentramos en una visión conscientemente nostálgica de la década de los 60, una sociedad idealizada que se truncó con el magnicidio de Kennedy. El protagonista pronto comprobará el poder del pasado y también que es posible cambiar las cosas en un segundo capítulo que capta el espíritu del mejor King con una actuación amenazante de Josh Duhamel.
A partir de aquí la serie se divide entre la investigación a Oswald para comprender que le llevó a cometer el magnicidio y la cada vez más predominante vida diaria de James Franco en los 60. Se aparta a un lado el thriller por un drama romántico y un leve estudio de la sociedad de la época. La historia de amor cojea, no solo por la falta de química entre Franco y Sarah Gadon, y el reflejo de los problemas sociales no merece ni mención. La investigación se vuelve rutinaria, falta de suspense y con situaciones mal resultas tanto de puesta en escena como de guión. Aparte de que el seguimiento de la vida de Oswald hasta ese noviembre de 1963 no aporta nada. Se obvian las conspiraciones pero tampoco se entienden los motivos que llevan a Oswald a ese punto.  Demasiados frentes abiertos para la miniserie que ni a través del montaje ni con la inclusión de un ayudante para la misión del protagonista consigue la cohesión.

Después de unos capítulos cada vez más aburridos e indiferentes para el espectador 11.22.63 consigue acabar con dignidad. En ello no influirá el futuro de Kennedy, los señuelos deben ser creíbles para lograr su objetivo como bien sabía Hitchcock, sino el del protagonista, que a través de una misión de tal envergadura consigue salvarse a sí mismo. Descubre cuál es el verdadero sacrificio que una persona puede realizar y los peligros de jugar con el tiempo y con la Historia. A veces en las pequeñas historias se encuentran las grandes historias.

NOTA: 6