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Por Patricia Millán

Leí ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick hace unos veinte años, con el vértigo que da mencionar cualquier periodo de tiempo que supere la década. La edición era una amalgama de papel de mala calidad y una traducción vomitiva. Aún así, supe que estaba leyendo una joya de la ciencia ficción, una de esas novelas que ahora llamamos distopía gracias a Atwood.

He visto Blade Runner al menos diez veces. La última, en una sala de cine, con motivo del reestreno por su trigésimo tercer aniversario. Sí, treinta y tres. ¿Por qué treinta y tres? A lo mejor es que los directivos de Warner son muy católicos. No hay mejor edad entonces para la resurrección.
Dejando de lado a esa joven generación que no sabe qué es Blader Runner y que nos hace llorar (no solo porque nos hacen sentirnos viejos, sino también porque desconocen cualquier joya cinematográfica anterior a los noventa y no parece importarles lo más mínimo), tal vez sea una buena ocasión para avisar a cinéfilos de que la editorial Minotauro reeditó en 2017, con traducción de Miguel Antón, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? en una edición limitada a dos mil ejemplares y con prólogo de Nacho Vigalondo —a quien nunca agradeceré lo suficiente que alegrara mi vida con la tonadilla de 7:35—.

Sí, es imposible no disfrutar ambas obras y compararlas, establecer paralelismos y jugar a las siete diferencias, cuando una novela y su adaptación deberían ser valorados de forma autónoma.

Desde la desmitificación sexual de Rachael en la película, como ya sucediera con la adaptación de Desayuno en Tiffany’s de Blake Edwards en 1961 respecto a la novela de Capote de 1958, pasando por una clara limpieza de aspectos sociales, económicos y religiosos en la novela de Scott, la película nos ofrece un marco grandilocuente, una visión macroscópica de un universo del que Philip K. Dick apenas nos muestra retazos, detalles. Es la del escritor una visión más cercana que nunca retrata con claridad esa ciudad sumergida en una neblina constante, inundada de pantallas de neón. Sin embargo, después de ver la adaptación cinematográfica, parece que Scott se hubiera sumergido en la mente del escritor y hubiera llevado a la pantalla lo que no supo expresar en palabras.
Es la condición esencial de la vida verse requerido a traicionar la propia identidad. Siempre llega el momento en que todo ser vivo debe hacerlo – Wilbur Mercer.

El nombre de Wilbur Mercer tal vez no suene de nada a quien no haya leído la novela, pero esta frase es, tal vez, la clave de la duda que atenaza a todo buen cinéfilo. ¿Es Rick Deckart un androide? El mercerismo es la religión de una población que sucumbe ante la polución radiactiva y la “basugre”, que busca, a través de una máquina, conectar con el resto del mundo y generar así la empatía inherente a la especie humana de la que parecen carecer.  Esta religión, que ya aparecía en el relato “La cajita negra” de Philip K. Dick , fue eliminada del guión, tal vez como un acierto, porque nunca se debe trasladar todo de forma literal.

Pero si releemos esa frase, ¿qué diferencia a un androide de un humano? Si la condición de la vida es traicionar la propia identidad, los androides lo hacen a diario, engañando, simulando, tratando de mostrar esa empatía, esas emociones fingidas para encajar en una sociedad que no les quiere. Por su parte, Deckart hace justo lo contrario:  deja de fingir, asume cada vez mayor conciencia de sus ideas y se apega a ellas. A cada momento finge menos. ¿A cada momento está menos vivo y es más androide?
No voy a engañar a nadie: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? no va a ofrecer una respuesta clara y sí más preguntas. Pero para quienes duden entre la visión literaria de Dick y la cinematográfica de Scott, ambas unen fuerzas y no se pisan en ningún momento, se complementan y suman en aquellos aspectos donde la otra versión se queda corta.

Allí donde Philip K. Dick ofrece una comprensión más profunda de la mente humana, Scott se alza con la victoria sobre los androides, dotándoles de una épica final que en la novela se echa de menos. De igual modo que no habría adaptación sin la historia del escritor, Blade Runner no sería lo mismo sin ese monólogo final que —salvo para los millenials, al parecer— ha quedado grabado a fuego en nuestras mentes cinéfilas.

No estaría de más que, quien quiera expandir el universo Blade Runner, se acerque con curiosidad y buena disposición a una novela que no defrauda.