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Por Paco Latorre

Llegada cierta edad he ido hablando con gente más o menos cercana sobre la toma de conciencia de que uno, efectivamente, va a morirse en algún momento. A mí me pasó durante los dos meses que me pasé postrado en la cama tras haberme roto el tobillo a base de bien, situación y tiempo en el que tienes tiempo hasta de pensar en monos y dinosaurios. Descubrirme llorando porque me iba a morir (tremendo susto se llevó mi pobre madre) fue una forma de equilibrar toda esa indiferencia equidistante hacia la muerte cuando eres niño (con genial imbecilidad una niña que tuve como alumna me dijo hace un par de años que morirse tampoco es para tanto).

Fuera de cierta resignación epicúrea y de trabajar en esto de la vida sabiendo que igual ya he vivido más de lo que me queda, tiene su miga ver una película como A ghost story. Súmenle a la muerte el amor, que se muera no un familiar sino la persona que has decidido que sea tu persona. Ojo con la película porque es de languidecer bajo manta y dejar poso durante a saber cuánto. Pero también es de fast forward, no por un ritmo lentísimo que personalmente agradezco en la era de lo sincopado sino por un pedante que atufa desde ese caprichoso encuadre (que, jódame, resulta). A ghost story tiene el mérito de poder haber sido muy ridícula y evitar el despropósito en base a unas imágenes muy bonitas -así, a lo pueril- porque la historia no es nada del otro mundo (evitaremos la broma fácil). Claro que, eso no significa que no sea importante, todo lo contrario.  Tenemos a Rooney Mara con su habitual cara de haber perdido su plato de lentejas y a un Casey Affleck que si bien me parece un actor magnífico (Adiós, pequeña, adiós; Manchester by the sea, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford) corre el peligro de encasillarse -Manchester by the sea, de nuevo- en ponerle cara al existencialismo plañidero y que aquí lo tiene difícil yendo media peli cubierto con una sábana. Si bien funciona como drama de sopa caliente y no tanto como peli de terror -tampoco creo que lo pretenda- , rechina por un toque indie que en algunos momentos es exasperante -sale Will Oldham, ya está todo dicho- y por otros, reconozcámoslo, conmovedor -sale Bonnie Prince Billy, también está todo dicho-.
Que sí, que merece la pena -se queda en mi disco duro-, pero con manual de instrucciones sobre todo en domingo o tras que no te haya hecho ni caso la chica que te dio su teléfono la otra noche. Porque si te lo llega a hacer, el mimo de A ghost story habría sido de no salir del sofá.

Nota: 8