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Por Paco Latorre

Hace poco le mostraba en Cracovia Bar (visítenlo si vienen a Valencia) mi lista de favoritos del móvil a un habitual (un saludo, César, aunque sé que no me lees) que se quedó estupefacto ante la cantidad de entrevistas a Aki Kaurismaki que tengo guardadas. Vaya pues por delante que no voy a ser imparcial. Claro que pocas veces lo soy.

También hablaba con un buen amigo hace unos días (un saludo, JM, aunque sé que no me lees) la dificultad de tener una conciencia política de izquierdas -que se supone que es es, grosso modo, la que uno tiene- visto el empeño en encasillar a uno en un estante del supermercado ideológico -al lado de las sepias- o las pocas ganas de que a uno le identifiquen con la cochambre institucional política roja (a JM, que es una de las personas más de izquierdas que conozco, la ortodoxia le ha llamado a veces ¡facha!).
A Kaurismaki se le adivina en las entrevistas la acracia rampante que debería caracterizar a cualquiera con un par de dedos de frente en actitud política,una postura con raigambre en unos principios de puro sentido común (a nosotros nos indignan cosas indignantes, pero nos indigna más lo que hacen los indignados) que, aunque dé un poco de grimilla decirlo, colinda con un humanismo crítico de quedarse detrás del telón. Pero estar ahí.

Parte de su ¿trilogía? sobre los refugiados, El otro lado de la esperanza es tan social como el cine del finlandés siempre ha sido, teniendo en cuenta que su concepto de los social pasa por un tamiz más chapliniano que, por suerte, afín a la chapa de Ken Loach o -peor aún- un Fernando León de Aranoa. La estética al servicio de la ética más que la política, porque si el cine de Kaurismaki es político es por lógica moral en un panorama donde welcome refugees ya es eslogan de camiseta, tópico de pintada o grito pelado de manifestación.

La historia mínima de un refugiado sirio que llega a Finlandia huyendo de la horrible guerra de su país se cruza con el corpus kaurismakiano de un hombre de mediana edad que, hasta los huevos de vender camisas durante años, se la juega comprando un ruinoso restaurante -con sus ruinosos trabajadores- para cambiar de vida. A partir de aquí el finés pone en solfa su habitual querencia por el humor absurdo y surreal, componer una elegía al perdedor , musicar con gusto soberano y decirle a Edward Hopper y a Melville lo mucho que les quiere. Una forma de hacer política a través del arte con la manera menos artística posible. Ya me entienden. O no, qué más da.

Por supuesto la película es una maravilla, pero eso ya lo sabíamos antes de verla.

Nota: 9