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Por Paco Latorre

Considerando expectativas y genuflexión hacia ese título Suspiria es de las peores películas que servidor ha visto en su vida. Ahí lo tienen ustedes, en bruto y a peso.

Tratándose de un supuesto remake -y es que lo posmoderno hace que todo sea supuesto o sospechoso, vayan a saber por qué- es imposible desligar el juicio de la película de Luca Guagadagnino del original de Dario Argento. Dentro de lo personal soy fan a muerte de Argento lo suficientemente escarmentado como para serle fiel: la Suspiria de verdad es más una película inolvidable que una obra maestra, y lo es porque más allá de las astracanadas propias de su autor -que las hay, y a capazos- es una película única. Suspiria hay una; por tiempo, intención y encanto. Argento no es el mejor director de cine del mundo pero es inimitable. Enfrentarse a sus películas, al menos hasta  Insomnio, es cooperar en la obra de un loco, perderse en la desmesura y hacerle un corte de mangas al ridículo. Su Suspiria es su firma dentro de la historia del cine, y ni tan siquiera es su mejor película. Por comparación, la película de Guadagnino es una birria tibia. Y perdonen ustedes la simpleza.
Dejando ya de mirar a los ojos al original, tenemos en esta nueva Suspiria dos de las peores cosas que le han pasado al cine de terror en los tiempos contemporáneos: la vergüenza a hacer cine de terror y el no entender cómo hacerlo.

Si le quitamos la hora salvaje de metraje que le sobra sí o sí todavía tenemos una película demasiado preocupada en pedir disculpas por ser una película de terror. Tenemos la lectura hembrista, la sociopolítica, la jungiana y la de la madre que parió al cordero para tamizar lo que Argento contaba: la historia de Suspiria es la de una chica que pasa a ser mujer, es hacerse mayor y por lo tanto es desconocido terror: un cuento macabro sin moralina pero con moraleja porque eso son las brujas, seres que atemorizan a los niños en su misterio y con las que los adultos jugueteamos también desde nuestros miedos. A Guadagnino le puede la tontería de trascender.

Por si fuera poco, los momentos memorables -que siendo justos también los tiene- y un indiscutible gusto estético no equilibran el recurso al montaje sincopado y al chirrido sonoro. Los mejores momentos de la película no son terroríficos en sí sino más propios de un torture porn, el clímax final es rídiculo (¿nadie le advirtió a Guadagnino  que no puedes tener a una villana que es IGUAL que Ozzy Osbourne?) y se alarga en un desbarre que supongo psicodélico, la trama del viejo doctor (¿no había ningún actor capaz de hacer de psiquiatra anciano para tener que recurrir al maquillaje cantoso?) es aburridísima, la música de Thom Yorke está muy mal usada…

Hereditary, pese todo el rollo también un poco cansino de enraizar el drama al esqueleto del terror entiende lo que es el miedo como artefacto audiovisual. Suspiria no. Quiere contar otras cosas o por lo menos pretende ir más allá de la fiesta a la que personalmente yo quería haber sido invitado. Una fiesta de brujas que le recuerden al niño que llevo surfeando mi dermis que hay terrores que disfrutar dentro de la seguridad de la ficción, y que esa ficción espanta otros terrores más reales. Esta nueva Suspiria es una película para los que tienen muchas ganas de ser adultos o se enorgullecen de serlo. Peor para ellos.

Nota: 2