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Por Sixth Man 77

Sin conocer personalmente a Edward Wright creo que sería de esas pocas personas con las que tendría más de dos o tres cosas de las que charlar. Y una de ellas sería el gusto por la música. Ya que, si uno ha visto los distintos trabajos del director británico, algo queda claro desde el principio: es un fanático de la música y el ritmo. Y si ya éramos conscientes de ello desde Spaced—quien no sepa de lo que hablo que busque algo sobre el mensajero que allí aparecía—ahora, con su último trabajo, nos lo ha dejado diametralmente claro.

Baby Driver es lo que toda película debería ser como mínimo: montaje, más montaje y buena música. Una clase magistral sobre cómo manejar la imagen y el movimiento utilizando la música como eje narrativo, como articulador de la trama. Y si después tenemos algo más profundo que contar, ya veremos, pero mientras, mantengamos al espectador entretenido. Y si no tenemos nada realmente bueno que contar llenemos los huecos con constantes referencias a la cultura popular de los últimos 40 años. Un poco de videoclip, unas dosis de profesionalidad interpretativa para hacer que el poco diálogo sea sobresaliente… Vamos, lo que hizo de Tarantino lo que es hoy en día, pero sin fusilar el cine asiático hard-boiled (Bazinga!). Con estos ingredientes bien mezclados, lo que tenemos es un buen producto de entretenimiento. Esto no es cine de arte y ensayo, es solo artesanía.
Desde el primer segundo, Wright nos deja claro que estamos delante de una película, o mejor dicho, de un cuento en el que el sonido es la estrella. Ese ruido blanco que se nos mete en los oídos desde los títulos de crédito es lo que el protagonista siente cuando no está escuchando‑viendo el mundo a través de uno de sus iPod. Cada momento en la vida tiene su banda sonora. Ese juego es constante durante todo el film, forzando a todo ruido hasta convertirlo en armonía. Además, como es costumbre suya en otros trabajos anteriores, el metadiscurso está presente en todo momento, haciendo al espectador un poco más partícipe de la historia. Esas frases sutilmente grafiteadas por la calle que corresponden a  la letra de la canción que se escucha o esas líneas de guión que informan no solo a los personajes sino también al espectador: «Si no me volvéis a ver es que estoy muerto». Detalles dentro de los detalles.

El desempeño actoral no desmerece en una sola secuencia. Además,en los diálogos,el acento interpretativo se centra en los actores de mayor nivel dejando a los noveles los momentos más visuales.

Comencemos con el joven, tierno y divergente Ansel Elgort, que se pasea desde el primer fotograma como si la cámara no existiese. Y es de agradecer, pues aunque no parezca ser el próximo Al Pacino su aportación en el film es capital. Un niño bueno en una historia de malos. Un chaval con problemas para relacionarse con un mundo con el que tan solo puede conversar a través de la música y un coche.

Su contrapartida femenina o su media naranja existencial dentro del cliché chico‑conoce‑chica es Lily James. A pesar de lo edulcorado y manido de su papel, la actriz inglesa encanta a la cámara con su naturalidad y sencillez.

Para fortalecer los frágiles cimientos de esta historia mil veces contada, y que ya no solo pertenece al inconsciente colectivo americano sino al de todo occidente, tenemos a dos veteranos curtidos en mil y una batallas. No hace falta hablar de la solvencia de dos actores como Kevin Spacey y Jamie Foxx. Ambos están impecables, rematando y convirtiendo en oro macizo cada una de sus frases. Haciendo mucho con muy poco.

Los acompaña el binomio formado por Jon Hamm y Eiza González. Una pareja de alto voltaje que cumple con su papel y que da cierta perspectiva actualizada del estereotipo de Bonnie y Clyde.

Por otra parte tenemos al novato de 67 años C.J. Jones. Actor sordo en la vida real que interpreta al padre adoptivo del protagonista y con el que mantiene unos simpáticos diálogos; obviamente, sin articular ni una sola palabra.

Mención aparte para Jon Berthal. Una bestia en esto de rellenar cada encuadre con esa cara rota, pétrea, pero brutalmente hipnótica. El heredero directo de esos grandes rostros de la era dorada de Hollywood como fueron John Garfield o Humphrey Bogart. Más papeles para este señor, por favor.
Y si el sonido es la estrella de la película, el actor que la interpreta es la banda sonora. En mi opinión, de matrícula de honor. No solo porque los temas elegidos sean lo que en mi barrio llamaban «pepinos», sino por lo que aportan a la historia y por cómo se entremezclan en todo momento. El corazón de la película late al compás del metrónomo de Edward Wright.  Se nota el cariño y el gusto por la música desde el primer tema hasta el último. Cuando uno termina de verla lo primero que le apetece es volver a casa y poner unos cuantos clásicos de la banda sonora particular de cada uno. Poder charlar con ellos como con un viejo amigo al que hace mucho que no ves.

Nota: 7