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Por Paco Latorre

Decía ayer un hombre ya mayor a su hijo -o sobrino, o amigo, o chapero- en la mesa de al lado de mi cafetería de cabecera que ojito con eso de la honestidad, que sólo trae problemas; que se empieza siendo honesto y te acaban retirando el saludo y mirando raro por la calle. A punto estaba yo ya de levantarme en plan Bronson de los valores éticos para poner en su sitio al díscolo cuando el hombre concluyó con una concesión al estoicismo de aplauso final: sé honesto siempre, aunque a veces mientas porque eso es otra cosa, pero la honestidad es estilazo.

Leídas, muchas a la fuerza otras con asombrosa gula intelectual, opiniones de todo plumaje sobre el pasado festival de Sitges -sí, servidor a esas bacanales no va, lo que manda huevos en alguien que ama el cine fantástico y le pagan una millonada por escribir sobre él-  me llamó la atención la poca idem que se prestó a 31, la nueva película de Rob Zombie. Mucho sobre la de Daniel Raddclife y el otro actor haciendo el gilipollas (a la postre ganadora, y créanme que les ahorro leer más reseñas con lo que acabo de decir, e igual con suerte dos horas de su vida), mucho sobre Train to Busan (que es MALA de solemnidad), algunas ganas de inventar un sleeper , arrebatos de nostalgia (Phantasma) y como en el caso de todos los festivales una mórbida obsesión con el yo estuve ahí.
Pero de Rob Zombie, poquito. Lo entiendo, porque 31 no es que sea gran cosa, pero a mí me ha hecho volver a comer palomitas con ganas y dar cuatro coces. El defecto de 31 es su honestidad, quizás sabedora de que la iban a mirar mal por la calle. Quizás es que después de haber hecho la mejor película de terror de la que llevamos de década -claro que hay gente con las meninges de un ladrillo que no lo ve; mejor- a Zombie le ha podido el síndrome AC/DC y volver dar la matraca con lo que le sale naturalmente. O quizás es que el cuerpo le ha pedido dirigir hiel por delante. Todas esas elucubraciones sobran en realidad ya que 31 es una liviana summa de lo que a su autor le hace vibrar –El malvado Zaroff o sea Depredador, La matanza de Texas y eso que llaman gótico americano, los asesinos en serie, la gente rara, el cine de terror a degüello sin preocuparse del  ridículo- que ha acabado siendo relleno en un festival de cine fantástico. Es decir, que es material de primera para explicar en qué consiste toda nuestra fanfarria: persecuciones a gritos, sustos, violencia tosca, humor negro y mucha imaginación condensada en enseñar el abecedario que a veces se nos olvida, y que dicho por cualquier gualtrapa sería digno de orejas de burro pero de alguien honesto es sinónimo de aplauso y agradecimiento. Estilazo.

NOTA: 7