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Por Paco Latorre

Como el torture porn y el nuevo terror (o gore) francés el thriller coreano se convirtió en una moda de cuyo entusiasmo primerizo bastantes renegamos. Sin dudar de la innegable calidad de un acervo de películas que nos llegaron con denominación de origen surcoreana es de justicia decir que el legado dejó morralla y -lo peor- sobrevaloración.

Servidor ha estado haciendo retrospectiva este verano, ahora que parece que las aguas no bajan turbulentas de elogio inercial, y se reafirma en que si bien Corea del sur nos ha dejado grandes películas desde comienzo de siglo (New world, A bittersweet life, Tell me something, Memories of murder, casi todo lo que tocado Park Chan Wook) hemos caído en la trampa con muchas otras (The host, The man from nowhere, I saw the devil, casi todo lo que tocado Park Chan Wook).

Los coreanos (a Kim ki Duk lo dejo de lado por temática e intenciones) se lo han montando lo suficientemente bien como para dotar al thriller americano de toda la vida de una visión propia, mórbida, cruel hasta el extremo, respetando el canon pero retorciendo el fondo, ligando en la barra del bar del cine de terror más puro.
Na Hong-Jin, director de las entretenidas y muy duras The chaser y The yellow sea, va un paso más allá: aquí tenemos una película de terror que caracolea, como Onésimo en la banda, al thriller prototípico de la camada que es al fin y al cabo el que él había desarrollado en sus anteriores películas.

El extraño es la respuesta asiática al cine de terror folclórico más o menos en boga por occidente a día de hoy. Aunque no es indispensable entender las referencias culturales de su concepción del mal y el terror, ayudaría al espectador occidental. Por si fuera poco, la película cuenta con eso que nosotros catalogamos como comedia baturra inherente al cine coreano que igual no lo es desde su punto de vista; convirtiendo a El Extraño en una película difícil (de la que prefiero no desvelar argumento pues creo que llegar virgen a su visionado merece la pena).
Tomando referentes obvios de la Historia del género, Na Hong-Jin se desmarca de la naturaleza vívida del terror contemporáneo: es la antipelícula de terror y al mismo tiempo una maravillosa película de horror. Soportando el ritmo y la duración vista la muda de registros durante las dos horas y poco que dura, el juego de clímax y anticlímax, y siempre manteniendo una mirada avenida y cariñosa con la bizarrada es imposible no gozar como gorrino en charca. Una delicia fuera del logos y una película hecha para sumergirse en una pesadilla juguetona, sin razonar ni mirar atrás. Estoy deseando vivirla una segunda vez.

Nota: 8,5