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Por Iván Fanlo

Cada vez que Christopher Nolan estrena nuevo film parece que el mundo se para. Internet se divide entre fans o haters del director británico dispuestos a sacar sus cuchillos en blogs, comentarios de facebook y mensajes de wasap. Por si fuera poco,  Nolan ha estado muy activo últimamente haciendo declaraciones en contra de Netflix o sentenciando sobre lo que es cine y no lo es.

Y así de primeras, me meto al cine con la dicotomía de dejarme llevar por el Nolan que me enamoró en Origen o El caballero oscuro, y de que como espectador debo exigir que me demuestre lo buen director que dice ser. Tras 100 extenuantes minutos salgo del cine con la sensación de haber visto una bonita explosión controlada pero carente de corazón. El director ya advirtió en muchos medios que había que tomarse Dunkerque como una experiencia más que como un film al uso y a cierto nivel lo consigue. Durante gran parte de su metraje nos encontramos ante un film asfixiante en el que no dejan de pasar cosas.  Pero, muy a mi pesar, lo que presenciamos no es un viaje con unos personajes trabajados, es un ejercicio de estilo de alguien que parece más preocupado de ejercer su papel de “director del siglo” que de contar algo que realmente traspase la pantalla.

Si ha todo esto le sumamos que se me hace poco creíble ver una película bélica sin una gota de sangre, que hasta la de Benidorm parece más una playa en guerra que la que vemos en pantalla, la reiteración de Nolan en jugar con el tiempo y el montaje, el cambio de tono casi al final (la escenita de los barcos ingleses llegando a la costa con la música a tope es pura manipulación y sensiblería) o el cada vez más marcado mensaje conservador de sus films, Dunkerque se sitúa más cerca de decepcionarnos que de gustarnos. La próxima vez será.

Nota: 6