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Por Sixth Man 77

Como para muchos de mi generación antes los fines de semana eran sinónimo de videoclub. En mi caso la peregrinación empezaba el viernes por la tarde o el sábado por la mañana. Acompañaba a mi madre y alquilábamos cintas para todo el fin de semana. Entre el material seleccionado era muy habitual que hubiera películas no recomendadas para menores de 13. En mi casa no eran muy de seguir ese tipo de pautas. Gracias a esto pude vivir y experimentar muchas películas aun cuando por mi edad era casi incapaz de entenderlas. Pero recuerdo una película en concreto que me marcó a un nivel muy profundo, más allá de entender que es lo que contaba. Me estoy refiriendo a “Blade runner”. Obviamente he visto la película varias veces, en sus distintos formatos y montajes, pero las sensaciones y los recuerdos de la primera vez aun se mantienen vívidos en  mi memoria.

Nunca podré olvidar aquel comienzo y la sensación de angustia y claustrofobia. Los primeros compases de la obra maestra creada por Vangelis marcan una cadencia lenta, inexorable, pesada, hasta que las primeras notas sintetizadas aparecen iluminando la harmonía. Pero al poco de alzarse parecen alejarse y hundirse en lo más profundo. Sobre esa sensación de hundimiento aparece el pequeño prólogo en el que se informa de qué está pasando, donde y cuando. La música pasa a ser completamente ambiental, una mezcla de campanadas y sirenas apoyadas sobre un sonido trémulo. “Los Ángeles, Noviembre, 2040” Fundido a negro. Una explosión nos abre la vista nocturna de una vasta ciudad con millones de luces, dominada por grandes rascacielos y torres metálicas de las que emanan llamas y explosiones, bajo un cielo sucio y opaco. Un ojo lo divisa todo mientras el plano se va acercando hasta dos grandes pirámides. El espectador es sumergido en el interior de una de ellas.
Encontramos una gran sala con cubículos iluminada a contra luz de manera gélida. Un lugar donde se respira humo y polvo por mucho que los ventiladores de techo giren. Sonidos de todo tipo saturan y cargan el ambiente aún más. El interrogador, alguna especie de funcionario, hace preguntas muy extrañas que provocan cierta desazón al interrogado. Un zumbido aumenta de frecuencia y crea una respuesta cardiaca. La sensación de opresión es agobiante. El interrogador de repente se relaja con total condescendencia. Tan solo busca una respuesta emocional. Diez segundos después la conseguirá.

En las calles, a cientos de metros bajo los grandes anuncios de Coca-cola, se esconde una maraña multicultural atestada de gente en bicicleta, de personas con paraguas o chubasqueros. La lluvia como la omnipresente noche son protagonistas eternos en este mundo postindustrial y decadente. Nunca hasta entonces se había mostrado en la gran pantalla un futuro tan posible. En ese ambiente deprimente y asfixiante conocemos al protagonista, Dekkar. Un ex caza recompensas (O Blade runner) cuyo trabajo es retirar de la circulación a los llamados Replicantes. Estos son máquinas creadas por el hombre a su imagen y semejanza pero dotados de mayor fuerza y resistencia por lo que son usados como esclavos en la colonización del espacio exterior. Varios Replicantes han escapado de una colonia y han llegado a la tierra. La misión de Dekkar es encontrarlos y retirarlos….A día de hoy lo recuerdo tan bien como si lo hubiera visto ayer mismo. Para mi “Blade runner” por encima de consideraciones sesudas, fue una experiencia en todos los sentidos.

Para aquellos que a estas alturas todavía no hayan visto esta película, solo diré una cosa, si el comienzo es bueno, el nudo y el desenlace son mejores. Es cierto que los problemas de presupuesto crearon más de un error. algunos usados por el mismo director para hacer un nuevo montaje y cambiar de paso la dirección entera de la historia. Pero con todo y con eso “Blade runner” contiene momentos que se han convertido en iconos de la historia del cine contemporáneo cargados de belleza y líneas de guión que han traspasado las fronteras del propio film llegando a ser poesía.
En cuestiones más analíticas estamos delante del típico planteamiento de la narrativa noir. Dekkar podría ser perfectamente un personaje de Dashiell Hammett si estuviera a principios de los años 20. Muchos autores, tanto literarios como cinematográficos, se han ayudado de los esquemas y del lenguaje del pulp para a su vez construir un discurso que va más allá de la propia narración policiaca o de investigación. Y ese es el caso de “Blade runner”. Son muchas las implicaciones y las preguntas existenciales que se introdujeron en la historia aunque algunas son completamente universales: La vida y la muerte, ¿Quién nos ha creado?, ¿Cuál es nuestro propósito?

Pero no solo las razones filosóficas son las que han hecho de ella una película de culto. El secreto de su atemporalidad es quizás esa mezcla de capas tan homogénea. Unas capas que incluyen multitud de referencias y de componentes y que la conviertieron en la primera película de un nuevo género. La visión de un futuro de alta tecnología donde la gente sigue viviendo una realidad anclada en el pasado, llena de miseria y pobreza, es una de las premisas del ciberpunk. “Blade runner” fue la precursora en mostrarlo de manera cinematográfica.

El aspecto conceptual fue tomado de la obra del dibujante Jean Giraud, más conocido en su etapa de ciencia ficción como Moebius. Entre otras cosas Giraud fue uno de los creadores de la revista de historietas “Metal Hurlant” y es posiblemente uno de los principales responsables de plasmar con su arte el mundo de la literatura de ciencia ficción. Estamos hablando de esa estética que mezcla lo moderno con lo antiguo. Esas prendas sacadas de los años 40 y que parecen haber sido retocadas para usarse por una banda punk japonesa. Pero por muchas influencias tomadas que hubiera sería injusto olvidar que fue Syd Mead el que realmente fabricó el mundo visual que vemos en la película. Al principio su trabajo iba a ser solo el de diseñar los vehículos pero acabó convirtiéndose en el creador del concepto visual. El fue el responsable de conseguir esa aura que parece sacada del “Nighthakws” de Hopper.

El libro del gran escritor Phillip K. Dick fue la urdimbre necesaria para lucir tal amalgama y darle coherencia aunque la novela y la película se diferencian lo suficiente como para ser obras independientes que forman parte de un mismo universo.
Se dice que el rodaje fue un auténtico suplicio. Los actores estaban hartos de estar todo el día rodando bajo el agua. La relación entre Harrison Ford y Ridley Scott no era precisamente buena como tampoco lo era entre Ford y su compañera Sean Young. Y si esto no fuera suficiente los productores no dejaban de entrometerse.

Pero no todo fueron complicaciones y problemas. El momento que más ha trascendido del film, del que más ha hablado, el que hizo que el actor que lo declamó haya pasado a la eternidad, fue prácticamente una cuestión de fortuna. Rutger Hauer, actor que interpretaba al líder de los replicantes renegados, ha contado infinidad de veces como el final del soliloquio de las puertas de Tanhaussen fue cosecha suya. Él tomó el texto que le habían proporcionado y lo acortó sumando una frase que ha pasado a la historia: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia”

Y de ese sentimiento tan humano y a veces necesario que es la nostalgia es de lo que vive el buen cine.