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Por Javier J. Valencia

Cine y otras drogas ha acudido por primera vez a TerrorMolins, que desde que se adaptó en el año 2003 al modelo de Festival (en las ediciones previas fue una maratón de 16 horas de cine de terror, formato que ha sobrevivido con la ya clásica sesión 12 horas de terror que cierra el certamen) no ha parado de crecer y crecer. Como ejemplo, en el año 2014 fue seleccionado como uno de los 22 Festivales que conforman Federación europea de Festivales de Cine fantástico (que, entre otras cosas, otorgan los prestigiosos premios Meliés) y que implicó un “salto” de categoría de un evento cada vez menos modesto y más prestigioso. En la presente edición el leitmotiv ha sido un homenaje a la figura del genial Brian DePalma, que ha incluido una exposición de su obra a cargo del coleccionista (y especialista en cine en general, más allá de DePalma) Jordi Batet y proyecciones de algunos de sus títulos como Vestida para matar, La furia o El fantasma del paraíso.

El certamen dio su pistoletazo de salida el día 9 de noviembre con la proyección de  Cutterhead, del director danés Rasmus Koster Blo. En ella, una periodista interpretada (con brillantez) por Christine Sonderris se queda atrapada en las obras de excavación de una nueva estación de metro en Copenhage junto dos operarios debido a un incendio inesperado. Teniendo que compartir un minúsculo espacio y el escaso oxígeno, pronto empezarán a aflorar desconfianzas, miedos y traiciones. Cutterhead quita prácticamente todo el romanticismo hollywoodiense que suelen tener las películas de supervivencia en situaciones extremas y es una muestra a flor de piel de como afloran los instintos de subsistencia –en especial los de su protagonista, que carece del vínculo que tienen los dos hombres- y como estos no saben de prudencia ni de astucia. Koster Blo saca oro de los espacios, cerrados durante los dos primeros actos de la obra, ya directamente minúsculos durante el tercero, para trasladar una desesperante sensación de agobio al espectador –con algún momento particularmente destacable, como el uso de del sonido para hacer notar los efectos de una cámara de descompresión- que casi es capaz de sentir la sensación de asfixia de sus protagonistas.
Se ha vuelto tan habitual encontrarse en Molins anualmente con una cita con los trabajos de Chad Archibald que uno ya esperaba su nueva obra con ganas: I’ll Take Your Dead supone un cambio en lo que era habitual y esperable en su cine (un terror donde el gore tenía una especial presencia, siendo Bite o The Heretics buenas muestras de ello) y cuenta una historia sobrenatural protagonizada por un granjero especializado en hacer desaparecer cadáveres –y al que suelen acudir todos los pandilleros de la zona- y su hija, que tiene el don de ver a los espíritus de los muertos y comunicarse con ellos. Su vida se verá alterada cuando uno de los cuerpos de los que el granjero debe ocuparse corresponda a una joven que no había fallecido, a la que salvará –no sin muchas dudas- y comenzará a desarrollar una, cuanto menos problemática, relación con ambos. El relato es sólido y las interpretaciones correctas, quizá faltándole algo más de refuerzo al motivo por el cual la niña contacta con los muertos –que deja un poco la sensación de que se ha tratado únicamente de una manera de justificar retroactivamente el deus ex machina final, un tanto flojo.

La pareja formada por Andrea Winter (conocida en el mundo del electro-pop como Baby Yaga) y Patrick Von Barkenberg, ejerciendo la primera como productora y actriz principal y el segundo como director, presentaron el thriller de terror y comedia Blood Paradise, una euroestravaganza nórdica cuyo origen, al menos en su vertiente más plástica, puede intuirse en los primeros videoclips de la cantante y actriz (disponibles en su web). La bastante espectacular intérprete da vida a la afamada escritora de novelas de terror Robin Richards, que decide recluirse en un remoto pueblo para escribir su próximo libro, mientras atraviesa una mala racha de hoja en blanco. Pero los habitantes del lugar resultarán ser una patulea de lo más pintoresca, y uno de ellos además un asesino. Blood Paradise no esconde sus deseos de ser vistosa ante todo y se refugia en el humor cada pocos pasos para asegurarse que el espectador no pierda su complicidad en ningún momento, aunque abusa un poco de ello sin ser capaz de evitar mostrar ciertas carencias de ritmo y faltándole algo más de interés del que pueda tener per se una atractiva bizarrada. Eso sí, se deja ver.

Puede que no sea precisamente la película más original sobre la faz de la tierra, y quizá no le hubiera venido mal ser un poco más creativa en cuanto a su registro visual, pero no voy a negar que lo pasé en grande con What Keeps You Alive, de Colin Minihan. Jackie (Hannah Emily Anderson) y Jules (Brittany Allen, la también protagonista de la cinta previa de su director, It Stains the Sands Red) un pareja recién casada, se retiran a una idílica cabaña propiedad de la primera perdida en las montañas. A medida que la segunda irá conociendo detalles que le permanecían ocultos del pasado de su esposa, se irá acercando a su verdadera personalidad, que por decirlo sin ser muy explícito, se aleja mil metros de lo que parece a primera vista. Si se metiera en una batidora el juego de ama y esclava de The Duke of Burgundy pero acercándolo a la visión que daría de si un survival en la onda de Revenge (a la de Coralie Fargeat me refiero) el resultado no sería muy diferente al que vemos, una contundente película, intensa, muy física y con el verdadero talento tanto de su director como de su pareja protagonista (¡caramba con Anderson, vaya un descubrimiento!) para tensar la cuerda del juego del gato y el ratón hasta casi romperla. Disfrutable al 100%.
Aunque no estoy precisamente muy al día en lo que respecta a clásicos del cine de terror indonés, el paso del tiempo ha convertido a Satan’s Slaves, dirigida por  Sisworo Gautama Putra en 1980, en un pequeño clásico de culto de la psicotronía oriental. El año pasado Joko Anwar dirigió una suerte de (¡atención!) precuela de un futuro remake que dirigirá en el futuro, convirtiéndose en un bombazo en taquilla en su país y logrando ventas internacionales a mansalva. Los hijos de Satán narra el drama de una familia en la cual la madre, que fuera una cantante de éxito, fallece tras una larga enfermedad., y dados los problemas económicos con los que se enfrentan, el padre debe abandonar temporalmente a su hija y sus tres hijos y dejarlos al cuidado de su abuela para intentar levantar la economía en el hogar, pero a partir de ese momento algo diabólico empezará a asolares. Tras su espectacular primer tercio (verdaderamente escalofriante) poco a poco se va convirtiendo en una de aquellas obras donde el estilo está muy por encima de la sustancia y resbala un poco al intentar meter en su mejunje posesiones, casas encantadas y cultos al maligno. Pero nadie le podrá negar firmeza y sobriedad en su puesta en escena, y ser bastante efectiva.

Hace dos ediciones pudo verse en el Festival la segunda cinta de Andy Mitton, We Go On, una modesta pero interesante película que fusionaba de manera inteligente el relato sobrenatural y la relación entre una madre y su hijo. De una manera más elaborada, Mitton reincide en el tema pero ahora mostrando la relación entre un padre y su hijo casi-adolescente, en The Witch in the Window. Simon (Alex Draper) ha comprado una casa de campo que desea reformar y para que le eche una mano en su trabajo se lleva unos días a su hijo Finn (Charlie Tucker). Pero no tardan en descubrir que el fantasma de una antigua inquilina ya fallecida permanece en el lugar y trastoca todos los planes del hombre, más nobles de corazón de lo que parece a primera vista. Quizá le falte algo de brío en la realización, pero el trabajo en el guión es brillante y establece todo su peso en la relación entre el padre y su hijo, y el deseo de ambos de fortalecer su vínculo, para que cuando aparezca la presencia del más allá no solo resulte aterrador (sin excederse) sino, sobre todo, frustrante. Primero, por como interrumpe ese proceso, y segundo, por la decisión que toma Simon para hallar una solución definitiva. Muy destacable, invita a no perder de vista la prometedora carrera de Mitton.

En los últimos diez años, la violencia en México causó 160.000 muertes y más de 53.000 desapariciones. Con tal desalentador escrito se abre Tigers Are Not Afraid, de Issa López. La pequeña Estrella (Paola Lara, ganadora del premio a mejor actriz en el certamen) vuelve a su casa del colegio, situada en una de las zonas más desfavorecidas de su ciudad, para encontrarla vacía y sin rastro de su madre. Tras esperar y esperar, se unirá a una banda de huérfanos liderada por Shine (Juan Ramón López). Pronto descubrirá que puede pedir tres deseos, pero estos al cumplirse tienen su lado oscuro… Guillero del Toro indicó que se trataba de una de las películas del año (pasado), aunque sea hasta cierto punto una obviedad, ya que la directora usa y remonta algunos de los temas de su compatriota más famoso. López añade un componente mágico pero siniestro, como surgido de un relato de Neil Gaiman, para fusionarse con la historia, no siempre de manera afortunada pero si inteligente: es precisamente el componente sobrenatural lo que la convierte en soportable, y en esta ocasión las acusaciones de manipulación emocional (que son reales, en todo caso) deben matizarse, ya que restarle realismo al conjunto la convierte en más digerible, sin por ello dejar de ser dura. Fantásticamente interpretada por todos y cada uno de los niños del elenco, esa pandilla de torturados pero aún esperanzados críos son los ojos de la obra, mostrando a los adultos como brutales y casi monstruosos. No es redonda y padece de algunos tics que desean rascar la emoción fácil –donde destaca una torpe banda sonora- pero tiene momentos verdaderamente conmovedores y sus últimos instantes son brutales, difícilmente olvidables.
Un film que despertará cierta polémica en un futuro cercano es Lords of Chaos, adaptación del libro de Michael Moynihan y Didrik Soderlind a cargo de Jonas Akelund que explicaba la historia de los grupos de black metal noruego Mayhem y Burzum, y que incluía el suicidio de uno de los componentes fundadores de los primeros, la quema de iglesias y finalmente el asesinato. La controversia (minoritaria, ya que no son bandas cuyo estilo musical lleguen a la masa) ya existió con la publicación del libro en 1998 por parte de los seguidores de los grupos ya que consideraban que era partidista y estaba llena de omisiones que no permitían conocer en profundidad en especial a Euronymus (Rory Culkin) y Varg (Emory Cohen), los distintos fundadores que después formarían el circulo interno de dicha escena, que según el film en ocasiones operaba como una organización criminal. Difícilmente una versión en dos horas mejorará en profundidad al libro, pero el largometraje resulta muy interesante para los que somos desconocedores del tema y resta un cierto tono de grandilocuencia que se otorgaba en ciertos artículos a sus protagonistas (independientemente de lo más o menos afortunado que sea presentar a uno como un oportunista y a otro como poco menos que un psicópata con no muchas luces). Se echa en falta una banda sonora que realmente utilice black metal (los grupos del entorno se negaron a formar parte del soundtrack del film), pero acusar a un biopic cinematográfico de ser una dramatización subjetiva de la realidad resulta absurdo –lo son todos y cada uno de los que existen-, y en este caso la insólita colección de sucesos y crímenes que se encadenan uno tras otro hasta estallar en su violento final ya mantienen los ojos abiertos del espectador por sí solo. Y sin caer gratuitamente en el sensacionalismo (o al menos, no todo lo que podría).

Y en nuestra segunda entrega, las películas vistas durante la maratón de las 12 horas de terror y el palmarés de la presente edición…

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