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Por Sixth Man 77

Cuando veo el cine que puebla la cartelera actual, me colma la desesperanza. El cine «con posibles» anda lleno de mensajes planos y simplistas. Preocupado por satisfacer una falsa idea de superioridad moral e ideológica que apesta. El cine de compromiso político y social peca de los mismos errores que el enemigo al que trata de combatir. Sufre de soberbia, ceguera y autocomplacencia. Por eso cada vez más necesito recurrir a obras que se hicieron en un pasado, cercano o lejano, cuando el canon no se despreciaba y los tiempos eran igual o más convulsos que los de hoy en día. Sin ir más allá de mediados de los 90 nos podemos encontrar con Lone star, película del irregular John Sayles, que en esta ocasión demostró su buen hacer tanto en la dirección como en el guión, trayéndonos una drama fronterizo que no ha envejecido con el paso del tiempo. Estamos hablando del año 1996. Las grandes producciones del momento tenían pegada. Misión imposible, El paciente inglés y Una jaula de grillos, Sleepers son tan solo una muestra de la buena forma que tenía el gran cine comercial de la época. Formidables historias de acción, dramas potentes, comedias desternillantes, denuncia social. Hollywood gastaba millones y los productos satisfacían tanto a la crítica como al público. Muy por debajo de esos grandes presupuestos se encontraba Lone star. Estamos hablando de una película de 5 millones de dólares. Con actores que habitualmente eran secundarios, como Chris Cooper y Elizabeth Peña, en los papeles protagonistas. Con viejas glorias como Kris Kristofferson y con jóvenes promesas como Matthew McConaughey. Pero sin ninguna gran estrella, tan solo oficio. Artesanía cinematográfica pura y dura. El film cuenta con una combinación de géneros muy potente: western fronterizo con tintes de cine negro, aderezado con toques de drama y unas gotas de crítica social. Con estos ingredientes podría haber sido un completo mejunje pero John Sayles fue capaz de sacar un producto de calidad superior.
Lone star comienza con el hallazgo de un cadáver en el campo de tiro de un cuartel militar a las afueras de un pequeño pueblo fronterizo en el estado de Texas. Todas las pruebas apuntan a que el cadáver es el de un antiguo sheriff de la ciudad recordado por su corrupción, su baja estofa y su gatillo fácil. La investigación llega a manos del actual responsable de la autoridad policial, hijo del que dicen fue el mejor sheriff de la ciudad. Sus pesquisas serán el desencadenante de una historia llena de secretos inconfesables y mentiras. A su vez seremos testigos de varias historias que nos llevarán del presente al pasado de algunos de los habitantes y que se encuentran intrincadas con la trama central. Todo un espectáculo de capacidad narrativa que, hoy en día, con la incapacidad reinante para contar historias, daría para una mini serie. Historias grandes y pequeñas mezcladas sin ningún artificio. Un uso del flashback de escuadra y cartabón: como herramienta narrativa al servicio del guión y no para marear al espectador. La crónica es completamente sincera en su propuesta y va desgranando los acontecimientos poco a poco pero sin pausa, sin flaquear en ningún momento. Una delicia para los amantes del séptimo arte, que dirían los viejos cinéfilos.

En la cuestión actoral todos y cada uno de los intérpretes están a un nivel que raya la excelencia, aunque siendo esta una película pequeña lo que parece sencillo y fácil es en el fondo complejo y lleno de matices. Aun así, el guión y la dirección son el auténtico valor de la cinta, ya que están plagados de detalles, que nos hablan desde de la situación socioeconómica de la época hasta del conflicto histórico del enorme estado de Texas, uno de los más complejos y variados culturalmente hablando de todos los Estados Unidos. Todo esto en tan solo dos horas de metraje que satisfacen completamente mi más profunda necesidad de evadirme de esta época ambigua y pantanosa que nos ha tocado vivir.

Nota: 8