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Por Paco Latorre

Sin ser adalid de los movimientos antinatalidad sí soy de esas personas a las que los niños le asustan y le parecen extraterrestres. Mi instinto paternal es nulo y tengo la firme creencia de que en determinados casos traer vidas al mundo es un ejercicio de irresponsabilidad y egoísmo.

Desde el punto de vista biológico la maternidad ha de ser todavía más marciana, pero socialmente hemos tenido antídoto a paletadas. No por lo biológico per se, sino por la conciencia. Madre no hay más que una hasta que la tecnología diga lo contrario.

Sin intuir ni pensar todo esto, llega un tal Alain Robak a principios de los noventa con hora y media de pesadilla en torno a la maternidad llamada Baby Blood ; historia de madres, vampiros y complejos que hoy en día tendría tantas lecturas que haría explotar a los opinadores de Twitter. Lo mejor de la película no es que sea una metáfora nada sutil de lo materno ni que tenga tantas lecturas según retruécanos éticos (cabrearía a tantos -ismos que complicado sería llevar la cuenta), sino que posiblemente tenga pretensiones cero de hacerlo porque Baby blood es un gore entretiempos repleto de la pureza de la inmediatez y la mala leche del combustible: un feto pide a una madre que mate para darle sangre y poder vivir. Sin más. Y eso que nos llevamos.

Antes de la moda destroyer del nuevo terror francés -felizmente fenecida tras eso de Martyrs– Robak ya se adelantó en lo tosco y en un nunca suficientemente ponderado burrismo desde la serie b más canónica, en tiempo de nadie -ya pasados los fértiles 80 y llegando los mortecinos, en el terror, 90- y con la torpeza deudora de medios y consecuencia del entusiasmo. Una película a reivindicar, qué duda cabe.