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Por Raúl Rubio

Lo vivido el pasado 15 de julio en Lanuza fue una experiencia sensorial casi mística. Ese tipo de noches en el que todo encaja, todo une y todo perdonas. Un sentimiento nuevo que iba naciendo conforme el público, cual nómadas que traía el viento, recorría en un peregrinaje comunal el camino que bordeaba el lago entre montañas. Era la hora del crepúsculo y los poetas preparaban el fuego.

Dicen las crónicas entendidas que más de 4000 personas llenaron el anfiteatro y la cola de coches para acceder al recinto fue kilométrica. Caras conocidas de la promoción musical aragonesa se saludaban y sus miradas cómplices dejaban ver a las claras la importancia de la ocasión. Abajo en el escenario, Gonzalo de la Figuera, como maestro de ceremonias, hacía los honores y anunciaba el cambio de orden de los artistas: Juri Camisasca, como invitado de última hora – palabras textuales –  abriría el concierto para Franco Battiato interpretando tres canciones. El supuesto telonero, Bozo Vreco, cerraría la noche.

¡Y qué noche! El talentoso y espiritual artista transalpino, Juri Camisasca, habitual colaborador de Battiato, véase sus óperas líricas Telesio, Gilgamesh y Genesi, preparó al público de manera magistral con ese bello canto al mundo que es Il sole nella pioggia. Tema que compuso para otra cantante relacionada con el siciliano, Alice. Un artista muy interesante este Juri Camisasca, monje benedictino durante once años y, después, ermitaño en las faldas del monte Etna. Siempre en busca de la meditación y la espiritualidad. Por cierto, autor de Nomadi, canción por la cual el que esto escribe se rasgaría los pulmones pidiendo incansablemente, e inconscientemente, a Battiato que la cantase – por supuesto, no lo hizo. Bendita ignorancia.

foto Javier Blasco

Y ya caído el sol, en noche cerrada, se dejó oir “L’ombra della luce”; ese grandioso tema con el que acostumbra abrir los conciertos Franco Battiato. Sereno, expansivo, de tonalidad casi oriental, la canción te envuelve y te eleva a otros niveles. “Perché, le gioie del piú profondo affetto / o dei più llevi aneliti del cuore / sono solo l’ombra della luce.”

El polifacético y prolífico artista italiano estuvo acompañado por un cuarteto de cuerda, un pianista y un teclista que interpretaron con precisión un repertorio de temas clásicos, en el que no faltó La Cura, Povera Patria, Prospettiva Nevski, L’animale, E ti vengo a cercare, I treni di Tozeu, La estagione dell’Amore, una magnífica canción de Jacques Brel, Il vecchio amanti, y si la memoria no le traiciona a este humilde servidor, Le nostre anime, inédita y genial canción que da nombre a su último disco recopilatorio. En total unas veinte canciones que seguramente le pareció un tanto ajustado en duración a un público entregado (ya se sabe los festivales y sus tiempos) y al que Franco Battiato supo agradecer, pese al frío y alguna muestra de cansancio, con amabilidad, sensibilidad y un guiño al optimismo en las dos canciones del bis final, Voglio vederti danzare y su famosa versión del Cucurrucú paloma.

Cerró la noche la interesante propuesta del bosnio Bozo Vreco, fusión de músicas tradicionales del Mediterráneo, en concreto el flamenco con el folclore balcánico. Voz, desparpajo y presencia en el escenario no le faltan.

foto Javier Blasco