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Por Iván Fanlo

Aaaaaains (léase como un suspiro), el paso del tiempo. Dicen que el paso del tiempo nos pone a todos en nuestro lugar, que el tiempo lo cura todo, el tiempo es relativo, que no es el tiempo lo que pasa, pasamos todos nosotros. Pero sobre todo, el tiempo te deja mirar las cosas con perspectiva. La perspectiva de un adolescente de 16 años (el que por aquí escribe) al que le voló la cabeza, como a muchos de vosotros, el estreno de Trainspotting allá por 1996. Una cinta refrescante, dura, divertida, triste, adictiva, con una bso perfecta, grandes actuaciones, sucia, en muchos aspectos transgresora, con un montaje alucinado… todo un oasis dentro del muchas veces denostado cine de los noventa. Trainspotting era un film que se quedaba ahí para mirarte a los ojos y hablarte de tú a tú. Una película generacional, el Drugstore cowboy de los 90.

20 años después se anunciaba el regreso de Renton y sus amigos ante la sensación generalizada de que podía salir algo realmente bueno: Irvine Welsh ya tenía una continuación publicada (Porno), Danny Boyle y John Hodge repetían en la dirección y el guión respectivamente, todos los actores volvían a sus míticos papeles… Si, todo tenía mucho sentido.

Así es como el mismo día del estreno elegí un cine, elegí un horario y elegí una bolsa de palomitas “grande que te cagas”, dispuesto a descubrir si tenía sentido o  no esta secuela de Trainspotting.

Una vez digerida y asimilada, lo primero que puedo decir sobre ella es que parece una pelí demasiado “facilona”. Boyle y Hodge se han quedado en una zona de confort donde prima la saturación nostálgica sobre las ganas de contar algo nuevo. Un error que se refleja en varias escenas-guiño a la primera película. El director apunta al espectador sin ningún tipo de escrúpulos: “¿Te acuerdas lo que moló la primera parte?” mientras escuchas Underworld de fondo. Esto funciona una o dos veces, pero  taaantas agota. Incluso ese Edimburgo limpio y luminoso, en el que apenas llueve, parece sacado de un musical buenrollero.

Lo peor es cuando esta dulcificación se contagia a los protagonistas (salvando a Spud), llegando a  parecer una versión soft de los que ya conocíamos. Unos personajes que en realidad poco han cambiado con el paso de los años  y que no terminan de explotarse. Si nos dijeran que todo pasa dos meses después del plano final del primer Trainspotting nos lo creeríamos. Y si por el contrario se pretende enfrentar el mundo actual a unos personajes que no han sabido evolucionar, se fracasa en el intento.

Por no acertar, no lo han hecho ni con la música. Ninguna de las canciones que escuchamos nos harán volver corriendo a casa a descargarnos la banda sonora. Tan solo algún momento aislado, como esa acelerada versión de Prodigy de la ya icónica Lust for life. Más nostalgia y seguimos para bingo…

Pero no se crean que todo va a ser malo. Si el abuso de la nostalgia es uno de los problemas de la película, en muchos momentos también es uno de los aciertos. El film entretiene porque es como a salir de cervezas con esos amigos que hace años que no has visto. Todo el equipo quiere a sus personajes y eso se nota. Se contagia.

Trainspotting 2 tiene momentos hilarantes (atentos a esa canción en el pub), momentos tristes, conmovedores, pero sobre todo  tiene a Spud, quien toma las riendas del film y acaba siendo el personaje mejor desarrollado. Nos emocionamos con él, nos reímos y sufrimos y vemos su continua evolución. Gran trabajo de guión y de Ewen Bremmer.

El paso del tiempo nos cambia como espectadores y como creadores. Danny Boyle y Ewan McGregor ya no son esos jóvenes con ganas de comerse el mundo. Uno tiene un oscar en su cuarto de baño y otro es una estrella consagrada. Puede que ambos necesitaran poner en perspectiva su carrera y dar las gracias a unos personajes que cambiaron sus vidas para siempre. Quizá nosotros tan sólo debemos sentarnos y disfrutar.

Gracias por la fiesta y por habernos invitado.

NOTA: 6