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Por Fernando “Retrocabeza” Gil

¿Os acordáis de cuando salió el DVD y volvimos a comprar muchas de las películas que teníamos en VHS porque se veían mejor y tenían extras? Y lo mismo años después, en menor medida, con el Blu-Ray. Ahora imagina que en vez de un formato estándar tienes tres o cuatro distintos, y que además cambian por completo cada cinco años, dejando obsoleto todo lo anterior. Bueno, pues eso es más o menos lo que pasa con los videojuegos. Por eso se hacen tantos remakes de juegos clásicos.

La simple mención de la palabra remake, asociada con el cine, hace que a muchos se nos pongan los pelos de punta. Tenemos demasiado recientes los remakes de Robocop, Ben Hur o Ghost in the Shell, por poner algún ejemplo. Son muchas las circunstancias (profesionales, temporales y espaciales) que hacen de una película una obra maestra. Es casi milagroso. Desde luego no es algo que se pueda recrear ni con todo dinero y la publicidad del mundo. Sí, la intención de acercar los clásicos a las nuevas generaciones adaptándolos a los nuevos formatos es muy noble, siempre y cuando entiendas qué es lo que hacía especial al original, y en eso fallan casi todos. En sus ansias de “mejorar” el original, ningún remake aporta nada relevante ni novedoso de verdad. Ni siquiera Ridley Scott o James Cameron parecen entender ya lo que hacía especiales a sus primeras películas.

Mientras tanto, en el mundo de los videojuegos, la palabra remake tiene otro significado bien distinto. Para empezar, son mucho más habituales. Debido a su naturaleza, los programas informáticos se deben que adaptar para sobrevivir en un medio que evoluciona constantemente. Cada plataforma de juego tiene sus peculiaridades. Incluso los juegos vienen en diferentes formatos físicos. Por eso todas las versiones del Tetris o del Pac-Man que existen no dejan de ser remakes de los programas originales. Cuando los juegos se quedan obsoletos y se vuelven difíciles de encontrar, la única forma de presentarlos a los nuevos jugadores es relanzándolos. De ahí tanto remaster, versiones HD con mejores texturas, logros, multijugador online y diferentes “añadidos” a los juegos clásicos. Otros remakes se hacen desde cero, respetando a rajatabla el original como el reciente Wonder Boy The Dragon’s Trap, o reinventándolo por completo como el futuro Final Fantasy VII.

En los videojuegos, como en el cómic, puede cambiar el equipo técnico y el aspecto de un personaje muchas veces a lo largo de los años, y sin embargo entendemos que sigue siendo el mismo. Podrían enseñarnos cualquier imagen de Mario de los últimos 30 años, con píxeles o con polígonos, y en todas reconoceríamos al mismo personaje. Todos son Mario. Las mecánicas jugables, que definen a un personaje tanto como su aspecto, también evolucionan y añaden movimientos al repertorio clásico. Ahora suenan con orquesta, pero seguimos reconociendo las viejas melodías. El único caso parecido que se me ocurre en el mundo del cine es el de James Bond. Diferentes actores, diferentes estilos, todos Bond. Pero es una excepción. Y Batman. Y seguro que hay más, pero ya me entendéis.

¿Por qué funcionan entonces los remakes de videojuegos, y los de películas clásicas fracasan en casi todos los casos? No es una cuestión de fidelidad. Se puede ser innovador y respetar la obra original al mismo tiempo, como vimos en los remakes de La Cosa (John Carpenter 1982) o La Mosca (David Cronenberg 1986). La clave, como decía hace unas líneas, es respetar “el alma” de una obra, aquello que la hace especial. El remake de Ocarina of Time para Nintendo 3DS, por ejemplo, mejora al juego original en todos los aspectos. No sólo visualmente, sino que incorpora nuevas formas de jugar que lo hacen más accesible para las nuevas generaciones y más atractivo para los veteranos que quieran redescubrir sus juegos favoritos en las plataformas actuales. De no ser por nostalgia o por interés arqueológico, el buen remake puede ser la mejor manera de disfrutar de un videojuego clásico sin tener que enfrentarse a mecánicas obsoletas y carencias del pasado. Si se tratan con respeto, las obras maestras pueden seguir siendo relevantes sin perder su identidad por el camino. En eso el cine tiene mucho que aprender de los videojuegos. Y además son divertidos.

@RetroCabeza
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