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Por Álvaro Tejero

TRAIN TO BUSAN VS THE GIRL WITH ALL THE GIFTS

En el saturado género de los zombis o similares cualquier variación o novedad competente es buscada por espectadores y críticos con el mismo afán que los infectados persiguen la sangre humana. En el último año dos películas han centrado casi todas sus atenciones; en especial una de ellas. Train to Busan (2016) se ha convertido en una de las sensaciones del año, copando muchas listas aupada por una recepción crítica prácticamente unánime. Su competidora en el género ha sido Melanie, The Girl with all the Gifts (2016), que partiendo de una famosa novela de Mike Carey no ha conseguido igualar la fama y consenso crítico de la primera.

Ambas comparten una serie de elementos: premio en Sitges, intentan insuflarle nueva vida a un género gastado, apuestan por infectados de gran fuerza física, cuentan con presupuestos ajustados, colocan a una niña pequeña como parte central del relato, y pretenden reflexionar o criticar a la sociedad actual a partir de su premisa como toda buena cinta de terror. Sin embargo, los resultados son bien distintos:

Train to Busan

En Train to Busan, un virus hará caer a Corea del Sur en el caos absoluto en una pocas horas y lo viviremos a través de los pasajeros de un tren dirección Busan. El director Yeon Sang-ho apuesta por un thriller lleno de acción que le debe varias ideas a  Snowpiercer (Bong Joon-ho, 2013) y que descarrila gravemente en su media hora final. Tras un buen planteamiento inicial con cierta sutileza e imágenes potentes como ese viaje nocturno hasta la estación la película monta en el ferrocarril y mantendrá la tensión de forma eficiente hasta la primera hora de película a pesar de ligeros problemas y con una agradecida parada en el trayecto. En esta parte ya vemos como los zombis varían de comportamiento en virtud de la necesidades del guión, las escenas de acción contienen excesos propios del cine coreano sin la brillantez en las coreografía de otros directores, montaje paralelo en ocasiones forzado y una crítica social un tanto evidente vista a través de los ojos de la niña. Se produce entonces una escena paradigmática: un personaje decide abrir una puerta y sabemos que lo va hacer; pero el director no deja que sean las imágenes quienes lo cuenten sino que usa una voz para enfatizar el momento restándole dramatismo.

Después llegará la segunda parada en el camino y el destino de los personajes dejará de interesar. Train to Busan se convierte en una cinta de catástrofes de brocha gorda que va dejando cadáveres sin trascendencia, repite escenas, deja al descubierto su ajustado presupuesto innecesariamente y engloba su crítica social en un villano final enfrentado al nuevo héroe mientras la niña llora y grita como “recurso” dramático incluso mientras canta en un final repetido y lo peor de todo, sin fuerza.

The girl with all the gifts

Como adivinaran, The Girl with all the Gifts es todo lo contrario desde ese sorprendente inicio que hace que el espectador quiera saber más de esa cárcel en la que los presos son niños hambrientos de carne humana que asisten a clases llenas de referencias clásicas y un mundo interno lleno de reglas que se respetan durante toda la película. Melanie sigue el camino de las cintas postapocalípticas, con una naturaleza que está volviendo a reclamar su lugar mientras la humanidad evoluciona en una batalla contra sí misma que solo puede alargar, lo que lleva en su parte central a que no pueda escapar de los habituales momentos de personajes yendo de un lugar a otro. Pero es ahí donde no se olvida de desarrollar a sus personajes a través de sus interacciones con la protagonista, una Sennia Nanua que representa el eslabón entre el nuevo y el viejo mundo, recuerda a Hannibal Lecter con esa máscara usada para controlar sus instintos y realiza un trabajo impresionante siendo capaz de aguantar duelos con gente como Glenn Close, Paddy Considine o Gemma Arterton; que aquí abandona sus trabajos más corporales por si alguien tenía dudas de su calidad como actriz.

El guión del propio novelista está lleno de ideas sobre el poder de la naturaleza, el límite ético de la ciencia, el poder de los instintos, el miedo a lo desconocido (Melanie podría ser miembro de los X-Men por todos sus conflictos) o la necesidad de la educación; construyendo una metáfora sobre nuestra sociedad que no se olvida de que está haciendo una película de género. Carey, junto a la sobria y potente dirección de Colm McCarthy, que consigue apartar los ataques de esteta que ofrece en la televisión, dejan uno de los ataques zombis más potentes que se han rodado, unas imágenes llenas de lecturas, y no tienen miedo de mostrar la violencia ejercida por supuestos niños inocentes (no se olvida esa escena sacada de En Busca del Fuego (Jean-Jacques Annaud, 1981)  o del Kubrick de 2001).

Pero a pesar de tal fatalismo la película apuesta siempre por la esperanza que representa el personaje de Gemma Arterton, que protagoniza un final que hubiera gustado a Truffaut por su confianza en la educación y que convertirá a The Girl with all the Gifts en una película de culto con el paso del tiempo. Todo lo contrario que Train to Busan.